ÍNDICE
A Salvador Redonet (1946-1998)
In Memoriam
A Redonet, Salvador,
nombre digno de alabanza,
que me diste la esperanza
de ser un día escritor
de los buenos (no excretor,
que ya de esos hay bastantes
mercenarios y farsantes
de la pluma), con respeto
dedico el libro completo
que tú prologastes antes.
Este libro debió haber sido publicado, al menos uno de sus cuentos, en una antología de los novísimos, hacia 1998 (se suponía). La persona a quien lo dedico in memoriam lo había incluido en la que saldría ya como su siguiente compilación, dentro de ese sello cultural (los novísimos) que él mismo había bautizado y patentado como tal. A don Salvador Redonet no lo conocí demasiado, pero le debo la convicción (nada menor) de que aquello que había leído mío valía la pena. Poco después de nuestro encuentro murió, y esa antología a la que me he referido quedó inconclusa o, simplemente, alguien decidió sacarme de ella. Lo que pudo haber sido nunca fue y ese fue el final de mis prospectos literarios. Aquel deseo pasaría a ser suplantado por otro objetivo (irme, largarme, pirarme). Faltaba una década, no obstante, para que el mismo pudiera ser logrado. Recuerdo haberlo visitado en su casa, que si mal no recuerdo estaba por Playa. En cualquier caso, a nivel personal, ha demostrado ser preferible para mí no haber formado parte de aquel proyecto porque este libro, de haberlo hecho, sería definitivamente otro. El cuento que funciona como plato fuerte ha sido prácticamente reescrito, y hoy me siento mucho más satisfecho con su forma actual de lo que lo habría estado con la versión de entonces. De la humilde casa de Salvador (así la recuerdo) conservo, sobre todo, la imagen de su foto de los años de la milicia, semejante a las de mi padre, las de mi madre y las de tantos jóvenes de su generación que optaron por apoyar ese proyecto social que finalmente se impuso después del 59. Proyecto del cual (perdónese la insistencia) salímos muchos; como mejor pudimos, a la corta o a la larga, echando un pie. Siempre voy a recordarle como una persona noble, accesible y afable. Demasiado sencillo tal vez. Esa inteligencia sin pretensiones ni altanería es lo que mas echo en falta de la gente que conocí en Cuba, mis paisanos. Este libro no pretende explicar a los cubanos (una empresa cada vez más irrelevante a nivel global, pregunta confusa para ellos mismos), sino concederme el placer íntimo de ver nacer a un niño que no llegó a existir entonces por causas muy ajenas a su autor y a su prologador, que en paz descanse. ¿Es un libro necesario? Para mí lo es, y confío en que alguien disfrute su lectura. La cubanología quede para quienes tengan la vida resuelta. En otras palabras, que para bien o para mal, ya no le interesamos a nadie. Volvamos a El Camino de Egipto. Con la excepción de Caja Negra, he procurado respetar los cuentos tal como los concibió el Adrián que yo fui entonces. Las ilustraciones originales han sido modificadas: tal como estaban resultaban demasiado oscuras, otro beneficio insospechado del paso del tiempo. Cada cuento tiene su ilustración ya referida y una letra capitular que introduce cada una de las catorce historias. El nombre del libro viene porque uno de los personajes tiene la obsesión (compartida por el autor de entonces y ahora) de ir, algún día de su vida, a Egipto. Cuando este libro fue escrito, yo apenas empezaba a luchar por irme del país, como alguno que otro de sus personajes. Tal vez la mejor manera de cerrar estas palabras sea con el poema que sigue, el cual (valga la redundancia) se llama Cuba. Aparece en el poemario A ningún sitio, también recientemente publicado. Dice el poema: La respuesta va a ser que está peor. Cuando preguntes sobre la isla donde nacieron tus padres, donde murieron tus abuelos y donde no van a morir ni tú, ni tu dolor, y mucho menos tus hijos, la respuesta será que está peor. Así, sin paliativos. Está peor, rotundo y simple. Por eso ya ni pregunto. Lo dicen todos los que salen. Lo disimulan todos los que ahí siguen. La misma respuesta, año tras año, desde el día que te fuiste. Alguien más que conoces se habrá muerto, algún otro balcón se habrá caído, alguien más que no recuerdas habrá logrado marcharse y ahora mismo, en algún sitio del ancho y ajeno mundo, pensará en Cuba, esa herida que no cierra y que llevamos en el pecho. Que les sea leve el libro, como la tierra misma.
Adrián Valdés Montalván Toronto,
15 de diciembre de 2025
«Año del vigésimo primer aniversario
de mi salida física de Cuba»
«...Los críticos no se han puesto de acuerdo dentro de cuál generación ubicarle, y mucho menos, dentro de qué antología. Es demasiado joven para ser de los “viejísimos”, pero demasiado ignoto para pertenecer a la próxima evolución del término “nuevo”. Es por eso que el hombre que sueña ser escritor, vive en el último piso...» He escogido este pequeño fragmento de Caja Negra (el relato que abre esta selección de cuentos de Adrián Valdés Montalván, La Habana, 1972, graduado de la Academia de Artes Plásticas San Alejandro. No confundirlo, por favor, con el artista del suicidio), porque entre otras cosas apunta hacia una de sus obsesiones, uno de sus motivos recurrentes: el mismo arte de narrar, la escritura. Tema o asunto (el de la escritura) tan viejo como la literatura misma —puede estar pensando ya el lector de estas (in)necesarias líneas introductorias. Sólo que —y esto quiero advertírselo al respetable receptor— ese mismo arte de narrar ha experimentado una especie de vuelta de tuerca en la cuentística nacional más reciente; esto de modo especial en las manos (y la mente) de la más novel generación de escritores cubanos, denominados por una buena parte de la crítica nuestra (y de no pocas voces fuera del patio) los “novísimos” —artistas que han nacido entre 1958/1959 y 1972, cuya producción ha aparecido entre la segunda mitad de los ochenta y la segunda mitad de los noventa y ha determinado un cambio en el proceso cultural del país. De aquella vuelta de tuerca, de nuevas experiencias vivenciales y de su formación intelectual han nacido actualizaciones y reactualizaciones de asuntos y temas, nuevos personajes y a veces desconcertantes transgresiones del relato, de toda la escritura. Determinadas constantes temáticas: el deterioro y la cosificación de las relaciones humanas (véanse, por ejemplo, Egipto, Provisiones para el invierno, Homo habilis), la predilección por lo periférico y no lo central (en este caso el jineterismo —sinónimo de prostitución dentro de un país que enfrenta un nuevo fin de siglo: De caballos y hombres I, II y III) y algunas preferencias estilísticas: el minirelato (Cuarzo y Rosado-excreta); los textos fragmentarios, los juegos intertextuales y de lo autoreflexivo, la integración —hasta disolverlos— de “lo fantástico” y “lo realista”... que han conducido a (re)capitular sobre la condición (post)moderna de muchos de los textos (post)novísimos —especulaciones que necesitarían de más páginas, por ahora evitables. Releyendo más de un texto (in)édito, me pareció advertir —y no he cambiado de opinión— que muchos de los relatos escritos en la segunda mitad de los noventa se alzan sobre historias familiares (Homo habilis) y la reescritura intertextual (de la Metamorfosis kafkiana: Metamorfosis del otro) o acentuadamente individuales (en casi todas las narraciones de Valdés Montalván), incomprensibles sin el drama social de la nación (y de este mundo unipolar, le llaman) en los años noventa, y las crisis en las que, al parecer, amaneceremos en el siglo XXI. Una de las particularidades dominantes de este libro es su detenerse en las tragedias sexo-sentimentales de la pareja en las más disímiles combinaciones, y en la manera (post)moderna atravesada por una personalísima lectura de la Teoría del Caos (en Cuidado con las hormigas), en que se trazan las historias amorosas: el modo distanciado, a veces cínico, con que se narran las aventuras del personaje central, del narrador, del autor implícito, de un autor real siempre entrecomillado y las restantes figuras del relato, lanzados como un rompecabezas de inconfundible heteronimia pessoana. Si bien los críticos —a estas alturas— dizque no se han puesto de acuerdo dentro de cuál generación ubicarle y dentro de qué antología, al decir del personaje de marras, este eterno especulador —quien tiene sus preferencias, por supuesto, dentro de este conjunto de textos propuestos por este libro— está convencido de que Adrián Valdés Montalván forma parte —sin dudas— de nuestros (post)novísimos narradores y puede/debe ser incluido (sobre todo por su Caja Negra) en una antología de la más reciente hornada en la cuentística nacional. Sobre todo, valga la redundancia, porque ya está convirtiendo en realidad sus sueños (Ser escritor), a pesar de que viva en su “amoroso” último piso. O quizás, precisamente por eso.
Salvador Redonet, Febrero 20, 1997
1
Todo sujeto puede tener cualquier predicado,
toda relación concebible es posible.
C.Levi Strauss
Lo que pasa es que Equis está sentado en el banco de un parque. Aquí vienen los problemas, como si el acto mismo de sentarse fuera en si una declaración. Equis está sentado en el banco de un parque, y el parque está situado en la ciudad. Esa ciudad se llama San Cristóbal de La Habana como no podía ser menos. La ciudad que lleva al mismísimo Dios sobre sus hombros.
Uno se cansa de sentar siempre a un personaje (llamémosle Equis) en el mismo banco, en el mismo parque y en la misma ciudad. Bueno, no tenemos que exagerar, puede variar el banco, puede variar incluso el parque, pero lo que sí no varía es la ciudad como si el universo narrativo fuese un mal decorado que no admite variaciones, punto minúsculo del mapa donde el Amo de las Marionetas, el supremo fabulador, me ha colocado, y donde yo, a semejanza (que no tanto a imagen) suya, coloco a este personaje llamado Equis. Un hombre sentado que espera sin esperar.
Tiene un encanto muy particular esta dama de cinco siglos llamada Habana, encanto sobre el que podría teorizarse interminablemente sin que nos bastase la vida.
Supongo que para cada generación que ha vivido en ella ese encanto habrá significado un algo diferente, y yo, que tantas palabras tengo, no encuentro las precisas, aunque sí puedo sacarme un paralelo de la manga. Imagina, lector, qué sentirías si pudieras por un momento ver el Partenón, no ya en su estado actual de ruina turística con el que te hallas familiarizado, sino en aquel de magnificencia y esplendor que suponemos alguna vez tuvo. Sería maravilloso, sin duda, ¿verdad? Pero al mismo tiempo ya no sería el Partenón para aquel que no lo ha visto de otro modo en toda su vida.
Así pasa con La Habana para quien ha crecido en ella. Incluso cuando no era lo que es hoy, incluso entonces; cuando lanzábamos, desde la inocencia de la niñez, flores al mar para un héroe misteriosamente desaparecido; cuando creíamos que el futuro solo podía ser mejor y afirmábamos vivir con toda certeza en el mejor de los mundos posibles; incluso entonces, repito, ya La Habana era un eco lejano de esa magnífica ciudad que alguna vez debió ser. Sus calles, de balcones colapsantes y destrozo autoinfligido son el callado testimonio, yéndonos por una vía negativa, de su grandeza. Ciudad donde conviven deterioro y belleza, esperanza y hastío, identidad suspendida entre el mito y la memoria, moldeada por el mar y por los siglos de una historia labrada en la piedra. Ciudad que respira y seduce desde sus muros desconchados, que suspira sentada en esa extensa frontera donde confluyen el mar, el océano, el salitre y los sueños.
Pero volvamos a Equis, que fuma un cigarro que es cubano y que es popular, porque en verdad no conozco mejor fórmula para acercarme al concepto del hombre que desespera ante la impuntualidad femenina. En este caso, una impuntualidad relativa porque técnicamente no existe una cita.
Impuntualidad metafísica donde la haya porque Equis viene de una realidad que todavía no existe a una realidad que ya ha dejado de existir. Equis espera.
¿Y cuál es el objeto de esperar? Marque con una X (curiosamente, el nombre del personaje):
__Descubrir adónde se dirige la fila de hormigas que avanza disciplinadamente hacia un lugar desconocido muy cerca de sus pies.
__Aspirar suficiente humo como para que su cuerpo se infle y, elevándose por los aires, pueda llevarlo hasta el lugar que desea (dondequiera que ella esté).
__Posar para un joven artista a quien Equis no conoce y que pretende inmortalizarlo aunque él preferiría (si se le preguntase) otro instante (con toda seguridad).
__No poder moverse del espacio que ocupa debido a una especie de catatonia adquirida; tan típica del país que algunos han llegado a definir como la catatonia cubensis: esa imposibilidad total de irse de donde uno no quiere estar, aunque en su caso particular es él quien ha optado por regresar.
__Postergar la certeza de que no hace nada en este banco, de este parque y de esta ciudad a la que solo reconoce muy a duras penas. Que debe regresar a su siglo, a esa otra vida, la real, la que vive desde hace ya muchos años. Ella no viene, tal como no lo había prometido. Una ciudad sin la gente que conociste es solo un esqueleto sin vida.
¿Y cuál es el objeto, repito, de todo esto?
Zeta, el hombre que sueña ser escritor
El hombre se levanta de la silla en la que ha estado sentado los últimos tres cuartos de hora. Es difícil escribir con un toque de santo del otro lado del muro. Los vecinos, claro. Zeta (llamemos así al hombre que sueña ser escritor, para distinguirlo de Equis) mira al vacío, mientras sus ojos detiénense en el muro que lo separa del culto sincrético y de ese escándalo sublime inherente al toque. Es profesor de filosofía marxista leninista, algo en lo que hace demasiado tiempo dejó de creer. Siente de pronto una presencia canina rozarle la pierna y un fastidio de moderada intensidad le invade. Suéltale unas cuantas groserías al infeliz perro que su ex fecal no tuvo la dignidad de llevarse con ella. En realidad, el perro ni siquiera era de ella, sino de su difunto padre. Quientusabes (como ha optado por rebautizar al animal que le recuerda a quien no quiere) deja cada vez más pelos por todas partes. Dentro de poco la casa podría ser tapizada con semejante materia si las cosas continúan igual, y “este perro de mierda...” Comienza otra vez a insultar al lebrel afgano, que ha optado por ignorarle puesto que no recibe ni espera atención (menos cariño) de aquel con quien malvive.
Pero suena el teléfono y el hombre se dedica entonces a ofender a su interlocutor, un colega de la Universidad. La comunicación se interrumpe bruscamente y, como ya no tiene sobre quién descargar su ira (en la casa vecina ha terminado el toque y, además, no está bien disgustarse con los vecinos), el hombre se da una ducha caliente, pues aún no se ha ido el agua, y se recuesta con la intención de echarse una siesta algo heterodoxa, por decir algo.
En el sueño al que sucumbe tirado sobre el sofá, no es otra cosa que un escritor. Vive en el último piso de un edificio, exactamente en la azotea. El ascensor funciona impecablemente, así como el correo, por el cual recibe toda la información de eventos literarios. Los críticos no se ponen de acuerdo sobre en qué generación incluirlo, ni mucho menos en qué antología. Es demasiado joven para ser de los viejísimos, pero demasiado ignoto para pertenecer a la próxima evolución del término nuevo. Por eso vive en el último piso. Mentira: vive allí para evitar que los vecinos (además de sus ruidos) le ofrezcan sus filtraciones en generosa contribución.
Intenta escribir una novela y ganar algún concurso. ¿De qué puede vivir un escritor? ¿Cómo ubicarle en la cadena alimenticia? Ya sé lo que van a decir, pero conozco a muchos escritores que son faquires de estrellas. Se introducen la trompa dentro de la boca y, aspirando fuerte, fuerte, se inflan, se elevan y alcanzan alturas sorprendentes. El combustible (que no es humo) no les alcanza para planear indefinidamente; así que se depositan en la primera punta de estrella que divisan, donde, con sonrisa mística, se acomodan para hibernar hasta que las cosas mejoren, hasta el año en que nieve (por no decir el que viene), hasta las calendas griegas, o hasta que los puercos vuelen, o críe la rana pelos (pero, eso sí, no tantos, como los que produce el lebrel afgano, perro adoptivo del hombre que sueña ser escritor). Las estadísticas demuestran que existe un escritor por cada punta de estrella. Si aceptamos como representativo el ícono pentagonal, podemos sentirnos satisfechos de tanta cultura.
¿Para qué quiere el hombre que sueña ser escritor ganar un concurso?
Se levanta. El día continúa con la grata bendición de todos los santos. En la televisión repiten el discurso de aquel otro Quientusabes, el Invicto, no el susodicho, el Quientusabes en Jefe, el oráculo que no calla ni debajo de una piedra. Es algo relacionado con la decisión inquebrantable que ha tomado ¿o hemos tomado? de ahora sí construir a rajatabla el socialismo. Zeta se pregunta qué es lo que habremos hecho hasta ahora, los cuartos de finales de este siglo XX. Han pospuesto la novela brasileña hasta que termine y, al parecer la comparecencia despierta tanto interés que hasta los oficiantes del toque han decidido metérselo otra vez sin vaselina. Zeta no. Apaga la televisión, se sienta junto a la máquina de escribir. Quiere escribir un cuento sobre un hombre llamado Equis que regresa a La Habana desde el siglo XXI solo para encontrarse con el amor de su vida con la pajiza e infundada ilusión de que ella también regresará a ese mismo sitio donde tantas veces coincidieron. Su pobre imaginación le lleva a sentarlo sobre el banco de un parque que está precisamente sobre esa avenida a la que por fuerza debe cruzar si es que quiere defogarse con la sorda, como llama cariñosamente a una, la más brillante de sus alumnas hipoacústicas en la Facultad a quien repasa de modo muy personal la relación entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción.
¿Qué me importa a mí Equis? —piensa mientras pone una hoja limpia en la boca de la Underwood que espera, con todas y cada una de sus teclas, para empezar a registrar aquello que le dicten sus dedos.
Equis, el hombre que espera sin esperar
Sentado en este banco, sin nada que esperar pero esperando, intenta recordar todas las veces que ha presenciado la muerte.
