DEDICATORIA A LA OSA MAYOR
A Calisto, transformada
en osa, y que el nombre dio
a ese cielo que habitó
como una nube estrellada.
A esta ninfa delicada
que fue una vez compañía,
que llenó mi alma vacía
de ternura y de calor;
agradeciendo su amor,
esta dosis de poesía.
PRÓLOGO
La poesía de Adrián Valdés Montalván sorprende, ante todo, por su notable versatilidad temática y formal, que le permite moverse con naturalidad entre registros muy distintos sin perder coherencia estética ni intensidad expresiva. Su obra abarca desde líricos relatos de hechos históricos —como en Guadalete, 711 A.D. o Ecos de Constantinopla, 1453 A.D., donde la reconstrucción del pasado adquiere un tono casi épico y reflexivo— hasta la relectura de episodios bíblicos, tratados con una voz personal e introspectiva —en poemas como Monólogo de Jonás o La primera piedra, donde lo sagrado se humaniza y se convierte en espejo de conflictos contemporáneos—.
A esta dimensión histórica y simbólica se suma una línea profundamente existencial, marcada por el dolor y la desolación ante la patria lejana y herida, como ocurre en Cuba vadis, —donde la nostalgia no es solo geográfica sino también emocional—. En otros textos, el foco se desplaza hacia una intimidad más desnuda: la separación familiar en Lejos o la pérdida amorosa en Soneto a la Osa Mayor, donde el lenguaje poético se vuelve vehículo de una melancolía contenida, a veces limitada con rigor clásico y otras veces desbordada en imágenes de gran carga afectiva.
Valdés Montalván demuestra además una gran libertad métrica, alternando versos libres y formas rimadas con una naturalidad que refuerza el carácter expresivo del poema. Esta flexibilidad formal no es arbitraria, sino funcional: le permite ajustar el ritmo al estado emocional del texto, generando una empatía inmediata con el lector. En este sentido, su insistente exploración del amor perdido —particularmente visible en poemas como Dados— remite inevitablemente a ciertas resonancias becquerianas, tanto por la musicalidad como por la idea del amor como ausencia persistente.
En Al día sexto, por ejemplo, se percibe una voz que suplica compañía como necesidad ontológica, como si la existencia solo pudiera completarse en el otro. Del mismo modo, poemas como Padre ofrecen un lamento descarnado por la ausencia en el ámbito familiar, donde la culpa y el dolor se entrelazan sin posibilidad de redención fácil, configurando uno de los núcleos emocionales más intensos de esta obra.
No menos relevante es la presencia constante del erotismo, que atraviesa su poesía de manera diversa: en ocasiones explícito, en otras apenas sugerido, pero siempre integrado en la experiencia vital del sujeto lírico, como una fuerza que dialoga con la pérdida, el deseo y la memoria.
Mención aparte merece Noche del Día de los Inocentes, un ejercicio de ingenio y síntesis extrema en apenas tres palabras. Esta pieza, por su radical economía expresiva, podría considerarse un microtexto poético singular, genial sarcasmo trigramático que lo convierten, me atrevería a afirmar, en el poema más corto que se conozca, homologándose con el cuento Dinosaurio de Augusto Monterroso.
En conjunto, la poesía de Adrián Valdés Montalván se presenta como un territorio heterogéneo pero coherente, donde conviven la memoria histórica, la reflexión espiritual, el dolor íntimo y la exploración del deseo. Su lectura constituye, sin duda, un deleite para los amantes del género.
M.P.
ÍNDICE
Soneto a la osa mayor
La urgencia de una frontera
En el circo
Lejos
La felicidad es un animal salvaje
El fruto prohibido
Uno casi
Luna de enigma lunera
Deseo de ti
El país de las grúas siniestras
Simpleza épica
Romance a Lorca
Décimas a Martí
Epitafio para Panfilo
Solicitud de Silvio Rodríguez al Ministerio
Razones del unicornio
De flotar viene flotilla
Para qué
Noche del dia de los inocentes
Abraham y el ángel
Al día sexto
Caín y Abel
Contempló la mujer de Lot la lejanía
David y Goliat
David y Natán
El banquete de Herodes
La escalera de Jacob
La primera piedra
La puerta de los dioses
La zarza ardiente
Monólogo de Jonás
Sagrado y profano
Sodoma y Gomorra
Veintiún las semillas
Dados
Canción de cuna para un presidente
Padre
Guadalete, 711 A.D.
Ecos de Constantinopla 1453 A.D.