«Primera vez. Soy un niño, otra vez, comiendo un helado (en realidad, no estoy seguro de que fuese un helado). Estoy con mi abuela. Un grito y un ruido, girando entrelazados en mi memoria encandilada. Ella mira, y yo también quiero acceder a la visión, pero intenta protegerme. Protegerme del espectáculo de la muerte. Logro zafarme de esas manos amorosas que cubren mis ojos. Lo veo. Tengo la edad del espanto cuando lo veo. En el pavimento hay un charco de sangre. Y más. Los gritos son de una madre, y el cuerpo que retiran el de una niña que jugaba en la calle cuando llegamos... Un líquido rojo y viscoso cubre todo su cuerpo... El chofer no se detuvo. Los sesos quedaron impresos en las ruedas. La madre no dejaba de gritar cuando volvimos a los helados. No pude terminarlos. Fue la primera vez que vi la muerte de cerca.
Segunda vez. Habrá sido poco antes de irme. Estoy comiendo (esta vez sí, estoy seguro) un helado. Un ómnibus con apodo beduino avanza imponente y lejano. Estoy en la esquina de K, reflexionando sobre la importancia del desconocimiento de la rueda en el imperio maya. Es entonces cuando una moto se incorpora al enjambre de 23. Ya podría verla pero no reparo en ella aún ni tengo por qué. El ómnibus con apodo beduino también conocido por M6 continúa avanzando inapelable. Ocurre: un simple problema de sincronización. Los cuerpos A (camello articulado) y B (motociclista) se embisten. Como en un torneo medieval, pasan uno junto al otro, lo cual no tendría mayores consecuencias si el motociclista hubiese calculado correctamente el ángulo. Nada parece haber ocurrido, pero sí: un golpe seco, casi inaudible. El cerebro entra en colisión con la superficie lateral del cuerpo A. El cuerpo B continúa su movimiento rectilíneo uniforme. Nada parece haber ocurrido, salvo una evidencia: una estela de sangre va quedando sobre el costado del camello. No dejo de devorar mi barquillo mientras asisto a la muerte de esta persona. Lo llevo mirando siglos, pero solo ahora lo veo, solo ahora que cae, que yace la moto en el piso, y él intenta levantarse. Se incorpora, mira hacia mí con los ojos más limpiamente asombrados que he visto, y cae definitivamente, a escasos centímetros de la rueda trasera que ya se ha detenido. El silencio cede a un bullicio que se expande. Una nube de personas se lanza sobre el cadáver ajeno. La visión de nuestra propia muerte en el espejo del otro debería inflamar algo en nuestras vísceras. Debería. Sí, debí sentirlo, pero no lo sentí. Ya había visto lo esencial; por eso no me acerqué. El hambre se excita ante el espectáculo de tanta fragilidad. Terminé de comer mientras la muchedumbre se dispersaba.
El cine nos enseña que la muerte y el amor van precedidos de una música que los hace inevitables: la música que torna fatal la bala que mata y sagrado el beso que salva. Música que hace un todo del estómago y el alma. Nada importan aquí los ruidos cotidianos. La muerte no es música, la muerte es el gran silencio. El amor es su antípoda».
Zeta, el hombre que sueña ser escritor.
«No logro hacer nada que valga la pena en esta puñetera máquina: apenas si presiono teclas como quien tantea un piano desafinado, esperando que por error salga una melodía. Todo lo que aparece en la pantalla es, en realidad, un ventriloquismo torpe, metatranca: no escribe el personaje, escribo yo escondido detrás de él, pasándole frases como migas de pan, prestándole mis propias dudas, mis resoplidos, incluso este fastidio tan poco literario, y mis historias de muerte. Él cree hablar, pero soy yo quien se le filtra por los dedos, quien le sopla cada palabra con la resignación de saberse atrapado en un teclado. Tal vez por eso nada avanza en este juego de espejos: no estoy creando, apenas traslado, como quien cambia de bolsillo una moneda gastada y espera que, en el movimiento, se vuelva nueva. Estoy simplemente trasladando a este personaje lo que hubiera dicho yo si estuviera en su lugar. Esto no sirve así».
Yé, el estudiante de Bellas Artes.
«Desde que estoy aquí, me llama la atención ese tipo con cara de escritor sentado en un banco de la avenida, justo cruzando la intersección. No sabría justificar por qué he pensado que sea un escritor.
Tal vez porque su cara me recuerda la de un libro de Literatura. Tiene algo raro en él como si fuera de aquí pero a la vez no. Debe estar esperando a alguien, sí: en este parque siempre se espera a alguien. Excepto yo, que solo hago tiempo, intentando inspirarme y dar forma, por lo menos a un estudio de cuerpo humano.
No es que uno tenga que justificar toda la mierda que se le ocurre pensar. Afortunadamente me traje la libreta de apuntes. No parece tener intención de moverse: si fuera a hacerlo ya lo habría hecho.
Intentaré dibujarlo desde aquí. Creo que puedo hacer un boceto; tal vez algo más, si es que se mantiene más tiempo. Parece uno de esos tipos que nunca se dan cuenta de nada, un intelectual. Cuerpo entero, sí. Primero la estructura. Nada de simple boceto: con esa estampa merece algo más. Un dibujo. Manos a la obra».
El Narrador en Jefe.
«Me autocrítico. Padre bastardo y virtual de los tres hijos que ya conocéis y otros que aún no. Genitor de un joven estudiante de Bellas Artes (Yé, porque es varón; no puedo llamarlo i griega) que evalúa el objeto de posible interés para ese dibujo que debe hacer y presentar. Genitor también de un hombre que sueña ser escritor (Zeta), oficio que más que oficio es maldición, cuya mujer le ha abandonado por razones no aclaradas, con una relación disfuncional con un perro subrogado y que copula de vez en cuando con una mujer que no le escucha, que escribe en una Underwood sobre ideas que no logra plasmar, incapaz de dotar a sus personajes de propia vida.
Genitor, faltaba más, de un escritor (Equis) que no quiere ser escritor pero lo es, a la fuerza y muy a su pesar; viajero espaciotemporal que ha decidido por sus santos cojones que esa mujer a la que siempre quiso y de la que perdió todo rastro va a coincidir con él en ese mismo banco donde tantas veces se vieron. Cierto, le he dado el trabajo sucio de escribirle a mi también hijo Zeta, porque, oídlo bien, yo no soy solo el padre de Equis; yo soy el padre de todos los que aparezcan en esta historia».
Eme, el Jinetero erudito.
«Técnicamente hablando, el jinetero o jinetera designaba en su origen a la persona que ejercía la prostitución con los extranjeros, o sea que recibía divisas a cambio de sexo. Sin embargo, este comercio generaría con el tiempo, e inevitablemente, todo tipo de empleos subalternos. Autoempleo de civiles en el sector turístico y por lo tanto comercio de contrabando. Por eso, desde el morbo y la paranoia nacional aquel que andase con extranjeros, se acostase o no, se aprovechase o no, recibiese dinero o no, era parte de la caballería informal, así de simple, porque al final, ¿qué más le da una raya al tigre? En virtud de lo anterior, permítanme presentarme. Mi nombre es Eme, más conocido en la farándula habanera como el jinetero erudito. Me gustan las mujeres extranjeras y no porque algo les saque porque si fuera por sacarles, solo les saco la leche. Bromas aparte, solo ellas me permiten fantasear con un romance, que de concretarse ya no sería más romance. Formo parte de esa tribu tan endémica a esta tierra que es el mendigo ilustrado, extraños seres surrealistas que bien podemos, y con tremendo swing, dar una disertación sobre Schopenhauer en la cola del pan, diletar sobre Nietzsche mientras contrabandeamos el eterno retorno, invocar a Milan Kundera dándole agua al dominó. Seres, en fin, que podemos no tener para comer mañana pero atesoramos bibliotecas que ya envidiarían intelectuales del primer mundo. Somos el único logro de la utopía. El mundo va a extrañarnos cuando dejemos de existir».
Equis, el hombre que espera sin esperar.
«Me llamabas de tantas maneras. La más querida aparte de esa tan tuya de pronunciar mi nombre, era rabuja. En ese pueblo de donde tú venías, Cumanayagua, rabuja es un hipocorístico, intransferible para todo aquel que no sea de tu comarca. Lo hiciste mío, a fuerza de así llamarme. Recuerdo que te encontré a la salida del cine. Allí te conocí. Tenías unos vaqueros y una camisa de cuadritos. Recuerdo los colores de esos cuadritos en tu camisa. Algo entre rojo y azul pastel. Recuerdo que vimos esa película de Itzvan Szabó, Confianza se llamaba. Estudiabas bibliotecología y dormías en la beca. Allí nos veíamos. Luego en aquel inmundo apartamento con el vecino que tenía un puerco en la bañera. Recuerdo la primera vez que hicimos el amor, porque contigo no fue otra cosa. Incluso cuando singábamos hacíamos el amor. Recuerdo la última. Recuerdo todas las veces. Qué terrible no poder olvidar y no poder tener. Nunca ninguna mujer me quiso como tú, señorita Ká. De otras maneras sí, pero solo tú supiste alguna vez mi verdadero nombre. Ahora estoy sentado en este parque que era el nuestro, y todos los que te conocían, todos los que nos conocían, se han ido o se han muerto. ¿Dónde, en qué puto lugar del mundo estarás ahora, mi niñita querida?»
Eme, el Jinetero erudito
En una de las mesas de la Casa de las Infusiones, el Jinetero erudito piensa en una chica extranjera a la que ha conocido:
«No saber si ella siente, de vez en cuando al menos, el peso de esta mirada mariconcita que se posa en el vacío, donde el paisaje simula una tarde del trópico, buscando una mirada compañera, flotando en este viento de comienzos de otoño, susurrando una letanía, algo así como un bolero; iba a decir que me parte el corazón pero ¿qué van a decir mis conocidos en su cruzada antikitsch? Me suscribo entonces a decir me mata, porque Holden Caulfield y Salinger siguen siendo guardianes del buen gusto. Resulta que pienso a esta mujer más de la cuenta y es retornar al inicio decir que no sé si ella me piensa, y esto no sería otra cosa que alimento para mi ego y antídoto a mi fobia de ridículos y papeles protagónicos desafortunados. Es ese punto en que el masoquismo nuestro de cada día se lamenta: «¿Dónde estás, señora mía, que no te duele mi mal? (y Sade concluye la condena de una Dulcinea que es pérfida sólo por no ser desgraciada). O no lo sabes, señora, o eres falsa y desleal». Sade desea que ella sufra como yo sufro, que no deje de pensarme mientras destierra mi cuerpo del suyo porque, interponiendo el océano sus aguas, pensar que no ocurra es pedirle demasiado a alguien que es un pobre mortal como uno mismo y a una época donde esas ternuras de abstinencias medievales no son otra cosa que utoimpías que no se acoplan a esta moda cada vez más acelerada, de incentivos para la sensibilidad, de falsas pistas en que podría transcurrir nuestra vida, si la noción de realidad con mayúsculas no nos marcase como las reses, si no fuéramos este isleño desencantado del paisaje habitual, vuestro humilde servidor, sin presupuesto para encallar en tierra firme, enamorado de una mujer a la que no podrá acceder, o tal vez ella, la chica que sufraga su precaria autonomía trabajando de mesera en el café de una ciudad y de un país que no es este, mientras la madre le alquila un psicoanalista de bolsillo y por una buena vez pudiésemos ser Humphrey Bogart e Ingrid Bergman con un final sin adioses irrevocables; astronauta, juez de paz u Oliverio, eso sí, con algo de patrimonio y solvencia.
Me mató... despertando abrazada a mi espalda... Venía de otro mundo, equipada de fobias, rutinas y expectativas diferentes, y sin embargo no sentí como una extraña a esa mujer que me besaba con su pelvis, que hacía un todo de mi espalda y sus senos y que acaso aventurase un mordisco en mi nuca, para luego refugiárseme en el cuerpo como una gata que languidece antes de ser la ausencia. Nada unifica tanto como la distancia cuando se quedan millones de cosas por vivir juntos y ambos dicen que no habrán de llorar o uno lo dice y el otro no puede hacerlo, mientras transportan de regreso pasajeros los aviones de hueso como metal y un corazón negro como las cajas. «Todo placer quiere profunda eternidad». ¿Y cómo no pensar que sí, que efectivamente es esa la otra persona, que por llevarse a la real junto al equipaje, nos permite sublimarle, convertir en aroma afrodisíaco hasta el pedito más siniestro de un intestino? Considérese como agravante el hecho de que siendo breve el tiempo de confluencia, el milagro de ésta se nos antoja, con más razón, atemporal y eterno. Nada se puede hacer al respecto. Nuestros ojos son prisioneros de su deseo. Nada separa tanto como la distancia cuando uno empieza a pensar qué pudo sentir realmente el otro, y la duda cartesiana no encuentra una certeza justificable en sí misma. Falta un Deux ex machina que brinde a los enamorados el dinero que necesitan para volver a ser algo más que la dolorosa incertidumbre de las cartas que demoran o no llegan, y uno escribe y escribe a un destinatario que comienza a dejar de ser él para ser la proyección de nuestros deseos en él. Sisifónico letargo de un Narciso impotente. Saber que ella puede ser otra. Peor, saber que ella puede ser muchas otras, recuerdo nuestro de esa ella que no perdura. Peor: ¿y si nuestro recuerdo no fue más que la violenta emancipación de como quiso ella ser, más que el auténtico yo que suponemos ella? ¿Qué hacer entonces? Su imagen es un pez vivo tras el cristal que no toco, superficie que besa el suicida enloquecido. Su cuerpo va en el orden que no nos asimila. Somos de esa materia con que se tejen los sueños. La adversa realidad de su vigilia (y es que todo sujeto no hace otra cosa que sufrir su realidad), nos quitaría, de tocarnos, la piel del ensueño inmaculado con que nos viste. Es el precio del amor para los seres inteligentes. La rutina es un registro higiénicamente inaccesible.
Siempre existe una nave que uno pretende salvar del incendio, infeliz acepción del eterno retorno. Yo tengo para mí este quemante recuerdo de su pelo encarnado, cortado al nivel de la barbilla, y esa mueca deliciosa de sus labios, intentando dominar la risa producida por un chiste que no tuve que explicarle, a pesar de los huecos de la cultura. Tengo su cuerpo bailando para mí con otro cuerpo, espina dulcísima en la córnea.
Hoy que la realidad se impone aunque Piazzolla se saque el melón de la cabeza, y me salude o nos salude, y nuestros tontos planes sean, y para siempre, menos planes y más tontos, no tengo más que decir que le falta una mujer a mi cuerpo, que el paraíso y el infierno carecen de tentaciones, aunque no piense en ella cuando me vengo, aunque no piense en nada cuando me vengo, aunque me venga y no se vengan los ríos de sus entrañas carniceras a perecer, desembocar justo en el borde de mi lengua. Esta mujer me mata. No tengo otro remedio que sobrevivir». Su última carta de ella, recibida hace unos pocos días, le ha quitado el sueño. «A mí me basta con saber tu existencia» —dice la chica en cuestión—, que comienza a percatarse de la imposibilidad de conciliar por más tiempo su romance caribeño con la vida, su vida real. La de ella, esa donde antes decía de ellos.
Yé, el estudiante de Bellas Artes
«¿Por qué será que no dejo de pensar en la profesora de Literatura cuando pienso en “la mujer en sí”? Se ve que gozaba poniendo en boca del Archipestre eso de que la mujer debía ser cuerda, no sé dónde, y loca en la cama.
Ella sí debe ser tremenda loca, cuerda me extrañaría y mucho. Si yo no fuera tan comemierda como soy tal vez pudiera dejarme caer... ¿Pero cómo cojones esa tipa se va a fijar en mí? ¡Qué desgracia que me gusten tanto las mujeres mayores! Mejor me concentro en lo que estoy haciendo.
Pinga... se levanta del banco. Ah, no, ya regresa. Parece que sólo fue a estirar los pies. Este tipo parece haber acaparado toda la paciencia del mundo».
Ache, el masturbador
«Desde cierto punto de vista, todas las mujeres son una sola mujer» —es el cintillo predilecto de Ache. «Un bollo, dos tetas, un culo y una boca que no deja de hablar» —sentencia. ¿No era una sola mujer la que poblaba el mundo? Mujer de vulva rosadita o parduzca, mujer de vulva en siena degradado, mujer de vulva en un profundo ultravioleta. Mujer de estrechez adiposa en la entrada de su más secreto imperio. Mujer himenizada. Mujer deshimenizada. Mujer de suave felpa en el pubis. Mujer de rizos agrestes o benévolos. Mujer de senos como copas invertidas y pezones en la base. Mujer de senos dirigibles. Mujer de senos abatidos y surcados por estrías. Mujer de senos como cítricos menores. A pesar de sus años, Ache no pierde vitalidad amancebado con su mano. «El sexo es mejor de ser visto que experimentado» —le gusta esa frase de Andy Warhol, aunque no tiene la más puta idea de que la dijo Andy Warhol. Ha aceptado la tarea de ser el ideológico del Comité de Defensa del Rascabucheador, tarea que desempeña orgullosamente porque sabe que es la mejor coartada para sus gustos conflictivos. Algunas noches le habrías podido encontrar hasta hace poco, agazapado en los arrecifes del malecón, fisgoneando en la lejanía esas parejas que se besaban mientras él se zarandeaba el instrumento. Veterano de la muy distinguida brigada de “tiradores” como se les llama con ironía a todos aquellos que se satisfacen a costa de otros más afortunados en el espacio público compartido, eslabón de la larga cadena alimenticia del morbo habanero. Desde hace un tiempo ha descubierto una mina de oro en la vecinita de enfrente, una sordita a la que le encanta la singueta, eso explica que ya casi no baja por la que era su zona en el Malecón. Desde hace un tiempo la sorda tiene un tipo fijo con el que lo único que hace es porno del más alto nivel. El apartamento de ella queda justo y ligeramente por debajo del suyo, así que puede pajearse con toda la impunidad del mundo mirando la movie sin que ella se percate o quizá percatándose pero sin que le importe. «Es algo exhibicionista —supone Ache—, cuando esta sola se acuesta a dormir encuera con las ventanas abiertas de par en par. ¿Limón? ¿Azúcar? ¿Agua? ¿Revueltas? Eso es limonada» —sentencia.
Zeta, el hombre que sueña ser escritor
Zeta baja las escaleras sin esperar por un ascensor que solo funciona en sus sueños. No tiene sentido seguir intentando en vano dar forma a un personaje en cuya piel no logra ponerse. Ha decidido ir a ver a Uve, la sorda. «Tengo un amigo que dice que las mujeres están más cerca de lo Inasible y este es el punto donde comienza a adoctrinarme de nuevo con los tres Nudos Borromeos si no le digo que pare, que el Psicoanálisis me sabe no a otra cosa que a mierda —piensa Zeta, mientras enciende el motor del Lada—. Creo que Kafka dijo algo así como que, siempre iban a tratar de no tener la culpa; culpa cauterizada no del todo felizmente desde los tiempos de Eva a nuestros días. Les ha hecho parir los hijos con dolor, recuerdo de una manzana que no es manzana en realidad, mordida, hollada, profanada. La mujer es esa máquina deseante y seductora, esa vulvacueva-pasión de espeleólogos, esfinge parlante frente a la cual somos Edipo. Un poco de buen sexo silente me aclarará las ideas» —se dice a sí mismo.
Eme, el Jinetero erudito
En la Casa de las Infusiones, lejos de su edificio, un Jinetero erudito intenta darle forma a una carta que responde a otra donde la chica devenida en destinataria de la misiva en curso, comienza a zafarse del encandilamiento. «Dices —responde con furia íntima—: a mí me basta con saber tu existencia», pero a mí no. Cuando pienso que existes me duele mi propia y mezquina inexistencia. Sabe que esta carta no tendrá respuesta, que se está tirando con la guagua andando, sabe que restregar el dolor propio a otra persona no adelanta gran cosa. No obstante, es lo que ha decidido escribir. Debe ver a un amigo que habrá de encaminar su carta con un extranjero que se va al país sudamericano donde vive la chica.
«A mí me duele especialmente saber que existes —insiste—, como me duelen los sellos de correo, las aerolíneas y las fronteras. Las curas son de caballo, caballo joven, potro de tortura. El alcohol desinfecta las heridas pero no cura la nostalgia (ni lo pretende) por la llaga purulenta. Se puede soportar la nostalgia, se la puede guardar en un bolsillo del pantalón y así evitamos pañuelos. Se la puede amordazar y dejarla colgada de un perchero, para cuando estemos solos ejercitar el travestismo; se la puede estrujar, despojarla de espinas y utilizarla para la higiene estomacal, la profilaxis de las hemorroides y como ungüento para el dolor de cabeza. El antídoto a la nostalgia resulta especialmente difícil de encontrar (dada la mutabilidad de los síntomas), pero existe una gran variedad de sedantes. El más eficaz es el cinismo que fermenta, inevitablemente, en el acto de sobrevivir. Es por eso que el cinismo no requiere demasiadas condiciones para su cultivo. Yo sobrevivo, sobrevívote».
Firma la carta y la dobla. Con cuidado la mete dentro del sobre, felicitándose de haber redactado una esquela que usa el molde de la pinga de palo sin recurrir a la vulgaridad. Hoy se verá con los otros en el Malecón, sus compinches del fuego, y podrá encaminar la carta. Mira a la lejanía y sonríe mientras recuerda el chiste de la sorda. Un tipo está quimbando con una mujer que no oye, pero sí puede hablar. Mientras llega al clímax, le susurra todas las obscenidades imaginables. Ella, acostumbrada, responde lo que sabe que es apropiado, puesto que alcanza a ver los labios de él articulando palabras que ella no puede oír: «Sí, yo también te quiero...»
Zeta, el hombre que sueña ser escritor
Zeta parquea el Lada frente al edificio. Sube de prisa las escaleras que le llevan hasta la puerta de Uve. Tiene llave. Entra sigiloso, aunque sabe que no tiene por qué hacerlo. Ella está durmiendo empelotada, como acostumbra cuando hace tanto calor porque incluso el otoño de estas latitudes puede tener calor. Una erección impostergable invade a Zeta cuando la ve. La verdad es que está riquísima —se dice mientras se quita el pantalón; la camisa ya ha quedado sobre una silla de la sala—. La mujer se sintió tocada sobre el flanco. Despertó. Zeta ya estaba sobre ella, visiblemente excitado. No tuvo tiempo de mucho, porque él la volteó sin demasiados miramientos. Antes de que pudiera desperezarse sintió el falo entrándose violentamente. No estaba lubricada pero la incomodidad fue dando paso, de a poco, al placer. Frente a la cama está el espejo y la ventana abierta de par en par. No le gustaba que él solo quisiera en cuatro siempre. Quiso de pronto sentir aquella otra barriga sobre la suya. Quiso ver su pecho lleno de pelos sudándole encima. Quiso disfrutar de aquel rostro cuajándose en la mueca soberana del universo y la Vía Láctea pero no desde el espejo. Aprovechó la primera venida de Zeta para darse vuelta y enfrentarle entonces, con gesto obsceno y las piernas abiertas de par en par. Zeta volvió a sentir excitación y la penetró, esta vez de frente, con sincera devoción misionera. Ella quería verlo, quería adivinar esas palabras soeces que saldrían de sus labios mientras él la montaba, leyendo las palabras inaudibles para ella, descifrándolas, a pesar de sus oídos desvalidos. Quiso dejar de contener sus sordos gemidos. Quiso decir que lo quería y, con su voz de instrumento como de música pero sin su debido afinamiento, lo hizo.
Ache, el masturbador
Ache ya estaba masturbándose a costa de la vecinita Uve pero «llegó ese tipo —así le llama—, a cambiarme la película. Desde mi altura —dice, evocando los versos de alguien— puedo verlos sin que ellos me vean». En efecto, un edificio y otro colindan; donde duerme y tiempla la sorda está ligeramente por debajo del suyo. Conoce sus horarios y se ha adaptado a ellos. Él nunca había poseído ese cuerpo de mujer (el de la sorda), pero ya era como si así fuera de tanto verla cogiendo con este, con aquel y con los anteriores. Arribó disciplinadamente una legión de espermatozoides suicidas a blanquear, con su sacrificio propiciatorio, la palma de la mano. Llegó como un robot descontinuado y se quedó sin fuerzas para más. Ya estaba limpiándose cuando vio que algo pasaba. El tipo del otro lado de la ventana simplemente se salió de la escena y comenzó a vestirse para irse a toda prisa.
Texto Sin Asignar
Mientras esto ocurre en el apartamento de Uve, en aquel banco del parque en la avenida donde ha comenzado nuestra historia, un hombre negocia metafísicamente con su viejo amor perdido en el espacio y el tiempo. Zeta enciende el motor del Lada, pisa a fondo el embrague; lo levanta hasta sentir el punto de fricción. Acelera.
Equis, el hombre que espera sin esperar
«Mira, no digo nada (pero lo dice, no obstante, Equis), no pido más que un gesto: si por un capricho del destino irrumpieras en esta misma avenida y, al llegar a este banco, me confesaras que tú también, durante todos estos años, has navegado sin brújula, buscándome sin buscar, intentando olvidarme sin poder, juro que yo sería el hombre más feliz de este mundo.
Estoy, de nuevo, anclado aquí, en este parque, testigo silencioso de tantas veces nuestras, tejiendo la dulce ficción de tu llegada, aún sabiendo que solo un milagro podría hilvanar esa escena. Pero juguemos a la esperanza: imaginemos que apareces, con la respiración entrecortada, disculpándote por tu demora y explicando un drama menor relacionado con el embotellamiento en los aeropuertos. Yo, sin un ápice de duda, me levantaría de este frío banco, te ofrecería mi brazo —porque para eso sirven los cuentos, para elevar la realidad— y, al instante, comenzaríamos a flotar juntos sobre el perfil de la ciudad, ingrávidos, como en aquel cuadro de Chagall que el estudiante de la Academia (hace rato que me dibuja, creyéndose él muy discreto y a mí muy tonto) seguramente ya conoce por las clases de Historia del Arte. Quedamos en esto: llegas, me cubres los ojos con tus manos tibias y susurras con la voz de siempre: «Rabuja, soy yo, tu niñita querida. También he vuelto»».
El Narrador en Jefe
El banco del estudiante, el banco del hombre que esperaba sin esperar por su niñita querida y un punto medio de la avenida, establecen un triángulo equilátero imaginario de 10 metros en cada cateto. Explique, en su opinión, por qué la distancia entre el banco y el punto medio de la avenida, no alcanza a ser rebasada por la pareja de enamorados.
Solo en su mente es la escena clásica de pareja feliz y reencuentro. Equis, el hombre que espera sin esperar y Ká, la mujer que era esperada, se desplazan con intenciones evidentes de cruzar esa calle que intersecta la avenida. Al otro lado de la calle sobre otro banco un estudiante no da crédito a sus ojos. Podría añadirse algún detalle pintoresco (algo así como un regalo, miradas y sonrisas) que el estudiante, desde su comprensible frustración, no puede ver. A los efectos de una mejor interpretación revisar archivos fílmicos. El estudiante de Bellas Artes, maldice la hora en que el comemierda del banco se ha levantado para estropear lo que estaba a medio camino entre ser solo un boceto y llegar a ser un dibujo con algo más de detalle. No alcanza a distinguir en su fastidio que, en ese momento, un Lada se aproxima a una velocidad mayor que la estipulada, conducido por un hombre que hasta hace bien poco todavía se defogaba con una mujer que ni le oía ni habrá de oírle más.
La escena es como un final de Godard. Una muerte absurda pero imprescindible.
Todo fue muy rápido —contará el estudiante.
Junto a la línea divisoria del contén, se encuentra parqueado un Lada que apenas ha sufrido daño. Del mismo sale un hombre sano y salvo que, todavía en shock, no puede creer lo que ha pasado. Un enjambre de personas, movidas unas por la curiosidad, otras por el instinto solidario, se aglomeran sobre el lugar de los hechos. El silencio en la avenida da lugar a un bullicio que progresivamente amainará junto al cuerpo que sangra y no demora en ser retirado. La identificación del cadáver se deja a gusto del lector. Casi inmediata irrupción de la policía y los peritos. Un número más en las estadísticas. En el tercer piso de un edificio situado dos cuadras más allá, al este de la avenida y sobre esta misma intersección, una mujer que sigue sin oír ha vuelto a acostarse desnuda y sola. En el cuarto piso del edificio colindante un hombre recomienza su labor autosatisfactoria. También el estudiante, una vez despejada la escena ha vuelto a sentarse en el banco que ocupaba previamente.
En otoño, la avenida se llena de hojas pardas y marchitas y de boliches rojos como la sangre.
En primer plano, de espaldas, un estudiante de Bellas Artes da los toques finales a su dibujo...
2
Soy uno de esos que se levanta religiosamente por las mañanas bien temprano. Hago mis ejercicios. Tomo el desayuno. Me visto escrupulosamente y, después de darle un casto beso a mi esposa, diríjome al trabajo con los ojos protegidos por unos gruesos y eficaces cristales de cuarzo.
El polvo y todo tipo de inclemencias ambientales no me afectan. Las radiaciones para mí no representan un peligro.
Pero hay algo frente a lo que bien poco me sirven estos aliados de la higiene ocular: los pezones de la recepcionista. Ocurre que siempre están allí, en la puerta de acceso a la empresa donde laboro estoicamente desde hace años.
Constituye mi deber darle los buenos días, y a nadie se le dan los buenos días, ni siquiera los malos, sin mirarle. Es esta una regla elemental de urbanidad.
Ocurre que, de cualquier lugar donde se pose mi vista, el potencial gravitatorio de sus pezones (siempre pétreos y erguidos bajo la opacidad textil de la blusa, contrablusa y ajustadores) no deja de atraerme, final y fatalmente. Atenaza mis ojos, les obliga a claudicar, a desviarse, a encallar en la arena de esos senos receptores. Allí quedan, durante indescriptibles siglonutos que no dejan de retrasarme de modo injustificado, adhesivos complementos para sus glándulas mamatorias. Termino por ser empujado al ascensor (no tengo excusa ni posibilidad de volver a la calle).
Mis ojos, es decir, mi cabeza va rotando de modo involuntario hasta que ya no me es posible distinguir sus pezones desde el buró de mi oficina y allí me quedo pensando durante todo el santo día en que no me sería mejor ver sus pezones bajo una tela más fina, en que tal vez observarles libres de todo envoltorio haría perder ese encanto, en virtud del cual son mis ojos sus rehenes. Y es que bajo un abrigo de lana me temo que serían igualmente distinguibles y quizás más prominentes, cuantificables, visibles, evidentes en su invisibilidad. Tal vez sean los poderes afrodisíacos del cuarzo...
3
Fue en una noche de tantas. El Habana Libre estaba en el mismo sitio, las geishas del patio no eran tan profesionales y tener unos dólares junto al carnet de identidad no dejaba de ser un riesgo.
Esta es la historia de un técnico en el bello arte de la equitación, pongamos que se llama Iván. Dos técnicos, si incluimos a su compinche Ernesto, también llamado el Argentino. Dos técnicos o jinetes o jineteros (como prefieran llamarles) y una noche.
Una montura, en este caso un caballo italiano todavía joven (como ellos). Responde al nombre de Luciano. Se marcha en el primer avión de la mañana. Les ha invitado a tomar con el sincero deseo de agradecerles los servicios prestados. Cuando tres hombres se reúnen a tomar, sea aquí o en Cafernaum, por lo general, siempre conducen los caminos de la conversación a Roma. O sea, Roma al revés, al Amor, a las chicas, las ragazzas. —¡Las putanas, las putanelas! —agrega Luciano, los otros ríen.
Iván propone probar suerte. A esta hora, solo ellas (las putas) quedan revoloteando sobre las mesas. Ernesto está de acuerdo. Luciano se abstiene. Mayoría. Cada uno se adjudica una nacionalidad, excepto claro, Luciano que sigue siendo italiano de verdad. A Ernesto le corresponde el primer asalto a bayoneta, fracaso y momentánea retirada a las trincheras. Entonces le toca su turno a Iván y llama a la chica.
Ella se acercó, acentuando el movimiento de ese «bello culo que tiene la ragazza». —dice Luciano a Ernesto mientras Iván prepara su defensa—. Sus labios reproducían esa canción que un trío de músicos regateaba a los escasos sobrevivientes de la noche. «Que se quede el infinito sin estrellas o que pierda el ancho mar su inmensidad». Saludó y era algo así como decir: «¿Qué hay, qué quieren, qué quieres...?». Iván desplegó la primera de sus tretas.
Le extendió los cigarrillos marca More, mentolados y extranjeros. Tal acción filantrópica permitiría otearle, sopesarle, saborearle los senos si es que ella se inclinaba a tomar y encender uno, como en efecto hizo. Maravillosa vista. «No sería tan inmensa mi tristeza como aquella de quedarme sin tu amor...» —seguía insistiendo el trío—. Se le invitó a sentarse, porque «así no vas a crecer más» —intervino Ernesto—. Risas condescendientes. Ella escruta en un paneo la mesa que se le ofrece. Acepta pero habla de una amiga a la que no puede abandonar porque...
«Traétela no más» —vuelve a la carga Ernesto, haciendo uso de ese dejo rioplatense lunfardesco que le ha valido su mote—. Ella mira a Iván directamente a los ojos como tratando de averiguar su procedencia. Luego mira a los otros pero ya de otra forma. Ellos, pero sobre todo él, no han sido descalificados. Volverá con su amiga. La muchacha se aleja y es entonces que Luciano se refiere a ese «bello culo que tiene la ragazza» y no al inicio. Habla también de la cristiana tradición que estigmatiza el oficio de las putas como algo ajeno al divertimento, como si las putanas no pudiesen también disfrutar con lo que hacen y fuese sólo una forma de escapar a las penurias económicas. «Yo no sé si esta lo disfrute, pero lo que sí resulta obvio es que se trata de una novata» —dice Iván que pierde el hilo de lo que Luciano habla—. No deja, mientras lo hace, de mirar la forma torpe en que, luchando por mantener el equilibrio desde sus altos tacones, ella se acerca acompañada.
«Otra ronda para esta mesa» —ordena Luciano. El camarero retira las latas vacías de cerveza Hatuey (su nombre rememora el de ese primer nativo que conoció de extranjeros en estos parajes de Dios). «La otra sí que es toda una profesional» —dice, bajando la voz, pues ya casi pudieran oírle—. «Por favor, no nos afane también la otra pieza» —lánzale Ernesto a Iván—, y todos ríen. Las meretrices, que ya están junto a la mesa, elogian lo divertidos que parecen los señores. El camarero coloca la nueva ronda y se producen las presentaciones de rigor. Después de algunos chistes y algunas preguntas sobre Italia, donde la amiga tiene una amiga a la que quiere mandarle una carta, sobre Argentina, donde tiene un amigo que hace poco le escribió, y sobre el otro país del que nunca había escuchado hablar, la conversación amenaza caer en un punto muerto. Luciano habla de irse a otro lugar más... no sé... acogedor. «El barcito del hotel donde estamos parando» —propone Iván—, y Luciano acepta condescendiente. Está claro que ha hablado por los tres y que se hospedan en el mismo hotelito. Es esto lo que una y otra puta asumen.
«¿Vienen ustedes?» —pregunta Iván—. Se miran entre ellas, y él no deja de mirar sus senos inmensos como globos de cumpleaños. Sólo un pequeño inconveniente. La otra debe esperar un poco antes de reunírseles, ya que precisa despedirse de un amigo que trabaja en el hotel como músico. «No es problema, yo las acompaño» —responde Iván, previendo que la chica alegará no poder abandonar a su compinche e irse con ellos. Los otros dos se levantan para irse. «Les esperamos allá» —se despide Luciano y se va con Ernesto—. Unos minutos después, la amiga parte a cumplir su misión «No me demoro nada, —dice— pórtense bien» —sonríe y se aleja.
Ella se queda mirando el cristal del hotel como si a su lado no estuviese nadie. Un cazador entrenado puede saber, sin embargo, que espera la rutina del asalto y, ante tamaña evidencia, no queda otra opción que calar la bayoneta en el fusil y lanzarse sobre ella, o tomar entre sus dedos tenedor y cuchillo porque a su lado la putica (estofada y estafada) está servida. Tiene unos presumibles veinte o veinticinco años, muy poco tiempo de servicio en el fuego, y una belleza sencillamente “asquerosa”.
La chica exhala una bocanada de humo, que se interpone ante la boca que busca su oído y aventura complicidades. «¿Cuánto vale un beso tuyo?» —lanza Iván mientras prosigue falseando su acento—. Ella le mira entonces, la boca forzando una sonrisa. «¿Un beso?, nada...» —y es casi como decir—: «si todo fuera como eso...»