El bosque de Târgoviște, 1462 A.D.
Lepanto, 1571 A.D.
¿Sabes?
Cuba vadis
Marcas
SONETO A LA OSA MAYOR
Tu amor me lo quitaste, así, muy de a poquito
rebajando la dosis porque no me doliera,
o me doliera menos o incluso no supiera
como se iba apagando este idilio bonito.
Veo tu amor inerte, escucho tus razones
como el preso al que leen su aburrido prontuario.
Sé que no vale hablar, sé que ya no es necesario,
me trago mi dolor, reina de corazones.
Siento tu amor perderse y no es que no me duela
pero algo habré aprendido, no solo astronomía.
Recordaré por siempre tu beso, osezna mía,
escríbote un poema, la sangre se me hiela;
para un amor tan cierto falacia es el olvido.
Deseo que aún te quieran como yo te he querido.
LA URGENCIA DE UNA FRONTERA
Por despedirme del año
y que se vaya sin penas
esbozo este verso apenas
para sopesar el daño
y el beneficio, el peldaño
donde queda lo olvidado,
preterido, excomulgado,
caduco, o como gustéis;
he de darle al veintiséis
lo mejor que haya salvado.
No es poco lo que he logrado
ni menos lo que he perdido:
algún amigo querido,
más de un afecto quebrado;
pero también he gozado
los pequeños regocijos
de la amistad, los prolijos
recovecos de la suerte,
y aquel amor nunca inerte:
la sonrisa de mis hijos.
Hurgando en los entresijos
que depara el porvenir
no encuentro ya qué decir
ni doy valor a acertijos.
De mirar sus ojos fijos
el sol cegarnos pudiera,
reniego a toda bandera
que niegue voz a la vida,
encuentro en la despedida
la urgencia de una frontera.
EN EL CIRCO
En el circo de la vida
por momentos fui payaso,
domador, león acaso,
trapecista, y compartida
fue mi suerte en la partida
con el mago y el conejo.
A veces quedé perplejo
del aplauso inesperado;
las veces que fui abucheado
me curtieron el pellejo.
Encaminándome a viejo,
con don de retrospectiva,
economizo saliva,
alquílome un catalejo.
Poco espero y no me dejo
seducir por la escondida
dimensión, ni la dormida
añoranza de saudades.
Consejo de mis edades:
vive tu vida y olvida.
LEJOS
¿Qué puede haber más triste que no ver crecer tus hijos,
sufrir la vil distancia, pedirle a Dios por ellos;
confiar en que los cuide, recordar en sus cabellos
la caricia de tus manos, responder acertijos
del tiempo y de la ausencia, de los días
y las noches que pasan y hacen años
que han de volver tus criaturas dos extraños
sin dejar de ser tu alma? Eso confías.
¿Cómo es que puede tenerse
el corazón extirpado
y aún así seguir vivo
tan cruelmente mutilado?
¿A qué puede parecerse
este vivir sin motivo?
Tan lejos.
LA FELICIDAD ES UN ANIMAL SALVAJE
Eso que unos llaman la felicidad
de mucho buscarle tal vez no aparezca,
o incluso se extinga cuando más parezca
negar la sentencia de su cortedad.
Habrá quien le encuentre entre lo cotidiano
cual remanso suave que reparo ofrezca
a la obsesión cruel, desmedida y grotesca
de invocarle a voces, torpemente en vano.
Eco trashumante, promesa en el viento,
serendipia hallada en extraño paraje,
paradoja absurda que a nada se iguala.
Si a tu lado llega, un día, de momento,
no intentes guardarle si en tu pecho instala
su nido escondido de animal salvaje.
EL FRUTO PROHIBIDO
Comprendieron entonces que estaban desnudos
ya habiendo comido de aquel fruto prohibido;
no fue más el Edén el recinto dormido,
no pudiendo expresarlo, quedábanse mudos.
Nació la vergüenza como un urgente velo,
cosieron sus hojas a ese miedo adherido,
y aquel bien, ese mal (tan de golpe aprendido)
cebóse en sus cuerpos de animales en celo.
La luz que buscaban inició la caída,
fue perder el saber la pureza primera
y aquel gozo innombrado que el alma tenía
extravióse en conceptos de noche y de día.
Desde entonces el hombre más sueña y espera,
buscando de vuelta su inocencia perdida.