Busca la lengua compañía de la otra. La lengua de la puta no se niega. Duelo a primera sangre o a primera saliva. Ella vuelve a su cigarro, él a su real existencia. «¿Cómo es posible que pueda creerse el papelón que estoy haciendo? Ni siquiera mi acento está bien» —otra vez a mirarla—, y ella sin preguntar qué signo es Iván en el Zodiaco. Es entonces que los ojos se cruzan, como dos balas, como el eco distante de una canción. «¿Y?» —pregunta ella. Quiere decir: «¿Por qué me mira usted de esa manera?», pero eso no lo dice, es Iván quien lo piensa. Él hace entonces un comentario intrascendente sobre la amiga que aún demora y ella vuelve a colocar sus ojos en el mismo punto indefinido del cristal. «No hay muchas opciones», piensa él el pensamiento de la puta. Bien pueden entenderse de algún modo en una noche de tan pocas ofertas.
Los dedos de Iván comienzan a transgredir la barrera de la falda. Ella se vira entonces hacia él, se lanza sobre su boca y estampa algunas mordidas en los labios que humedece, escrupulosamente, con saliva. Mordida libidinosa de animal joven. «¿Por qué lo haces?» —pregunta Iván, atemperando su placer, cuando se libra finalmente de la presión de los dientes carniceros—. «Pensé que podía gustarte» —responde ella inocentemente—, es decir, en un tono de inocencia casi creíble.
Recordó entonces casi literalmente parte del discurso de Luciano. «Es esto lo que amo de las putas: su vocación de servicio, su entrega al prójimo. ¿Qué sería de este mundo mezquino sin su labor?» «No lo dejes de hacer» —se sorprende Iván respondiendo a su respuesta—. Se miraron a los ojos y sonrieron. Ella recuesta la cabeza en su hombro. Ahora es él quien hace flotar sus ojos en un punto indefinido, tal vez la puerta, por donde aparece sonriente la amiga que ya se encuentra lista para partir. Abandona el hotel. Ellas lo siguen pero demorándose un poco. Es sabido que las mujeres siempre tienen algo de qué hablar. Él no observa cuando la policía las detiene a la salida. Sólo al girar la cabeza el peor de sus miedos le saluda.
Allí está el agente del orden haciendo de las suyas, ejecutando su terapia social sobre unas “damas del fuego”. La disyuntiva era brutal: si él seguía caminando como si nada ocurriese, después de haber sido visto por ellas mirando hacia atrás (y esto no demoró en suceder) una pregunta cruel emergería: ¿qué extranjero (y donde dije extranjero digo persona “normal”, no cubanos escapados de su jaula) abandonaría a su chica en trance semejante?
Colocado en la situación de usurpar una nacionalidad que no le pertenecía Iván tenía todas las de perder. Poco podría servirle alegar que se trataba de una broma. Es sabido que los uniformados en todas partes y por regla general no tienen demasiado sentido del humor.
Debía regresar donde ellas, pero si así lo hacía ¿qué iba a pasar cuando le pidiesen identificación? La voz no debía temblar bajo ninguna excusa. Intenta ponerse a la altura de las circunstancias.
«Oficial, —tarde lamenta el tono de la voz— ellas vienen conmigo». El guardián lo mira de arriba abajo con arrogancia. Tiene que haber estado loco, se dice, se duele, pero ya es tarde. La pregunta, más que posible, inevitable, gravita sobre la escena como una espada de Damocles: «¿Y quién eres tú?»
Temor de perros amaestrados, temor del que se sabe al margen de la ley y puede ser descubierto. La pregunta no llega a pronunciarse, no desborda, explosiva, la dentadura del agente. La puta ha dicho: «No pasa nada, es normal, en seguida vamos». No insiste. El guardián no deja de mirarle pero le deja escapar esta vez... «¿Quién sabe la próxima...?» Ellas llegan donde él las espera y tratan de hacerle comprensible una historia que él conoce de sobra. Entonces vuelve a la actuación, a comparar esta mierda con otra que ellas no conocen ni él tampoco. Le pide a la amiga que se adelante y vaya donde los otros aguardan. Cortésmente le da un dólar para que vaya comprando chocolatines. «Espérennos» —dice—. Un gesto de la mano y se despiden.
Quedan solos.
Existe un parquecito en el camino hacia el otro hotel, muy poco alumbrado y en ese entonces sin artesanos aún ni ferias. La lleva adonde un banco asediado de sombras y de algún que otro trasnochado masturbador. Ella obedece porque el que paga, manda; y la impotencia sedimentada que habita en cada uno y en todos se ve liberada en él, que ahora es un señor y no más un compañero, un extranjero, un ser para el que toda la pesadez de la tierra es tan leve como el dinero y los pasajes. Para ella, un buen cliente. Esta puta, esta bellísima puta, que en la mañana de este día no se hubiera dignado mirarle, ahora pretende demostrar que, si bien no le ama, sí puede llegar a amarle porque todo lo que él hace le “fascina”. Ese es el término que usa: le “fascina”.
Ella respira agitada mientras los dedos estropean el tibio sendero de su juntura. Va el sexo anclado en sus muslos, va el nadador que se sumerge en la búsqueda a fondo. Las uñas de carmín intentan desgarrarle, se aferran a su cuello mientras la lengua de él la recorre hasta la oreja. La mano de la hembra profana la bragueta. Los dedos del macho descubren preservativos.
Cuando llegan a la mesa del barcito, la otra (y esto es típico) propone un brindis “por el amor”. Dentro de unas horas es de día y Luciano se marchará y ellos deben hacerlo un poco antes, para evitar accidentes y, además, están las chicas, que nada saben. La otra propone una cita imposible mientras deglute un chocolate.
Para culminar el juego, ellos acceden y planifican el final de la broma levemente pesada, o sea, ese final que habrá de verificarse cuando las dos busconas pregunten mañana en la carpeta. La hija de puta, pero no puta, de la carpeta, que siempre detesta al que siendo como ella no está donde ella sino un poco más abajo y acuda a buscar información, dirá, en un tono muy circunspecto: «El señor Luciano Cazzogrosso se ha marchado en la mañana, y los otros dos señores por los que ustedes preguntan no han estado nunca hospedados en este hotel...» Una voz interrumpe los pensamientos de Iván que inventa las horas por venir. «No creas que me gusta hacer esto...» —la voz es un susurro destinado únicamente a su oreja—. «¿No te gusta qué? ¿Estar conmigo?» —procura fingirse asombrado—. La otra ya está hablando, por suerte, de marcharse. «No, no es eso, sino ser puta...» Tiene un aire con pretensiones de inocencia que pega durísimo. Pero él está inmune. Conoce todos los recovecos a los que puede querer llevarle con la historieta que esboza. Disfruta oírle, disfruta actuar este papel de confesionario que redime los pecados. Él no tiene esa suerte para sí.
La historia es como tantas: una joven madre que tiene que hacer frente a una ingrata maternidad de soltera. Recordar disertación de Luciano. “Mi putica”, Iván se muere de ganas de decir pero se calla. Siempre hay un pero. Un pero este puerto de La Habana donde eres una puta jugando a no querer serlo. Un pero este puerto de La Habana, que no es otra cosa que otro puerto putativo de este putesco mundo, donde otra puta juega a no serlo, y donde juegan las dos a ser amantes en una broma tan cruel como la vida misma y sin posible absolución desde una puta a otra.
«Contame tu condena, decime tu fracaso...» —viene el tango, inevitable en Ernesto, a acompañar una historia que sus oídos ya no escuchan—. Ella prosigue la actuación hasta que la otra habla ya de marcharse sin más demora y no se les impide. «Un beso mi amor, nos vemos mañana», y entonces vuelve a repetir las coordenadas de la cita como para que no se olviden. Él pone cara de atención, con un toque de pesadumbre por la historia que ella ha contado pero con acentuadísimo optimismo porque mañana, de seguro, «nos vemos, mi amor».
Ya casi alcanza a la otra en retirada. «Definitivamente no es una profesional, pero qué culo, coño» —comenta a sus compinches (desde donde ellas están no pueden oírle)—. Entonces se vira ella (desde la puerta de salida) y, por última vez, le envía un beso.
4
Pregunto a Iván cómo va el fuego mientras doy la primera mordida al rapiperro, versión cubana del hotdog. Desde su historia haciendo de extranjero junto a dos putas, un italiano y a Ernesto (que se nos unirá en breve), no conozco más hazañas.
«Ahí vamos» —me responde, usando uno de esos innumerables y deliciosos comodines que posee nuestra lengua para sortear un tema sin decir nada, pero diciendo algo—. Hemos comprado una buena cantidad de rapiperros para mantener entretenido al estómago las horas por venir. Estamos sentados sobre el muro de concreto más etéreo del mundo. Digamos que se trata del alma de la ciudad. En nuestro idioma, el término remite a un muro construido para proteger de las aguas y es eso, pero mucho más que eso. Desde aquí sus habitantes aprenden a sentir la inmensidad, a degustarla, a integrarla en sus vidas. Si algún día me fuera de aquí creo que lo que más extrañaría sería precisamente este muro, la brisa que trae del océano y la inefable sensación del salitre en el rostro.
Estoy sentado frente a la calle 23 que asciende, inmensa rampa de concreto, hasta la intersección con L. Iván, de espaldas a la ciudad, sin dejar de mirar el océano. «Erre con erre rapiperro» —muerde Iván su versión local del hotdog y bromea—. Esperamos a Ernesto. Ha quedado en venir apenas termine lo que está haciendo con un litro de chispa’e’tren. Esta promete ser una linda noche de libaciones y muela y, para mí, una oportunidad de reencontrarnos. Iván y Ernesto coinciden a menudo, ya que dedican su tiempo a lo mismo: la equitación, la línea de fuego (o simplemente el fuego) imprecisa definición que se refiere (pero no está circunscrita) al autoempleo de civiles en el sector turístico.
Nos conocemos hace un burujón de años. Crecimos en el mismo barrio, fuimos a la misma escuela primaria y un largo etcétera de coincidencias nos ha hecho amigos. Yo no tengo necesidad de meterme en candela para conseguir unos dólares pero ellos, Iván y Ernesto, sí. No los juzgo. De hecho, yo haría lo mismo si estuviese en su lugar.
Una conversación con Iván sobre el tema del fuego debe contornear, para ser agradable, el inventario de amigos y amigas que se han casado con extranjeros y se han marchado, de amigos y amigas que no se han casado con nadie pero igual se han marchado, de lo difícil que resulta mantener una relación con alguien de tu propio país, del mismo viciado referente insular de cada día y cada noche. Ya llega Ernesto con la mochila y dentro de ella, el litro de chispa.
«Tá buena —dice Ernesto mientras nos sirve la chispa—. «Mejor que esto sólo el perfume que se tomaban los bolos» —bromea Iván—. Los tres reímos. Me preguntan por mis trámites. Pienso casarme para tener la libertad de viajar. «Si dejaran salir libremente, esto aquí no sería tan malo» —dice Ernesto—. «Esto es tremenda pinga» —replica Iván—. «¿Y tus memorias del fuego?» —vuelvo a la carga yo, un poco para evitar una deriva hacia el fundente tema de “la cosa”—, preguntándole esta vez a Ernesto que es el más hablador de mis amigos jinetones.
«A mí minga de vesre, macanudo» —dice Ernesto, cubanoplatenizando un lunfardo que entusiastamente adopta, dándose por aludido mientras se mueve de un lado a otro, en torno al muro—. Estos pequeños paseítos los da siempre cuando algo le emociona demasiado como para estarse quieto al contarlo. Es un poco como un niño pero resulta innegable que tiene arte para contar las cosas más triviales y hacer de ellas algo digno de oírse. «Yo no soy un boludo como este —refiérese a Iván, que rezonga pero deja pasar la provocación y se sirve un poco más de chispa—, siempre tomándose la vida a lo milonga» —concluye Ernesto y concede—. «Bueno, les contaré alguito».
Ahora es él el único centro de atención. Iván ha dejado de mirar el mar, y yo, sentado frente a él, también le observo.
«Conocí una alemana que...» —hace un gesto de inequívoca complacencia—. La gesticulación y las palabras que construye, destruye, reconstruye, extrapola constantemente, hacen que tanto yo como Iván, disfrutemos oírle sus epopeyas (porque otra cosa no son sus historias). «La mina está en la Universidad» —anda suelto ese argentino ya descrito previamente en que se convierte Ernesto no sólo en noches de luna llena—. Hace pausa y prosigue. «Yo creo que se vino por un curso o un algo parecido. Resulta que la mina estaba siendo orientada por un negro, o mejor, desorientada, centrifugada, mareada, acosada —respira hondo y resume—: este tipo se la estaba metiendo desde que se bajó del aeropuerto. Ustedes saben que ellos sí no zafan.
Bueno, tá, berretinado la invito a un bailongo y me pregunta si puede llevar un amigo, y yo claro si, pero comienzo a desanimarme y luego pienso que no, que no va a ir. Pero resulta que la mina se aparece con el amigo. Se pone a bailar sin él. De vez en cuando, yo la noto junándome, y por supuesto, yo la juno también. Del pie hasta el alma. ¿No podés imaginarla? Empilchada con unos toscos tamangos, unos leones casi milicos y una remera pancarta con reggae de bacanazos. Estaba haciendo ¿sabés? todo lo que podía por destruir su belleza pero minga de eso, pelandruna».
Una de esas mujeres —pienso sin Ernesto— con feminismo inyectado en vena y que se la pasan acusando a toda la cultura occidental de sexista. «A algunas yumas les da por eso» —apunta Iván—. «Tendrían que ver —sigue Ernesto— qué clase de cuerpo tiene ese “animal”» (y esto, aunque no lo parezca, es un halago). «Pelo rubio a lo Marlene Dietrich, ojos azules y una piel blanca como de azúcar refino. Pa’ rematar tiene un delfín tatuado en la esquena...» La descripción de Ernesto tuvo (como no podía ser menos) más detalles. Pero pasemos de ellos y continuemos la historia.
«El negro se aparece, yo estoy viéndolo todo desde otro sitio del bailongo, a decirle que se van y la mina se pega a discutir con el loco, casi bronca le da, que no se quiere ir y bueno, parece que él como que le dijo algo respecto a los vecinos. Él era el que le había resuelto el alquiler más barato. Por ahí la convence. La mina me busca y se despide de mí. Sin angustia pues ya sabía dónde encontrarla. Ahí lo dejamos esa noche.
Muy por casualidad me yiro por la Universidad dos días después, y allí estaba. Nos metemos a hablar una especie de “alemañol” y a discutir no sé qué cosa. Algo de psicología, una macana de Lacan, que le cloné a un puntico del barrio. La mina impresionadísima con el producto que le vendo y que cómo es que aquí en Cuba sabíamos tanto de todo». «Muy natural, el tibiri tabara» —dice Iván—. Reímos. «Terminamos en Coppelia, —sigue Ernesto— y como su pieza estaba cerca allá nos fuimos y siguió el parloteo un rato más hasta que templar se impuso. ¿Qué más había que hacer? ¡Echar un polvo! ¡Follar! ¡Estas vikingas si van al grano!» Una mujer pasa vendiendo ron, le compramos otro litro (el chispa’e’tren ya agonizaba).
«La historia es que me vengo —sigue la historia de Ernesto— y la mina no hubo modo. Sí, se había excitado y disfrutado pero hasta ahí, más nada. Yo asombrado de que no formase ninguna histeria y se abrazara a mí muy fuerte». Imagino —sin Ernesto— que a su alemana lo que más le preocupase fuera tener a un representante de humanidad junto a su cuerpo. «Yo estaba satisfecho, me había venido como un orangután pero aquello me yiraba en la testa y ya no puedo más y le pregunto. Entonces me batió que aquello no era imprescindible, que ella podía venirse cuando quisiera, que con su amigo sólo se había venido dos veces.
Imaginarme al negro no mucho más afortunado fue un alivio, les juro. Me dio muchísima gracia pensar al falocrático pibe desayunándose aquello. También me dijo que a ella, sobre una moto era como mejor podía ocurrirle». «Hay gente para todo» —sentencia Iván—. «Es decir, —sigue Ernesto— abrazada a la espalda de un tipo o una mina —sonríe—. Me hirvió el mate pá cebadura, broder. Rechiflao de imaginarla con otra y yo con ellas. —Iván y yo sonreímos comprensivos, Ernesto invoca el sentido común—. ¿Dónde carajo iba yo a conseguir una moto? Así pues, no tenía más remedio que intentarlo de nuevo y aquello no fue precisamente un sacrificio».
«Pero —adopta un tono meditativo— antes de reincidir en el acto hubo un algo que propició que ella se relajase más. Me batió de su novio, de quien estaba enamorada, aseguró. Otro alemán como ella. En vez de venirse al Caribe se había ido a Nueva Guinea o un lugar por el estilo. Me leyó, me tradujo, las cartas del loco y yo la mar de divertido con lo que contaba de indígenas y aire puro. A ella como que le gustó que yo no me molestara, tal y como habría hecho el negro, porque ella hablase de él. A ver, claro que me molestaba, —se defiende— uno es hombre, —afirma— pero ¿quévachaché? —pregunta retórica que contiene la respuesta en sí misma—, igual me calentaba la idea de estar ahora, sin pilcha, junto a su grela y él allá, en Nueva Guinea, respirando a pleno pulmón con los indígenas. Se me paró la pinga y comencé a faenarle la crica con lenguado puro y duro.
Esta segunda vez se calentó y no hizo falta la moto. —Ernesto ríe como un niño cuando llega a los detalles de su éxito—. Movía la pelvis de una forma tan brutal sobre la mía que casi me la erosiona —confiesa—. La sentí venirse y me volvió esta alma que tengo al cuerpo —se baja un poco de ron a la garganta, hace una pausa y vuelve—. Cuando acabamos, se quedó sobre mí, echada un rato sin hablar los dos. Entonces me batió, con ese español que no tolera acentos, ni jota, ni ese, ni erre: «Ah, yo no puedo hacer esto más porque me voy a morir...»» —los tres reímos de la pronunciación de la alemana, es decir, de la interpretación que hacía Ernesto de la pronunciación de la alemana—. A estas alturas yo intentaba leer entre líneas lo que Ernesto nos contaba. Al hablar (su chica alemana) de «no hacer esto (aquello) más» se refería, no al hecho de venirse, orgasmar, correrse, acabar, sino a la obsesión tropicalísima de que la hembra se venga, orgasme, córrase, acabe, como condición de la armonía en la cama. «Happy wife happy life» —dicen los yumas—. «Una mujer que no se viene es un peligro público» —decimos nosotros—. Pero estas reflexiones en torno a las razones de ella, Ernesto no las podía decir o no las dijo, que para el caso es lo mismo. Tal vez ni siquiera fuese consciente de aquello que podía leerse, vislumbrarse de su profundo “ella” en las palabras de la yeguita teutona. Yo traté de recordar un solo caso de todas las mujeres cubanas con las que me había acostado que reaccionase parecido y no lo encontré. Sentí envidia de Ernesto.
Pero volvamos a su relato. Resulta que se hizo consuetudinario en la barra de la alemana, y sucedió lo que tenía que suceder, cuando dos tipos están con la misma alemana sin ponerse de acuerdo... «Estábamos los dos encurdelados, yo en cueros y ella vestida, (Iván bosteza, la botella de ron toca a su fin así como el último de los rapiperros) cuando —cambia el tono Ernesto— mirá vos, se aparece el afrikaner cabrero, “pucho en la oreja”, encurdelado también y a darme golpes, le pica la biarasa no bien entra por la puerta. Yo a reírme del otario porque, total, estaba follándome a la mina que él creía su propiedad».
«Bueno, la mina no es de ninguno de los dos, —se excusa Ernesto del sinsentido— sino de un tercero que está en Nueva Guinea». Total, la mina o chica no es de ninguno de los tres, —pienso yo sin decirlo— porque este tipo de mujeres son absolutamente libres. «Lo que son es unas putas y ni siquiera por dinero» —esgrime Iván, picado de un machismo alcohólico indefendible—. Ernesto no pica el anzuelo y prosigue la narración. «Y entonces la alemana le cayó encima al intruso para golpearlo». No lo hacía (esto Ernesto se lo calla o no lo sabe), por defenderlo a él, sino, fundamentalmente, porque el imbécil recién llegado se creía en la potestad de irrumpir en su espacio privado y a golpes, conmovedoramente ingenuos, decir: «Yo soy el macho de esta hembra».
«Yo, —dice Ernesto— alternando risa y biarasa, lo cojo por los drelos y le doy y ella le da y en ese cuadro de boxeo sobre catrera, él tratando de pegarme sin tocarla, muy encurdelados los tres como para manejar aquello con eficacia... Llega entonces la mujer del alquiler, que no tiene licencia y trata de manejarlo todo como para que yo me marche (condición del arreglo), o sea, que no regrese más. Por supuesto el tipo es quien le consigue los clientes. Ella no acepta y el negro a esa hora, tratando de mantener algo de sus conquistas pasadas, se pone bien patético y a mí no dejó de darme su poco de pena. A fin de cuentas me la llevaba, dejándole, pobre negro, en la más negra miseria. Resquequia in pace».
La alemana, estaba claro, —opino— no iba a permitir que la dueña pretendiese obligarle a más condiciones que aquellas estipuladas por el precio convenido y ya pagado. Esto pasaba a ser un asunto de orgullo que excluía tanto a Ernesto como al negro. «En fin, —la voz del narrador aterriza— esa noche le manyé otro alquiler y desde entonces hasta ahora felices fiestas».
Ernesto queda un momento en silencio, pesa después cada palabra. «A veces me gustaría vivir con una mina así, pero otras veces...» «Otras veces no, ¡nunca! Una mujer así es una morronga» —los tragos han estropeado el humor de Iván—.
«La mejor parte, —neutraliza Ernesto a Iván— el otro día quise cogerla por detrás, y resulta que tengo aquel portento rubio delante de mí, de espaldas, en cuatro patas, listo el misil para singarle el bollo pero mi mala testa focalizó en su orto y ahí me le encarné con el supositorio de carne. Entré a lamérselo, estaba limpio, claro, y está de más decir que tiene un orto apocalípticamente hermoso, ojo de cíclope al centro...» «Como todos los culos —digo yo, exasperado de tanto circunloquio analítico—. «Un colorcito pardo —no demasiado intenso y coqueteando con un rosa hemorroides degradado. Yo le pongo eso ahí y comienzo a hacer presión. ¿Qué creen que pasa?» «No tengo la menor idea» —dice Iván, compartiendo mi incertidumbre—. Apoteosis de Ernesto. «Pues la mina se me vira, es decir, sin abandonar su posición cuadrupedante, me manya, con esos bellísimos ojos azules y de remanye, me bate sin engrupirse: «¿Ah, que tú quieres Ernesto, cogerme el culo...?»»
Imposible de contener la carcajada ante la ausencia de regateo. Preliminares del sexo anal en las que el macho asegura a la hembra que su irrupción fálica no habrá de dolerle y ella riposta que sí, y él otra vez que no y ella otra vez que sí. Es posible una variante donde la simulación sea la carta principal y donde no se diga nada, para que ella no se histerice, o poetizando: «para que no se pierda la magia». Llevo años cogiendo culos y nunca me han preguntado algo así. Mi envidia por Ernesto llega a su máxima expresión. Pensar que una mujer pueda hacer una pregunta de este tipo, rompe todo el equilibrio del juego, o (a juzgar por la complacencia de Ernesto) crea uno nuevo. Se pierde esa intimísima paradoja en que ella disfruta siempre pedirte que lo hagas más suave (con esa inflexión de la voz que solo las mujeres saben dar), aún a sabiendas de que no lo vas a hacer más suave, sino que, al contrario, es posible que te arrojes con más fuerza sobre sus nalgas y con toda la ira de tu pelvis atornilles su esfínter a tu verga.
«¿Qué respondiste tú? —vuelve Iván al papel de agente precipitador para Ernesto—. ¿Y qué le iba a decir? Dije que sí. ¿Qué más podía responderle? Y entonces, ella me bate sólo esto: «Ah, bien». Retorna el coco a su postura original, baja algo más la cabeza, se queda como esperando y ahí mismo le clavo la pinga en el ojete. Espero haber llegado hasta el intestino grueso pero no me salió con mierda». «¿Y no chilló ni nada?» —le pregunto—. «En absoluto, movía el culo como una batidora» —afirma Ernesto—. Algo más suave que una risa le devolvimos. Ya estábamos cansados. No era que su imagen no tuviese gracia pero coger un culo agota, incluso al público. Ya faltaba sólo una hora para que pusieran el transporte.
Nos contamos algún que otro chiste, alternándonos el papel de oyente y cuentero, pero ya la madrugada no daba para más. Así pues, nos despedimos y yo empecé mi largo camino a casa. Lo hice pensando en nuestro retórico y ambiguo idioma pero pensando también en esa chica extranjera, la alemana de Ernesto, tan estupendamente literal como su idioma materno y una cogida de culo. Llegué a la casa y dormí un largo sueño, felizmente intranquilo.
5
Alta como la estatura de un padre se yergue la puerta. Se trata de uno de esos sueños recurrentes que vuelven y revuelven a la cabeza de los niños. Después los niños crecen pero algunos sueños permanecen en la memoria.
Gabriel tenía entonces esa edad que no rebasa la decena, el cabello surcado por una raya escrupulosa, pañoleta azul y blanca de pionero moncadista. Era noche, a juzgar por la oscuridad, pero él estaba aún de completo uniforme como recién acabado de salir de la escuela. Podía verse a sí mismo, por obra y gracia de la sintaxis onírica, junto al portal de su casa. Estaba parado allí, sobre la acera, y podía ver dentro del hogar, y muy a pesar de la opacidad del ladrillo, a toda su familia reunida. Comentaban el discurso de siempre de Quientusabes, una vez más retransmitido por ambos canales. Lo más natural era que tocase para que le abriesen y así hizo pero sin resultado. Ninguna de las personas que estaba dentro parecía escuchar. Tocó más fuerte. Que le abriesen: pedía, gritaba. Nada. Desesperado se volteó entonces y vio alrededor una oscuridad aún mayor. Una oscuridad que de algún modo cobraba vida. La vio avanzar sobre sí como cuando las luces se retiran de escena. La puerta, aislada en su hiriente luminosidad, quedaba como ese último reducto al que aferrarse. Cuando volvió a invocarla, con la voz de sus ojos, la puerta ya no estaba. No había puerta, no había pared ni ladrillos traslúcidos. Mucho menos familia. Mucho menos casa. Acababa de ser despedido de la armonía universal a la que por naturaleza y origen pertenecía. Entonces, un terror pánico se hizo dueño de su sangre. Esa sombra de sombras se erguía frente a él. Echó a correr sin más objetivo que escapar de aquello.
Corría y el paisaje cambiaba más veloz que sus piernas. Su huida no tenía sentido, pero tampoco alternativa. Las fuerzas comenzaron a ceder. Ya se acercaba la adversidad ineludible. Se inclinaba sobre él para atraparle y entonces despertó. Sobre la cama se encuentra inclinada una madre que intenta sonreír. Ha acudido a desterrar las secuelas de una presunta pesadilla. Pudo escuchar los gritos de su hijo en medio de la noche. Con la palma de la mano va secando el sudor en la frente de Gabriel. Detengamos nuestros ojos en los ojos que buscan a los ojos recién abiertos. Comprensión infinita de las madres. «Ya pasó. Duerme mi bebé, duerme que todavía no es de día».
Volvamos a esos ojos que arañaban la puerta y ahora escrutan el rostro materno. ¿Cómo explicar? Soñar no tiene cura ni profilaxis. Pudo no pasar nunca y sin embargo pasó. Al principio Dios era su padre y todo giraba en perfecta armonía. Gabriel conoce de lejos tal añoranza. Fundir el Todo y el Uno. Aquel que ha sido engendrado en semejante comunión no puede prescindir, aunque el retorno a tal estado se sepa imposible, de un por ciento inextinguible de inconformidad. No interesa cómo el nombre del Padre fue Saturno. Pudo no pasar nunca y sin embargo pasó. El amor devino odio, y la unión escisión; la gratitud rencor, y él, Gabriel, uno más entre tantos bebés del Padrastro de la Patria.
Sucedió uno de esos días, oscureciendo, en que Dios sabe qué se celebra pero algo se celebra y el Malecón es un bullicio de multitudes. Hay un turista que paga la bebida y su puta. Esta puta tiene dos primas. Tres primas y todas putas, que casualmente tienen una casa disponible. Dos técnicos (uno de ellos Gabriel, el otro Ernesto) que pueden entretener amablemente a las dos primas que el que lo paga todo no quiso consumir. Siempre existe un buen amigo del más allá que comparte su mesa con uno.
Gabriel eres tú, que besas a esta mujer a la que hace tres horas no conocías. Su boca es grande, su lengua afilada. Te succiona entre las piernas, aspiradora tropical algo rústica. Los incisivos resultan especialmente grandes. Para de hacerlo entonces y te mira. No se deja bajar el pantalón cuando lo intentas. Se sienta otra vez sobre tus piernas y cabalga tu miembro sin que sientas, sin que puedas sentir, su piel. Deben correr los dólares para que la lecha corra. El alcohol crea nuevas relaciones en la visión del espacio. Ernesto deja de besarse con la puta que le ha tocado. Sabes que ocurre lo mismo del otro lado, que estas sí no son ningunas aprendices y que han de continuar exprimiendo el sexo androide, como si se tratase de las ubres de una vaca, hasta que ya no puedan más y suelten el dinero que, ellas suponen, tienen. Propones un intercambio y Ernesto acepta. La que te toca ahora tiene mejores tetas.
Es una casa como la de tu infancia. La mente está muy lejos ahora y se aventura en analogías. Un cuadrado perfecto de cuatro metros. La puta ha dejado de menearse, aburrida. Barbacoa de cartón-tabla. Una cama cruje y no cesan los gemidos. La prima de estas dos sí va a salir contenta. Por lo menos pagada. Miras a Ernesto que, ni siquiera en estos momentos (en el sinsentido que le dicta su ebriedad) deja la porteñez y menos la portañuela a un lado. Un poco más de alcohol. Riendo lo invitas a reírse, pero él ya no puede más y su cuerpo cae, pesado, sobre el sofá. La mujer que todavía está sentada sobre tus piernas, parece impaciente. La de arriba experimenta o finge un infinito orgasmo. Esta mujer, que ya no agrede tu pelvis, tiene un olor francamente desagradable en la nuca, olor de perfume paupérrimo y barato. No puedes besarla de puro asco que sientes y por suerte se levanta. Arriba, los ruidos han cesado.
El otro no vuelve en sí. Ves que dialogan como en el fútbol. No intentas nada cuando salen un momento, «enseguida volvemos», y sabes que no van a hacerlo. Te sobresaltas. ¿Habrán ido a buscar al chulo? Pero al momento te calmas. Sólo han perdido un poco de tiempo con ustedes. Todavía queda más en la botella. Arriba reinician los ejercicios corporales. Una puerta se abre y aparece un raro sujeto que enciende una luz. No articula palabras sino señas. Un cabrón mudo, sí, un cabrón mudo. Te pregunta si ya lo hiciste. Parece querer expresar algo así como «Todo va bien», que te sientas como en casa. ¡Como en casa, Dios mío, como en casa! Se tiende en un rincón y duerme semejando un perrito, hasta que dejas de mirarlo. Ernesto levanta la cabeza. Debe estar buscando el sexo prometido, pero el alcohol lo derriba definitivamente antes de que pueda preguntarte algo y entonces vas al baño.
Es tu imagen la que está en el espejo del lavabo, es tu falo el que tu mano manipula, son tus dedos los que asumen la faena de extirpar el fluido. Placentera bonanza que el asco va suplantando y el asco es el deseo. Deseo desesperado de dormir lejos del mudo, lejos de Ernesto, tu lunfardesco compinche, y de los ruidos de arriba. Deseo duplicado de dormir lejos de ti mismo. Deseo que no contempla las putas estofadas y estafadas. Deseo de vomitar tanta bebida sin tragar y sobrante. Deseo de dormir definitivamente, a salvo de este mugriento cuarto de ciudadela como diría Ernesto o de solar como lo llamarías tú.
No se preocupó por cerrar la puerta. Apagó, eso sí, la luz y todo el paisaje sucumbió en las tinieblas. Descendió las escaleras. El licor propiciaba que alargase, más de lo debido, los trancos que salvaban el pavimento. Nadie le miraba. El callejón estaba, se puede decir, desierto. Un líquido viscoso casi le hace caer, pero logró evitarlo. Caminaba, sumergiendo los zapatos en los charcos, como Cristo apareciendo sobre el mar de Galilea. Pero lo único que él tenía para brindar a los hombres era esta voluntad de purificarse de la mierda omnipresente, era esta voluntad de purgarse de todos y de él mismo.
Los leones del Prado le saludaban, entonando alabanzas a su empeño de Supermán desvelado. Pero allí y justo allí, y hasta ese Malecón que liberaba la ciudad de las olas, comenzaba el reino de los Otros, de los hombres enemigos. Fue entonces que comprendió la génesis del ruido que atenazaba sus orejas. Avanzó hacia ellos e irrumpió entre sus filas. Al principio, algo desconcertados, no pudieron brindarle una defensa eficaz pero algo o alguien puso la kriptonita entre sus filas y el viraje, inevitable, se produjo. No podía enfrentar la simplicidad de semejante alegría, de tanta humanidad gozoza y entregada al placer con tanto fervor. Desde el estrado se organizaba la resistencia y las bajas causadas eran muy pronto reparadas sin dejar huella. Sólo él comenzaba a experimentar un cansancio infinito, un cansancio más profundo que toda tristeza. Sintió unos brazos que le asían y no le sentó mal ese contacto, beatíficamente reconciliador, sino al contrario. No pudo hacer otra cosa que empezar a sonreír, estallar en carcajadas mientras movía los brazos, la cabeza y el torso, en un delirio pleno. Volvía a ser Uno con y para el Todo.
La vista se quedó atrapada en las luces que se apagaban y encendían desde lo alto. No eran estrellas ni astros. Eran luces rojas, amarillas, azules, y de cualquier color posible en la mezcla aditiva. La música cesó de pronto pero todos lo ignoraban. Todos menos él, que dejó de moverse y esperó. Un ángel bajando desde la oscuridad del cielo. ¿Era eso lo que veía? Allí, en los cuatro puntos cardinales, luces blancas, como no las produce ningún reflector, confluían sobre él. El ángel tomó un violín del interior de la inmensa sábana que era toda su ropa, y comenzó a tocar una triste melodía.
Aquellos que, movidos por una fuerza misteriosa, habían hecho lugar para que aquel se posase, no podían oírlo, no podían verlo. No interrumpieron el movimiento frenético de sus cuerpos. Menos lo hicieron cuando la música del ángel dejó de suplantar la otra. Cuando aquel se hubo marchado y la música, motor y razón de aquellos cuerpos frenéticos, invadió sus oídos de nuevo, Gabriel se supo perdido.
Huir era difícil. Atravesar la barrera que imponía tanta multitud le dejó exhausto. Cuando llegó a su casa no tardó en otros quehaceres que lo demorasen en su deseo de llegar al baño de una vez. Tomó el jabón entre sus manos y comenzó a frotarlo sobre su cuerpo. El agua de la ducha, cayendo sobre él a presión, le iba arrancando parte a parte la piel humedecida. Siente que no hay dolor en anularse. Vendimia de pulcritud y redención. La poceta va anegándose de espuma, de breves, irreconocibles casi, fragmentos de un líquido púrpura. Las manos prosiguen su tarea. Ya pierde los ojos, ya pierde la boca. Se evapora la sonrisa en una pompa. Es roja la carne como los glóbulos, y es tributo que se pierde entre azulejos. Los huesos se desgajan entre tajos de jabón y el chorro es un incontenible manantial que ya no cesa. Desfile de agua, espuma, sangre que transita hacia el tragante, hacia la lengua y sus colmillos, hacia sus tripas que te abrazan como sólo lo hace un Padre.
6
El bueno de la película se decidió a declararle, de una vez y por todas, su buen amor a la muchacha. Ella lo escuchó, indudablemente triste por el hecho. Se lamentó de no poder amarle.
Además, su corazón, le aseguró, pertenecía por entero al villano. Adoraba su gratísima caricia y más que todo su mala, tan buena forma de tratarle. «No obstante —dijo— podemos ser amigos». Él vaciló en estrechar la mano que se alargaba en busca de la suya, pero al final accedió. Por lo menos era algo y tal vez con el tiempo... pero ni él mismo creía en semejante; en tan absurda, en tan apócrifa esperanza.
Como lógico resulta suponer, la muchacha y el villano fueron muy felices. Estaban hechos el uno para el otro. El bueno, por su parte, estuvo un tiempo analizando la falsedad del mundo. Todas sus conclusiones de aquella etapa rosado-excreta las cerraba una blasfemia. Posteriormente, sin embargo, decidió que todo podía seguir tal como estaba. A fin de cuentas el villano no era tan villano, además era su amigo. La muchacha no era tan imprescindible como supuso en un inicio. Le reprochaba ciertos rasgos del carácter que descubrió, molesto. «Nadie tiene derecho a decidir sobre la vida ajena» —reflexionó. Él no era tan bueno en realidad y tampoco era una película la trama que entonces se agotaba.
7
Cuando el insecto se despertó una mañana, después de un sueño intranquilo, se encontró sobre una cama que no era la suya, evidentemente convertido en un bello ejemplar humano. Hasta entonces el concepto cama había sido para él todo aquello sobre lo que pudiera tenderse, es decir, el universo entero.
Descansaba sobre su espalda, desprovista de alas, y al levantar un poco la cabeza (un largo cuello comunicaba su cabeza y el tronco), pudo observar ese triángulo que formaban sus tetillas y el ombligo. Para estupor suyo, sólo alcanzó a identificar cuatro patas en su cuerpo; estas, prácticamente irreconocibles, pero eso y no otra cosa debían ser aquellas extremidades que ahora observaba ante sus ojos.
«¿Qué me ha ocurrido?» —pensó.
No era un sueño. Aquella habitación, por cuyos inmensos espacios siempre se había desplazado, ahora le resultaba pequeña. Encima de la mesa se encontraban algunos libros en perfecto desorden. Junto a esos libros, el que siempre descansaba sobre esa cama donde él ahora estaba, pasaba la vigilia doblado como un disciplinante. Por cierto, ¿dónde estaría? Sobre la mesa colgaba aquel cuadro con un bonito marco dorado, que representaba a aquel hombre de pómulos estrechos, labios finos y pelo bifurcándose desde la cima del cráneo hasta las grandes orejas. La mirada del ex-insecto se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo lluvioso, que podía detectar aún sin sus antenas, le puso en extremo melancólico. «¿Qué pasaría —pensó— si durmiese un poco más y olvidase todos estos delirios?» Pero esto fue algo imposible, porque del otro lado de la puerta (que estaba justo a la cabecera de la cama), comenzaban a sentirse ruidos humanos. Fuera sueño o no (el sueño no dejaba de volver a su cabeza como la explicación más convincente), debía esconderse ahora antes de que lo descubrieran y todo terminase mal.
Entonces notó que la puerta se hallaba cerrada por dentro y lo entendió todo de una vez. Él y no otro era el humano que dormía y despertaba habitualmente donde él estaba ahora. Recordó haber caído al abismo que terminaba en esta superficie durante un paseo nocturno por las vigas y el polvo del techo. En este punto se oyeron unos discretos toques en la puerta y una voz: «Gregorio, hijo mío —dijo la voz de la madre del otro y esperó unos segundos antes de proseguir— ¿quieres que te traiga el desayuno a la cama?» Sintió un repentino dolor en la mandíbula. Emitió un sonido involuntario y ella pudo oír la respuesta que esperaba. Podía percibirse además otra voz algo más gruesa. Esa voz blasfemaba contra los jóvenes de ahora y elogiaba los valores de aquella rigurosa disciplina de antaño. Cuando la voz que a partir de ahora sería la de su madre dejó de contestar y desapareció, aquella otra voz, perteneciente al que a partir de ahora sería su padre, se esfumó del mismo modo. Gregorio sintió el sonido de los tacones alejándose y golpeando pesadamente el piso. Se levantó por fin, como quien obedece a un impulso interior, auxiliándose para esto de los codos. Supo que debía dejar la puerta entornada. Lo hizo y regresó donde las sábanas.
Cuando la madre introdujo a través de la abertura, primero su cabeza y el rostro sonriente, luego todo su cuerpo y la bandeja, Gregorio tenía, acostado sobre la cama, esa postura que ella y cualquier humano podrían identificar como paradigma de la tranquilidad.
Llevó a sus labios la taza, que sorbió ávidamente. Después, esos masticables que permitieron a Gregorio dar algo de ejercicio a su mandíbula. Ella no dejó de reprocharle algunos modales que nunca, dijo, le había enseñado. Pero esto no trascendió más y ella se limitó entonces a mover la cabeza en sentido horizontal, iluminándose su rostro por un gesto de infinita comprensión. Luego, ante lo que ella interpretó como el placer de Gregorio en deglutir (y no dejaba de serlo), sobrevino una glosa de sí misma como artista culinaria, mientras tomaba su mejilla por asalto y la apretaba con toda la presión de sus amantísimos dedos.
Gregorio quiso expresar su incomodidad pero de inmediato ya carecía de sentido. Ella lo había dejado de hacer, de súbito, tal y como había empezado a hacerlo, y recostada sobre la cabecera de la cama, lo miraba ahora con un aire meditabundo. «Tu padre está preocupadísimo por lo mucho que duermes —dijo entonces—. Según él ya estás muy crecidito y no deja de culparme por lo tanto que te mimo» —sonrió, antes de empezar a darle ánimos para que buscase un trabajo, a pesar de lo cómodo que hasta ahora les iba con el seguro de desempleo.
Volvió a sonreír antes de recordarle también que él era lo único que les quedaba desde que su hermana (que hubiera llegado a ser una brillante violinista de haber vivido más) había desaparecido prematuramente. En esta parte siempre los ojos se le aguaban, pero en seguida se reponía y dándole unas cariñosas palmadas en el muslo no tardaba en comenzar a reprocharle que no se acercase más a su padre. Aquel le necesitaba tanto como ella y, a pesar de su carácter, era un hombre muy noble. Ya estaba en la posición donde se dice que «no hay nada como la familia», cuando sonó el teléfono. La madre salió a responder y Gregorio quedó un rato solo.
Poco a poco fue adentrándose en el personaje que el destino le deparaba interpretar. Claro, no dejaba de haber momentos difíciles. El más traumático de todos fue reconocer como figura paterna a aquel humano entrado en libras y en años que regresó alrededor del mediodía de Dios sabe dónde y que durante tanto tiempo se había dedicado a perseguir las insensatas correrías de su pasado. Tuvo ganas de salir huyendo apenas lo vio, pero se contuvo y el viejo no reconoció sino a su hijo. La madre depositaba en este hombre, que ahora Gregorio tenía ante sí, la realización del “trabajo sucio”. Para el ex-insecto esto no era nada nuevo. Fuera de los padres de Gregorio no había nada qué temer. Respecto a su desaparecido tocayo, no le recordaba como alguien especialmente pernicioso ni insectofóbico. A la madre le asustaba el pretérito insospechable de este Gregorio, le provocaba un temor irracional como a casi todas las mujeres y a muchos más hombres de los que pudiera creerse. «Los insectos —decía— son los bichos más repulsivos que existen. Me dan tremendo asco. Suerte que tu padre tiene pasión y habilidad para matarlos, porque si no...» y era cierto. Gregorio le recordaba y no tardaría en verlo otra vez, obligando a la fuga a sus ¿semejantes? en el momento más impredecible. Esas “viles criaturas”, había escuchado el viejo por el noticiero, podrían sobrevivirle en caso de una eventual guerra atómica. Sin lugar a dudas se trataba de un verdugo. Procuraba un martirologio abundante y no dejaba de sentirse (ni de ser) todo un benefactor de la humanidad, contemplando, en cualquier lugar donde actuaba, aquella (obra suya) estela de dolor y renunciamiento. Era él y no otro el más terrible de los controles biológicos que actuaban sobre la especie, es decir, su ex-especie. Las incrustaciones, las colosales y demoledoras incrustaciones de que hacía partícipes involuntarios a los congéneres que Gregorio todavía alcanzaba a reconocer ocasionalmente, y con las cuales adornaba cualquier superficie, le hacían acreedor al rango de artista y a cualquier medalla también que al respecto hubiera podido crearse. Para Gregorio, la repulsa que tales hechos pudieran producirle fue diluyéndose en la inmunidad de su existencia cada vez menos ambivalente, cada vez más humana. Dentro de esta nueva vida un punto decisivo fue la lástima que fueron despertando en su alma las ternuras no correspondidas que aquel par de viejitos, adorables e insecticidas, no dejaban de propinarle. Él era para ellos el más genuino producto y razón de aquella unión antediluviana. ¿Por qué no corresponderles entonces un poco, al menos?
Una tarde fue llamado a la habitación paterna y se vio de pronto sirviendo de maniquí a un traje que el viejo utilizara durante sus bodas. Una vez que estuvo la corbata lo suficientemente bien estirada, los botones del saco correctamente abrochados y el pliegue del pantalón totalmente definido, el viejo retiró un poco su corpulenta anatomía, un poco más la cabeza y sin quitarle un solo momento la vista de encima, le dijo complacido: «eres mi vivo retrato». Le sonrió mientras sus manos buscaban los hombros de Gregorio, asiéndolos sin permitirle escapar para lanzarse, después de un breve instante de ceremonia, a un abrazo que despacio se avino entre los dos. Gregorio supo entonces que debía levantar los brazos hasta la espalda del otro y apretarle tan fuerte como sentía que aquel lo hacía. Era esto el “sentido común” y no otra cosa. Por la noche del primer día, los amigos lo llevaron por una ciudad que conocía de otro modo. Evadiendo los basureros (fuente de tantos recuerdos), su vista desvarió entre los senderos que dibujaba el neón en cada lumínico. Se apuró cuando el paso de los demás así lo indicaba, se hizo lento su paso cuando así lo hizo el de aquellos. No intentó para nada oponerse al eco que se apropiaba de su garganta. La recompensa bien podía ser lo grata que resultaba a los demás su compañía. Lo ayudaban a no tener complicaciones el ansia de estos por oírse a sí mismos y el retraimiento que siempre le habían atribuido (casualmente) al Gregorio que él actuaba.
Vio salir eufórico al primer compinche que entró y fue lo más normal del mundo que entrase él también. La mujer que le tocó en suerte se comportó de un modo profesional. No hizo preguntas, no habló casi y se limitó a activar sus resortes de animalidad inextinguidos. Hábilmente tuvo la iniciativa de tomar su paga mientras él reposaba su primer orgasmo humano. Cuando al palparse los bolsillos, vacíos al vaciarse, dejó ver su asombro y notó el estupor que con el mismo causaba, logró salir airoso trocándolo todo en broma. En la próxima (y siempre hay una próxima) fue ya su soberana voluntad quien alargó el justo precio del placer. El episodio fue en extremo revelador y de él sacaría Gregorio su convicción de que todas las mujeres con las cuales uno entra en relación desde que el glande nos sirve para algo más que orinar y hasta que ya no sirve para otra cosa que para entrenamiento de los alumnos de medicina vienen a ser compañeras de escena en un solo a dos voces que ejecutamos en cada encuentro, en cada desencuentro, en cada nueva variación sobre el mismo tema: un hombre, una mujer, una corriente subterránea. Los padres habían criado a Gregorio (tal era el pasado que había heredado, que ya sentía como suyo, y al que no pensaba renunciar), lo habían comprometido con su visión de las cosas, y siendo ya un producto de la misma, le tocaba a él representarlos ante los otros, alimentarlos y brindarles protección en su ya palpable ancianidad, pagando de esa forma los incontables sacrificios de su niñez, o la del otro. Por supuesto, yo sé que ustedes dirán: «no todo es tan sencillo, también está el amor», el amor que siente y destila Gregorio por las cenas de Navidad en familia, por el escritorio lleno de libros y por su lecho, que la madre siempre se ocupa de tender y que la luz del día ilumina invariablemente desde la ventana, sobre todo esta soleada mañana de verano, diferente de aquella que contempló su asombroso despertar. Es entonces que (¡oh, hado indescifrable de su existencia!) un despreciable insecto como el que anida, como el que sobrevive desde su alma todos los podamientos acaecidos, trepa por uno de los pilares de su blanquísima propiedad, desfila osadamente por ella y ante la vista de Gregorio.
Siente brotar dentro de sí la rabia de su corazón espejo y expulsa al intruso, barriéndole con la mano. Acto seguido y mientras la víctima intenta reponerse (todavía aturdida por el golpe recibido al caer), busca el instrumento de castigo imprescindible, la mortífera chancleta que desciende, una y otra vez, quebrando el espinazo, tronchando el amago de huida y una existencia indeseable. Una y otra vez, el arcángel de las huestes celestiales arroja al maligno que sucumbe. Erguido sobre sí mismo, valeroso e invicto, Gregorio es la imagen de la victoria. Frente a los despojos del caído, invoca legítima defensa: «¿Qué hacía en mi propiedad, quién lo invitó?» Es la primera vez que algo así ocurre y no será la última. Entonces la madre atraviesa los umbrales del recinto, bandeja en mano: «¿Qué pasa hijo, y ese ruido?» Gregorio abandona el arma ensangrentada. La bandeja lo aguarda en el borde de su lecho. Se sienta y pronuncia, lentamente, las palabras que explican: «Era sólo un insecto» y el vaso llega a sus labios.
8
Mucho no tuvo que buscar, la vio. Era la misma mujer cuyo rostro persistía en su memoria, la enigmática habitante del último de sus sueños.
Se hallaba a un costado del cine cuando él llegó y le pudo ver. Tenía una verde bufanda cubriendo su cuello y el vestido que llevaba era de una sola pieza. Un estampado de flores. Le habló como si siempre le hubiera conocido. Ella le respondió como si siempre le hubiese conocido. Tomaron algo juntos y él se quedó colgando de aquellos, sus ojos verdes. Le invitó a su casa. Ella no mostró oposición alguna.
Él dijo: «¿No te da miedo irte a la casa de un extraño?» Ella dijo: «¿Y a ti no te da miedo llevar a tu casa a una extraña?» Hay algo en los ojos de esta mujer que hace temblar. Tal vez sea una de estas adorables brujas que los inquisidores incineraban para mayor gloria de Dios y para satisfacer su mórbida curiosidad en la audiencia de las múltiples e innombrables herejías de la acusada. Una de esas brujas que esperan a los hombres en parajes imposibles y les roban el corazón para cocerlo en la suma de sus brebajes, y el pobre hombre, al regreso a la casa, no demora en caer abatido sobre la cama, y su mujer y sus hijos, y los vecinos a veces, intentan evitar que se consuma con cuidados y desvelos, sin saber que ya lo que era su corazón se abrasa en la misma olla fraternal con intestinos de gato y unos ojos de murciélago. Y ya no hay nada que hacer entonces, solo esperar la extremaunción y resignarnos a que abandone este “valle de lágrimas”.
Ella se acostó a su lado sobre la cama. Su cuerpo de cierva esperaba la irrupción de la flecha que el cazador demoraba en tirar. Tenía un nombre impronunciable que en algún dialecto del mundo quiere decir “Hija de la luna”. Él prefirió llamarla así, lunática aparición del invierno temprano. Agreste irrupción de primaveras demoradas con un fondo de peces curiosos asomando en la escotilla de su habitación. Submarino perdido en los océanos del tiempo. La Hija de la luna pertenecía a otro hombre, un hombre que de lejos manejaba los hilos de una lunática marioneta. Retablo donde un hombre acaricia los cachetes incendiarios de una mujer que no le pertenece. Una mujer que tampoco pertenece a la tierra y que pronto deberá volver a la luna. Un hombre a su lado que se asfixia en la escafandra, ante el vértigo de la magia que no se detiene en el andén; que exige sonrisas cuando la no posesión nos clava una lanceta en el bajo vientre y otra en el corazón, o en ese punto de las arterias donde ambos se comunican. Él la besó tímidamente, un beso casto y escrupuloso. Un beso exhaustivo después y otro desesperado. Besos que agarrados corren de las manos como niños inconscientes, como ángeles pervertidos. Ella le pidió entonces no hacer el amor, temiendo la penetración reglamentaria. El hombre respondió: «Estamos haciendo el amor». Entonces ella sonrió y abrió su cuerpo. Sus muslos como laderas hacia el abismo del paraíso. Cerró los ojos. Él naufragó entre el sudor y los gemidos de la Hija de la luna.
Él quiso tenerla desesperada, absurdamente. Él negó querer tenerla desesperada, absurdamente. Ella habló de volver a la casualidad. Invocó la teoría del caos y un elefante y una lámpara de noche y secretas conexiones. Él no era un budista ni un flagelante. Ella dijo que le llamaba. Él esperó, y no pudo esperar más en la agonía de las lunas enemigas, y apareció donde no debía a preguntar por la criatura cósmica de entrañas florecidas. Ella llamó y estableció un desencuentro. Él leyó su reverso y se adornó para encontrarse, otra vez, con la mujer de su vida. Él oyó mil razones de la mujer de su muerte que invalidaban su adicción. Hay argumentos que pueden dejarnos mudos, no inmutables. Y ella le dijo adiós alejándose, como una tristeza de cachetes incendiarios, custodiada por miles de vagones de humo.
9
Una hormiga que carga un pedazo de pan puede cambiar el mundo. El pan pudiera pertenecer al desayuno que le ha servido el joven, el amante, el aprendiz a su maestra, dama de veteranos orgasmos.
Ella descansa la mañana y comienza a despertar sus ojos y su cuerpo sobre este lecho que común resulta para los dos desde la luna creciente. Él ha querido sorprenderla con un gesto de cuidada cortesía, trayendo el desayuno a la cama. Ella le mira con total complacencia y algo de ternura mientras él mastica su pan con cariñitos y mayonesa. Han fornicado la noche anterior con una laboriosidad propia de himenópteros. Los ojos de ella se posan sobre la boca del joven, como anoche se posó aquella sobre su monte venéreo y un poco más abajo. Entonces lo ve. Un pedacito de pan queda flotando en el vacío que se extiende entre ambos. Entonces los ve. No es uno sino muchos. El joven está comiendo de una manera francamente descuidada mientras el pan, llevado a su minúscula expresión, demuestra una vez y otra vez la ley de gravedad. Se nubla su mirada enternecida. No es una sino muchas hormigas las que redistribuyen a pequeñísima escala los recursos alimentarios del planeta. Mientras les ve compartir su desayuno, sin haber sido invitadas, recuerda que en el Brasil existen unas hormigas llamadas tambochas, que pueden devorar un ser humano, y este conocimiento es un vértigo para su estómago. Una tupida red de reciclaje se extiende desde el borde de la cama —donde está sentado el descuidado e indiferente comensal y amante— hasta el hormiguero. El lugar se halla al final de la caravana, en la base de una pared donde cuelga un retrato muy querido. Su pensamiento se pierde dentro del marco donde un hombre con bigotes hace como que sonríe ante la amenaza. El joven le dirige a ella una mirada estúpidamente feliz. Ella sonríe como el hombre del retrato. Se muere de ganas de decirle que es un “puerco” pero no lo hace, no le gusta discutir. Antes de terminar el desayuno, ha decidido que es la última vez que compartirán el sexo y la comida. Esta certeza la excita particularmente. Una última vez el abrazo del joven toro y la elefanta adulta. Estertor de las hormigas bajo la piel.
Se despiden en la puerta con una sonrisa cómplice. Ella dice que le llama.
El teléfono es el padrastro del hombre moderno. Permite establecer, continuar y deshacer relaciones a distancia. El mundo es, de hecho, y cada vez más, un telemundo. El joven amante espera confiado la llamada inminente de la dama. El joven amante desespera porque el teléfono le brinda en el contestador la voz de todo el género humano, menos la de ella. Comienza a inventarse excusas con dígitos extraviados y todo tipo de accidentes. Ignora que la realidad suele ser mucho más simple y doblemente cruel en su simpleza. No quiere confesarse que el olvido es la más femenina de todas las virtudes. No puede más y llama. Una voz masculina es la voz del otro lado. El joven no contesta y cuelga. “Debo haber marcado mal”, piensa. Revisa el número y vuelve a marcar, esta vez más cuidadosamente. La misma voz, pero más molesta. El joven no sabe qué hacer. Decide verla y lo hace para su dolor. La ve acompañada por el nuevo amante; es decir, nuevo para él. Lo grave del caso no es la excusable decisión de ella —dejarle por otro— sino una serie de licencias que se toma el suplente en plena vía pública y que a él nunca se le hubieran permitido. El grado de intimidad de la actual pareja deviene un indicador sobre la imposibilidad de retomar el “aprendizaje” una vez que ella se canse del suplente. De hecho, parece poco probable que se canse. El joven sufre. Esta certeza le duele como varias. Desgajado violentamente de la “droga”, sigue siendo rehén en la adicción de su cuerpo. Ciego de ira, no sopesa la masa corporal de su adversario y avanza hacia la pareja-dolor de sus ojos. El descuido de tales consideraciones resulta fatal para el joven. Recibe una paliza muy poco edificante y una advertencia. Como no puede molestar más a la señora —ya que el hacerlo le acarrearía consecuencias aún más drásticas— decide estigmatizarla en los versos que comienza a escribir en sus horas libres. Es la venganza de la inmortalidad. Todo joven aquejado de mal de amores amenaza con devenir un Poeta. Para su suerte, el poeta incipiente conoce a alguien que puede publicar lo que él escriba, a cambio de “ciertos favores” de los que no hace falta hablar. Ambas partes cumplen su parte. La adolescente de trenza azul y espejuelos de gacela no puede hallar algo digno de sus entrañas entre los rústicos mocetones de la facultad. Entonces al prestigioso centro de estudios es invitado un ya no tan joven poeta que hace unos años escandalizase a todos con un libro donde mujeres elefantas copulaban con jóvenes toros. El libro en cuestión solo logró ser publicado gracias al apadrinamiento de un encumbrado y controvertido personaje del Olimpo editorial.
La adolescente de trenza azul y espejuelos de gacela tiene este libro, que ella define como “imprescindible para la poesía contemporánea del país”. Anhela que le sea dedicado por el autor. Además, sería feliz si éste escribiera un poema donde ella fuese una “elefanta en flor”. El día del recital es presentada a él por uno de los profesores del centro, en calidad de “una de nuestras jóvenes amantes de la buena poesía”. El autor es cortés y ella discreta. Sabe que no ha llegado todavía el momento de “florecer”. Luego de conseguir su dirección, se presenta donde el ya no tan joven poeta, ya no tan joven amante, con la excusa de “un libro por dedicar”. La excusa no hace falta.
El autor la invita a pasar y le ruega que abandone los formalismos. Luego de dedicarle el libro, la invita a tomar té y a conversar de literatura mientras degluten galleticas de crema y todo tipo de golosinas. “Dentro de un rato —dice el autor que debe inmortalizarla— vienen algunos amigos. No sé si quieras quedarte, pero ya estás invitada”. Ella no pone objeciones y cuando le está confesando que ella también escribe, aparecen los amigos y, por supuesto, las amigas. Entre los “mejores amigos” se encuentran varias botellas del más célebre licor y alguna que otra esperanza. La esperanza era verde y fumable. Casualmente, alguien se desviste y la joven de trenza azul y espejuelos de gacela lo interpreta como “un acto muy valiente”. El “acto valiente” no engendra ningún tipo de violencia represiva, e incluso el cómodo abstencionismo cede al contagio. El “siempre joven poeta” acaricia su trenza azul mientras declama el advenimiento de un mundo sin prejuicios ni tabúes.
La conoce durante una orgía a la que es invitada. No se puede decir que los hombres no le gusten, pero es innegable que las mujeres le gustan mucho más. Y más que todas las mujeres le gusta esta adolescente de trenza azul sin espejuelos de gacela. La bella mujer alta y delgada se ha quedado prisionera en la imagen de una gacela. Hay un hombre sobre su espalda, pero ella no deja de mirar cómo el poeta sodomiza a su visión predilecta. Ella no deja de mirar cómo este tierno animal cuadrúpedo brinda su boca para que un fauno invitado sea su líquido más blanco. El hombre que había en su espalda ahora mancilla sus senos con baba y cae junto a su pene, y es una “pena”.
Ella no deja de velar un solo instante por su deseo más urgente, secreto y querido. La luz agoniza y la “fiesta de la vida” deviene, en los cuerpos agotados, su reverso. Sólo ella está despierta frente a ella. Una gacela y otra no duermen. Está reclinada sobre un colchón y ve acercarse la silenciosa esbeltez de esta mujer que mira. Se sienta junto a ella y comienza a acariciarle su larga trenza azul. Toca los senos, toca los muslos, toca entre las piernas de su espejo. Sus labios son como inmensos telones de un teatro y un amor. Su sexo latiendo en equinoccio simula una orquídea de los trópicos. En la flor de su carne, un diamante se despereza.
Desde entonces están juntas, pero definitivamente la adolescente de trenza azul y espejuelos de gacela ama los penes compactos y surcados de venas. Quiere casarse y tener hijos. Se va entonces de su vida. Esta bella mujer alta y delgada se arrastra por los bares repletos de hombres que no le interesan.
El trago está en la mesa y ella, sola. Un hombre se acerca y la invita a copular sin más rodeos. Ella piensa que este tipo se merece un golpe que le inutilice los testículos de un modo irreversible. Se levanta sin responderle. Salen juntos.
Se quita la ropa y espera por él. El hombre se demora en el baño y cuando sale se sienta a su lado sobre la cama. Ella espera. Él aventura una caricia en la mejilla. Se besan. Él se levanta y regresa en seguida con unas medias negras. Le pide que se las ponga. Él comienza a regarle su baba por todo el cuerpo. De pronto se detiene y se queda sentado en el borde de la cama sin mirarla. Ella no le pregunta nada. Él entonces se vira hacia ella y le pide que lo amarre. Insiste. Ella es escrupulosa anudándolo a los barrotes. Se monta sobre él y se encaja la verga con furia. El hombre comienza a dar muestras de una creciente y definitoria excitación. Antes de que él pueda completar su ofrenda líquida, ella estira su brazo derecho hasta una almohada vecina de sus nalgas, la toma y sujetándola con las dos manos la hunde en la cara del hombre. Él no puede contener sus esfínteres y ella no alcanza a saber si es orine o esperma lo que invade entonces su vagina. Su poquito de mierda mancha también la sábana. Ella termina de venirse sobre él, acompañando su defunción, y solo entonces quita la almohada. Ve los ojos desorbitados. Va hasta el baño y se limpia. Nunca deja de hacerlo. Le parece que abandonar el cadáver así denota muy poca creatividad. Pasa por la cocina y encuentra lo que busca.
Entre los ojos del cadáver y los tegumentos que afloran en su cuello hay una boca desdibujando una mueca. Siente el impacto de la sangre caliente pero no piensa detenerse. Avanza el cuchillo hasta la región esternoclavicular y la cara anterior del tórax. Ella se deleita en dividir todos los músculos que brotan mientras la mano izquierda separa el colgajo de partes blandas. Siempre ha sido una perfeccionista. El cuchillo se sumerge hasta lo hondo. Allí están las costillas de donde Dios ha hecho nacer a la mujer y a las lesbianas, y el esqueleto de este hombre sacrificado por una. El objeto de disección se encuentra atado a la muerte por sus cuatro extremidades. Ella conoce el procedimiento por los libros. Al nivel de las costillas falsas el cuchillo pone al descubierto la parte superior de las aponeurosis que rodean los músculos de la pared abdominal anterior. En este punto se detiene y antes de entrar en la cavidad peritoneal siente ganas de fumar. Toma un cigarro con cuidado de no manchar con sangre la ropa. Lo prende; no tiene prisa alguna. Mejor extasiarse. Desde niña ha visto abrir los puercos para Navidad, pero nunca había ejecutado la operación. Ahora está abriendo a este hombre y no existe demasiada diferencia. No siente el más mínimo remordimiento; es culpa de él haber muerto. Él pidió ser amarrado por la mujer equivocada. No hay por qué tentar al demonio.
La mano izquierda eleva con fuerza el borde derecho de la herida cutánea. La punta del cuchillo, manejado con vocación, secciona el peritoneo parietal en la línea blanca, a una distancia aproximadamente igual del ombligo que del apéndice xifoides. Con un corte dirigido hacia el pubis penetra en la cavidad abdominal.
Por fin, las tripas. Un líquido se derrama por la abertura practicada y se incorpora al imperio de sangre que es el cuerpo desnudo de la asesina. Los dedos índice y medio de la mano izquierda, puesta en supinación completa, penetran de arriba a abajo en la herida. Quedando a ambos lados del lomo del cuchillo y dirigidos hacia el pubis, los dedos elevan la pared abdominal a cada lado de la línea blanca. La incisión cutánea prosigue hasta el pubis, desparramando en su recorrido los órganos del abdomen. Cuando llega a la zona de insalvable diferencia entre los sexos, sonríe tristemente. Castra a lo que queda de su amante y le fuerza a albergar en la boca lo perdido. Entonces va al baño otra vez y se limpia meticulosamente. En el taxi piensa en la adolescente de trenza azul y espejuelos de gacela y siente ganas de llorar como una niña.
La autopsia es un término que por su composición etimológica designa a la vez la operación de abrir un cadáver y el examen de sus tejidos, órganos y aparatos puestos a la vista por las operaciones practicadas. La autopsia es el estudio detallado de un ser muerto con el objeto de buscar en él y de reconocer, si es posible, las causas de la muerte. La primera de estas acepciones, el responsable directo del crimen tuvo la gentileza de incluirla dentro de la obra. Si exceptuamos la chapucería de las vísceras abdominales, podemos decir que fue un trabajo notable, y más tratándose de “un” autodidacta. La segunda de las acepciones le compete exclusivamente a los profesionales. La necrosis temprana del cerebro arroja luz sobre la verdadera causa de la muerte, disimulada detrás de tanto corte sin costura. Ese hombre de profundas entradas que vemos reclinado sobre el cadáver es el operador que se ocupa de analizar y culminar la disección empezada por la asesina. A estas alturas algunos datos apuntan al bello sexo. Además de las huellas de esperma recolectadas por los peritos en el lugar de los hechos, existen informaciones de testigos oculares que vieron salir al occiso del bar que frecuentaba en compañía de una bella mujer, alta y delgada.
El hombre de profundas entradas termina su trabajo y se encamina hacia su casa. Cuando llega se ducha y prepara la comida: espaguetis con carne. Es bueno cocinar para uno. No hay que esperar a estar en la mesa para comer ni estar pendiente de si al otro le gusta. Sólo hay un otro y es un bellísimo lebrel afgano de blanco pelaje. Durante la digestión es su costumbre sacarlo a dar un paseo, al parque, como siempre. Llegan y mientras “el mejor amigo” se entretiene con su poco de libertad, el hombre sentado sobre un banco alcanza a ver una hormiga subiendo tercamente la ladera del asiento. Se le ocurre que la vida de un hombre es tan frágil como la de una hormiga y siente vértigo. Entonces se entretiene en retirársela a ella y ser Dios, y tal vez cambia el mundo.
10
Aproximadamente cuatro veces al año Yuri se suicida. Amigos no faltan que le han propuesto acompañar cada espectáculo con la estación correspondiente de Vivaldi pero esto implicaría un compromiso con el calendario y los solsticios, y por ende, una total predecibilidad de estos sucesos, sin contar las molestias que conlleva supeditarse al correcto funcionamiento de un equipo de audio.
Yuri prefiere depender lo menos posible de todo lo que no sea su cuerpo para realizar las funciones que validan su existencia como suicida. Es decir, su deseo de no existir. De seguir tales consejos, Yuri no podría evitar (además de tener que obligarse a que la fecha justificara la estación seleccionada) que para los espectadores consuetudinarios de su obra, aquello viniese a ser una especie de himno. Un desastre, en fin, del factor sorpresa.
Podemos estar viendo la televisión o sentados en el inodoro cuando se nos obsequia con la noticia de un nuevo “suicidio”. Este tipo de obra no deja de enfrentarse a incomprensiones, la más notoria de las cuales parece ser la de sus progenitores para quienes no se trata sino de un atentado a la inversión que es todo hijo para un padre. Es imposible que seres tan pragmáticos comprendan este género de arte que se caracteriza por el agotamiento formal acelerado (de ahí el afán constante de Yuri por la originalidad) ante un público (especializado) que exige cada vez algo distinto a la anterior puesta. La obra de Yuri no es una farsa como muchos afirman, cegados por los conceptos tradicionales y arcaicos del arte. Se trata más bien de una espiral donde cada nueva actuación (performance) contiene a las anteriores, punto sobre el que volveremos en breve, después de narrar una de las últimas y más relevantes “veces” (este es el término preferido por Yuri). Se trata de un día como otro cualquiera. Yuri consume una dosis exagerada de fármacos (sus muñecas no han cicatrizado todavía del todo) y obsequia a una dama, renuente a sus requiebros, una esquela explicatoria y sentimentalmente comprometedora (deposita en esa destinataria la culpa de un algo que de todos modos ocurriría, ella es solo el pre-texto. Clara referencia a Werther) que incluye dentro de un libro que le regala, y que ella, con toda seguridad, demorará en abrir. Yuri es todo un artífice. Sabe que, como en las películas, ella sentirá remordimientos y no dejará de confesarse culpable frente a las cámaras. Esto lo hará feliz “dondequiera que esté”.
Satisfecho con la realización de la primera parte del plan (los fármacos ya se encuentran en un plácido viaje rumbo al sistema digestivo) se impone buscar un escenario para la muerte que todas las “veces” ha sido intentada de un modo sincero, y un espectador inocente. Es por eso que acude a la casa de un amigo que (créanlo o no) desconoce la ya pública vocación de Yuri. Pero (aquí interviene el azar) se divierte tanto con las ocurrencias de este que olvida la razón de su permanencia en el lugar (acusada referencia a Cyrano de Bergerac en su postrer parlamento). Prosigue en su olvido cuando el “testigo” lo invita a caminar por los alrededores y, en una cafetería a donde llegan, le paga una “deliciosa” infusión. Los eternos críticos de este tipo de arte han censurado la forma en que Yuri permitió que todo ocurriese en un lugar tan poco propicio para el goce estético. El desmayo que sobrevino al sumar el oscuro brebaje a su dosis latente así como la enérgica reacción popular y la llegada al hospital más cercano donde fue víctima de un lavado, así como la posterior circulación de la carta testamento, han propiciado una injusta atmósfera de descrédito e incomprensión. Pero lo que la mayoría de las personas (por suerte siempre existen seres con sensibilidad suficiente) ha ignorado, es ese punto sobre el que ahora volvemos, donde cada actuación contiene a las anteriores y prepara la próxima que, a su vez, funcionará como estas hasta alcanzar el Absoluto. Esta inequívoca confluencia con la dialéctica hegeliana así como la devoción por Heidegger y Schopenhauer ha coadyuvado a que Yuri se incorpore a la prestigiosa carrera de Filosofía, en lo que todos parecen concebir como una renuncia a sus búsquedas artísticas, pero yo adivino como un necesario proceso de argumentación teórica, una fecunda e imprescindible tregua.
11
Yo pensé envejecer en ese mismo cuarto, no está de más decirlo. Me gustaba imaginar una especie de futuro donde actuaríamos juntos esa antiquísima pareja de hombre y mujer, de macho y hembra, de abuelitos surcados por arrugas, arropados por una descendencia de vástagos felices y agradecidos.
Y es que una historia de amor nunca se inicia pensando en los finales o, mejor dicho, en el desamor. La promesa de un futuro perpetuo es la que nos impide reparar en sacrificios cuando intentamos volver a ese mítico Edén en el que nunca hemos estado.
Ese futuro perpetuo, que compartir valió la pena, es el que nos mantuvo ciegos ante tantísimas mierditas cotidianas cuando dejó de bastarnos para seguir siendo felices la remembranza del comienzo. Desamor. Nuestro común presente, para no hablar de aquel futuro, naufragará como un bote frente a un iceberg. Sucede que de un punto determinado ya no hay regreso. Sucede que no es raro golpearse la cara contra un muro. Pasa que a veces presupone un ajuste de cuentas. Ocurre que el que inicia las acciones suele alcanzar la victoria sobre el otro, y poco, por no decir nada, tiene que ver la piedad con este tipo de cirugía sentimental.
El enemigo no es otro que ese animal de tibio sexo con que comparte orgasmos desde hace tanto. Son el volumen de los días y las noches rebasadas lo que ha quedado como despojo de tanta presumible eternidad, futuro perpetuo, reloj de arena que ha callado la conjunción de anatomías. Han bastado unas horas para quebrar el cristal. Va pisando los fragmentos que tiende en su superficie la solitaria calle. Ya puede adivinar el portal iluminado, el bombillo que sobrevive de pedradas y avaricia. Viene a extirpar el cáncer de su vida. «Todavía está a tiempo» —ha dicho el hechicero. Debe limpiar su camino aquel que busca consejo, así como el hechicero ha limpiado sus pupilas. Ya le protegen las potencias convocadas. Ella tiró a matar y él no deja de sorprenderse. La mujer que dice amarlo anhela su ruina y ha invocado a los espíritus para vengarse.
Ahora, lo ve todo claro si sus ojos retroceden en el tiempo. Cada palabra, cada caricia muda el sentido. Nunca debió aceptar en desafío la sinceridad. «Las mujeres no perdonan» —reza el hechicero y tiene razón. La sangre de la víctima late entre los dardos. Y es que jugando a la verdad comenzó ella a mentir, herida en su narcisismo. O comenzó a mentir antes o nunca dejó de hacerlo, quién sabe. Y él no puede olvidar esta mentira, dardo en las entrañas, en la que cada caricia es una trampa. Su víscera, casi imberbe, no tolera ambivalencias. Toca a la puerta y un bombillo declina su torpe, precaria luz. Duda del enemigo al que ha venido a vencer. Todo el vigor de su defensa se agrieta ante los signos que teje, en su memoria, ese cuerpo que ha explorado su sexo adolescente, bautizando cada paraje. La mano que ya acciona los ruidos del cerrojo es la mano que ha sembrado tanto bien y su reverso en cada surco de su cuerpo. La otra sangre solo ha de hundirle y él pretende salvarse como esos animales que huyen de la tormenta. No quiere oír las mentiras que ella habrá de decirle pero quiere oírlas. Por eso está parado frente a la puerta que ya se abre. Necesita combustible para el momento supremo del rencor. Se abastece en la visión de unos bellísimos ojos que en silencio preguntan, aguardan. Ve la perversa lengua reclamando la suya. El enemigo decide tomar la iniciativa. Ella ha trocado el color de su pelo en bermejo, como él tantas veces se lo pidiera en vano. Y ha debido hacerlo justo ahora, aprovechando estos breves días de ausencia, estos breves y reveladores días. Ella ha olfateado en el aire el cadáver que hiede. Ella regala esta sorpresa capilar, que el amante agradece con una casi imperceptible sonrisa. El mensaje es evidente. «Mira —parece decir— las cosas que estoy dispuesta a hacer por ti. Es sólo el pelo pero puedo hacer más». Él escucha sin oír lo que dicen los labios. Mientras más amoroso va el discurso, más se asoma la brutal certidumbre de las babas que el Diablo tiende en cada segmento. Le seduce el patrimonio inusitado de tanta sensibilidad desbordada. Ella no puede saber hasta dónde él sabe y esta es su arma mayor. Ella no sabe que él escucha su conjuro secreto: «No te vayas, por favor. Debes quedarte hasta que te destruya completamente. No has de ser tú el que decida. Es un papel que sólo a mí me corresponde. Entrégateme como siempre y olvida tus dudas». Ella supone dudas, él sabe certezas.
Gira el húmedo centro gravitatorio en esta habitación poblada de fantasmas. Vértigo de los roles asumidos. Hada maligna que tiende un velo, amenazando clarividencias. ¿No sentirá igual ella en sus oídos esta canción de nostalgias que abofetea el rostro? ¿Será verdad la verdad? ¿Será posible perdonarla, empezar otra vez...? Pero el rosado angelito se evapora cuando ella regresa con el café que le han aconsejado no tomar, y los ojos se encuentran. Él prende un cigarrillo y en el humo se sumerge una mujer que comienza feroz a hurgar en sus pantalones. Cuando su cuerpo se dobla, cuando se lanza, voraz sirena, a humedecer con saliva lo que esconde la bragueta, es que el espíritu del odio se repone y contraataca. La cama dista de los cuerpos un metro o casi. Cien centímetros que repudian la cabeza pero que excitan la lujuria de un doncel incontinente. Rechazo de la cabeza que multiplica el fuego del cuerpo, de los cuerpos. Lo inflama este ejercicio de máscaras que ella ejecuta.
Deseo de ver hasta dónde ha de llegar este amor a quien ya no conocemos, a quien ya no reconocemos. Mujer ajena en quien todo nos asombra o nos resulta grotescamente comprensible. Extraña que visita nuestro cuerpo como si lo conociera. Mientras devora el miembro que se despereza, su mano se extiende, salvando el torso, en busca de la boca.
Quiere comprometernos. Nos tienta a simular con ella un amor que nada nos cuesta representar. La mordemos meticulosamente. Es esta nuestra mano, esa que al placer despierta y va hundiendo los dedos en el bermejo cabello, asiendo con fuerza, tirando de él con fuerza, mientras irrumpe el esperma en la garganta de la hembra.
Ella activa con destreza los resortes más íntimos e intransferibles, busca, reclama, posee. Como en un cuarto de espejos, la excitación proveniente de un cuerpo inflama al otro. La vagina se abraza al miembro que la recorre, enemigos que esperan terminar justo después del contrario. No logra saciarse. Los dedos se introducen en el esfínter y comienzan a dilatarlo, preparando la visita de una zona hasta ayer mismo vedada. Ella se esfuerza, se obliga a satisfacer todos sus reclamos y él lo sabe. Siente fluir el poder que ahora detenta. Retira el cuerpo que cabalga sobre la pelvis y volteándolo, le coloca a horcajadas. No habla. Ella dice algo pero él no la escucha. La mano busca saliva y humedece el agujero. El glande comienza a taladrar, a desbordar los pliegues mientras la mano secuestra, viniendo del cuerpo que atrás se agita y consume en contracciones, la vulva que viaja, anclada al falo, hacia un punto lejano y blanco pero asequible al horizonte.
Fijémonos bien en esta escena: ella echada al lado de su cuerpo, que yace bocarriba. La cabeza bermeja es un rostro hundido entre las sábanas. Se levanta unos centímetros y observa atentamente los labios de responder. La pregunta flota entre los dos como un gran miedo: «¿Te gustó?» Es una bomba especialmente sonora en el silencio casi absoluto de este cuarto. ¡Qué pregunta! ¿Cómo responderla? ¿Qué se supone que uno diga en estos casos? La respuesta no deja de ser verdadera. «Sí». Pero la frase no está completa: «Sí, claro que sí». La clave no es la respuesta sino la pregunta. Por sí misma, y por el tono en que ha sido pronunciada, establece las coordenadas de una total servidumbre. La cabeza vuelve a hundirse entre las sábanas, la boca dice algo así como: «Mi amor, cuánto te he extrañado». No puede ver la sonrisa de su enemigo, que ya ha vencido. Pero no, no es una sonrisa sino una mueca. Esa pregunta, antes, la hubiera hecho él únicamente. Otro cigarro y el humo que va a perderse allá, entre los vericuetos de un techo que no parece ya tan lejano, y exhibe en su territorio las babas insuperables que un Diablo embriagado obsequia.
Acaricia mecánicamente su pelo bermejo. Despojado de todo lo demás, sólo queda la rutina de un gesto, cada vez más absurdo. Después, vendrán los pormenores de la ruptura pero es más bello este final con dos cuerpos sobre una cama, el humo de un cigarro que evoca las alturas y un silencio como de otoño en el cementerio. Mejor dejémosle aquí, atravesando a la inversa y sin demasiado ruido, el portón de su utopía traicionada. Digámosle adiós como él le dice a esta mujer, a esta bellísima mujer, de pelo ahora bermejo, que alguna vez creyó imprescindible.
12
Me dijeron que podía usar los dedos y al hacerlo descubrí, después de un tiempo prudencial de uso, que una a una las falanges de ellos comenzaban a abandonarme, volando como arquípteros hasta la luz más próxima. Allí se quedaban sin que yo pudiese hacer mucho, incapaz de encontrar un porqué y mucho menos un principio de solución.
Me refiero a esas farolas que iluminan nuestra antediluviana ciudad. Si paso por alguna de ellas no consigo evitar que una inmensa nostalgia me domine. Así puedo pasarme un largo rato en la devota contemplación de mis fragmentos extirpados.
Aquellos a quienes debo la vida nunca me advirtieron de desperfectos que se pudieran achacar a la tecnología con la que fui concebido. Así anduve confiado por el mundo hasta que, pretendiendo hacer presión con uno de mis pulgares (no recuerdo de qué mano), le oí crujir discretamente y, al mirar en su dirección, contemplé estupefacto como rodaba por el suelo para empezar desde allí su lenta ascensión a las alturas iluminadas. Yo no podía saber que aquello era sólo el inicio.
No me inmuté (es fama que nunca me quedo mudo), y con el entusiasmo que, ya es sabido, caracteriza a la juventud, fui empleando y perdiendo como suplentes sucesivos, al resto de las falanges (lo cual ya ha sido referido) hasta que (un poco preocupado, creo que a la altura de la última por perder), pedí respetuosamente se analizase mi caso. Aquellos a quienes debo la vida dijeron comprender mi estado de ánimo e incluso, compartirlo. Yo no debía dejarme cegar porque en mi caso particular hubiese espacio para errores ni mostrar una dureza innecesaria al enfocar el asunto. ¿Acaso no era un padre el primero en desear lo mejor para un hijo? Este penoso incidente, que conste, no era una regla. ¿No tenía yo otros hermanos acaso? Después me explicarían que estaba científicamente demostrada la infuncionalidad de los dedos, y que incluso se les consideraba un rezago de nuestro parentesco con el mono a través de un antepasado común (un caso similar al de la coxis como vestigio de una antiquísima cola). Debo decir que siempre les he creído de corazón. Y sin embargo, esto no es lo peor...
Me dijeron también que podía usar estas manos, es cierto que me faltaban absolutamente todos los dedos, pero aun así... ¿Cuántas cosas no podía hacer con ellas? Mi vida transcurrió un tiempo sin accidentes de ningún tipo. Se puede decir que era feliz, se tenía en una gran consideración cualquier esfuerzo que realizase y siempre tuve palabras de aliento en los oídos. Los medios de difusión masiva del país se interesaron por mi caso, llevando ante millones de espectadores y radioescuchas los progresos que podía hacer en todas aquellas tareas que no requiriesen una gran precisión. Incluso, llegado el caso de aquellas, siempre existía alguien dispuesto a darme una mano, es decir, otra mano aparte de las mías, y yo, siempre lo asumí como lo que en efecto era: una forma de estimularme.
Ocurrió sin embargo, que durante uno de los eventos a los que fui invitado especialmente, y con motivo de ello, transmitido a toda la nación (sería el último de ellos por fuerza), se hizo presente una nueva calamidad. Era un juego de baseball y tocándome en suerte la recepción de la bola bateada por el equipo contrario, fui a unir las dos manos a tal efecto (téngase en cuenta mi ausencia de dedos) y la bola no sólo no se detuvo sino que se llevó consigo mis dos erosionadas manos en medio del estupor general, según se afirma. Yo perdí el conocimiento, así que no pregunten qué fue del espectáculo.
Me fue un poco más difícil entender esta vez, pero al final se impuso la cordura. A fin de cuentas en el mundo había personas que tenían menos que yo y el lamentable acontecimiento no dejaba de ser un accidente propenso de ocurrir en cualquier lugar y a cualquier persona. Los rumores maliciosos que achacaban mi desventura a desperfectos de la tecnología productora de bebés (de la cual yo era un ejemplar, y que me fueron referidos con viril indignación por aquellos a quienes debo la vida), no dejaban de ser sólo eso: rumores. ¿Acaso no era una hazaña que no hubiese perdido más, teniendo en cuenta las difíciles condiciones en que yo había sido creado? Para nadie era un secreto que en el año en que fui concebido existió una falta casi absoluta de materia prima. La empresa, sin embargo, no cerró en ningún momento. Además, ¿de qué podía quejarme si todo lo había tenido gratis? Debo decir que soy una persona que antepone el sentido común a todo. Siempre he sido así y no pienso cambiar. Y sin embargo, esto no es lo peor...
Me dijeron (bueno, esta vez ya no hizo falta que me lo dijeran) que podía usar mis brazos sin manos, mis huérfanas muñecas, y así lo hice. Hace unos cuantos días andaba enfrascado en mi paseo matinal. Siempre salgo a ver el mar por las mañanas, a respirar la brisa y llenarme los pulmones y hablar con quien pueda encontrarse en semejante disposición de ánimo. Había un círculo de personas discutiendo el artículo del periódico donde se explicaba mi caso y donde salen las respectivas entrevistas de aquellos a quienes debo la vida, mis hermanos y yo mismo.
Me acerqué con discreción, las manos ausentes dentro del bolsillo, y pude oír cómo un sujeto cuestionaba la veracidad de lo que estaba escrito. Llegaba incluso a mofarse de la tecnología empleada en mi caso y otros. Aquello fue demasiado para mí. Levanté mis dos brazos para golpearle y al dejarlos caer pesadamente sobre su cuerpo, sobrevino un crujido. Un vacío (incluso mi pretendida víctima se apartó) se hizo alrededor de mi cuerpo. Yo levanté los muñones, que esta vez adornaban unos codos que ya no lo eran más. Tragué en seco y no se me ocurrió gritar ni desmayarme. Me consolé y casi logro estampar una sonrisa sobre mi boca. Iba a decir, pero esto ya cualquiera lo sabe, que siempre hay algo que puede ser peor...
13
El hombre ha dicho a la mujer «te quiero» en todos los idiomas. El hombre no ha abierto la boca, pero ha mirado a la mujer largamente, con un nudo en la garganta.
Dentro de unos minutos pasará ella por los controles y el hombre se podrá desanudar el nudo de la glotis, mientras ella abra la bolsa de aire para vomitar posibles añoranzas. Después, el pájaro de metal desfilará hasta posarse en un lejano aeropuerto. Después, ella descubrirá que este hombre alfiler de las pupilas y la boca no tiene modo de ser ubicado en el álbum de las rutinas y los deberes. Cada cosa en su sitio: los trenes en el andén, las barcas en la orilla.
14
Le dije: «Cambiemos este nombre que nos anuncia en la feria, si es necesario, cada vez que hablemos. Esta etiqueta que nuestros padres nos colocaron con la certeza de una botella y un bouquet apropiado para aquellos que saben elegir.
Te llamaré de cualquier modo y así dejarás de ser rebelión y amargura en tu lengua de arena. Te libraré de esa, tu conexión involuntaria con la virgen más asombrosa de la historia.
Tal vez posible sea, de este modo, que cualquier significante, pongamos ventilador de mi mesa de noche, pueda dar con el significado que se evade. Pueda dar con eso que eres, tú para mí; moneda fenicia encontrada en la excavación estéril».
Respondió: «Tostadora reciclada, las locuras para mí ya van dejando de ser moda. Tengo un cuarto de siglo y el promedio de vida no es mucho más que tres. Tengo un cuarto de siglo y el mercado cada vez pide máquinas más jóvenes. El tiempo no es una arena congelada donde se besan los embudos del cristal. No deseo morirme sin ver las pirámides. Te juro que no tengo la culpa de que esto me importe. No soy eterna, tú tampoco. Tampoco las pirámides y el planeta que habitamos. Mucho menos este amor que dices tenerme. No quiero una vejez como una pasa sin cremas-antídoto y retorciéndome bajo el sol de los trópicos. No la quiero sin Egipto y sin voz. Te estoy salvando de echarte la culpa de esta isla con el mar en los cuatro puntos cardinales y en el cielo, donde vomito de tantas consignas-purgantes, y el paisaje es una ruleta donde no se juega nada, donde sabes que todos los días han de ser iguales en el mismo molesto punto, sin que un hada o un hado millonarios te toquen con su varita mágica. Saber que este país no va a cambiar o ya cambió, y no importa, porque de todos modos no hay lugar cuando retiran los cristales del invernadero y las plantas no soportan el clima, pero tampoco los cristales. Saber que solo una vez se vive y que vale la pena probar suerte, aunque solo sea una cabrona vez en ese gran casino que llamamos “afuera”, solo los que seguimos “adentro”».
Dije: «Muñeca de biscuit con pestañas de cielo, ten al menos la conciencia de que millones de personas fracasan y de que muchos de ellos preferirían vivir fuera de las apuestas. Por lo menos…».
Ella no me dejó terminar: «No te lo niego, reloj de sol en eclipse, la diferencia está entre ser un ganador o un perdedor. Tú solo quieres ver a los segundos. Yo prefiero mirar a los primeros. Entre tu historia y la mía, prefiero la mía».
Dije: «Llanto de mis costillas, ¿piensas acaso que la felicidad sea aquello que solo en caso de triunfar adquirirás?».
Respondió: «No sé, analgésico querido en dosis insuficiente, perdón, cachorro mío. La felicidad, si existe, es la satisfacción de una falta hasta saturarse y tornarse infelicidad. Por eso, solo son felices en el mundo quienes se conforman con la mierda que tienen o encuentran un milagro hasta en el acto de respirar.
Por eso todos los restantes habitantes del mundo están mal donde “son” o donde “estoy”. Por eso, quienes disfrutan de la privacidad se quejan de la incomunicación. Por eso, quienes sufren la mirada constante e ineludible del otro, desean la soledad. Por eso, quienes padecen corruptos gobiernos civiles anhelan dictaduras. Por eso, quienes gozan de gobiernos “honestos” e intolerantes a la vez, ansían la corrupción de las urnas. Por eso, los aristócratas sueñan con violar las “buenas maneras” y los plebeyos las imitan. Por eso, yo prefiero las pirámides, con perdón del paraíso y de ti, pañuelo mío».
María se estaba yendo de mí. El viento hacía remolinos con la arena y mi silencio.