UNO CASI
Uno llega casi a olvidarse
de lo solo que está
y podría vivirse así
sin que eso sea
bueno o malo,
solo
la vida
y, sin embargo,
en medio
de una conversación
sin previo aviso,
la caricia de unos ojos,
la justa
palabra de una voz,
la complacencia
inesperada
de una cierta y repentina
complicidad
te arrancan de esa,
tu realidad asumida
y terminas escribiendo
un poema
sin ton ni son,
desde el abismo
de ese túnel hacia un mundo
de pasiones incomodas
en el cual
ya no habitas.
LUNA DE ENIGMA LUNERA
Orquídea como de luz,
en tus pétalos de fuego
recuerdo haberme perdido,
olvido haberme encontrado
en tan delicioso juego
de verme a tu sexo uncido
y desatado.
Reinventándome en tu vientre, me descubro,
desfallezco quizá entre el gemido y el ruego
de tu voz que se entrevera en mi latido,
luna hermana de este enigma mi quimera
búscote, urgencia empecinada de un ciego;
pálpote, encuentro mi sueño adormecido
que esperaba y tal vez aún me espera.
Muero, y renazco en tu orilla;
encuentro en ella sosiego
y en un mañana escindido
entre el hoy y aquel ayer,
palabras escribo y dejo,
como al azar, en tu nido
para en tu vuelo nacer.
DESEO DE TI
Deseo
que en mis venas se despierta,
cedo a su impronta y despliego
mi sed de abrazo fundido
en la arena de tus muslos;
alquimizando el trasiego
entre el sueño y lo vivido
me descubro.
EL PAÍS DE LAS GRÚAS SINIESTRAS
(Al pueblo de Irán, con admiración.)
De las siniestras grúas
que ha erigido el poder
para hacerse temer
en el país del sol
y del león
cuelgan los cuerpos.
Cuerpos,
vidas segadas
de aquellos
que se oponen
a la distopía islamista,
de aquellos, los valientes
que se atreven
a oponerse.
No son pocos,
los que han pagado
y pagan
tan alto precio,
no es que falte coraje
pero es esa
ciertamente
una pelea
muy desigual.
No se enfrentan solamente
a la fuerza de las armas,
la vileza de los clérigos
o la superstición de las masas.
No se enfrentan tan solo
a la mezquindad interesada
de la geopolítica.
Tienen también
frente a ellos
la culpable complicidad
de esa izquierda residual
que repite y amplifica
la voz de sus verdugos.
Vergüenza de ustedes.
Me pregunto cuánto más
podrán aún traicionar
vuestros supuestos ideales.
En el país
de las grúas siniestras
se tienen escasamente
las opciones
de escapar,
ser cómplice
o pender
al final de ese brazo
extendido
de la muerte.
Quiero,
necesito creer
que la vida triunfará.
SIMPLEZA ÉPICA
Un calzoncillo han tomado
los Basij de prisionero,
aquel que lo vio primero
con orgullo lo ha mostrado.
La victoria han declarado
sobre el monstruo imperialista,
no habrá más quien se resista
a tales héroes de Irán,
con orgullo mostrarán
a sus nietos la “conquista”.
Quizás salgan en revista
o hasta en la televisión,
tanto coraje y tesón
es obvio y salta a la vista.
Si algún marine se enlista
para la siguiente guerra
que recuerde que en la tierra
del persa harán epopeyas
de un calzoncillo de estrellas
con tal simpleza que aterra.
ROMANCE A LORCA
Con tristeza es que te escribo,
poeta de verde luna,
rememorando tu muerte
con estos versos de espuma.
Si no te hubieran matado
los azules con premura,
ya te mataran los otros
arguyendo en su locura
cualquier motivo siniestro:
tu hedonismo o tu alta cuna,
tu falta de compromiso
o no importa cuál tontuna.
Lo que está claro, poeta,
es que por mala fortuna
naciste en un tiempo adverso
de fusiles y amargura;
que estaba escrita tu muerte
con la sentencia más dura,
pues ganase quien ganase
no ganara la cordura;
y en algún gris paredón
o alguna agreste espesura,
tu suerte estaba cantada
por una bala que busca
cercenar de tu garganta
las palabras de ternura
que salieran de tu boca
con aquella urgencia pura
de hacerle el amor al verso;
la diosa literatura
no es suficiente amuleto
para aquel que no figura
en el libro de una era
cruel, brutal, simplista, ruda,
donde lo negro y lo blanco
son ilusión que perdura
de que se es esto o aquello
sin matices o fisura.
Tu muerte ya estaba escrita,
poeta de verde luna.
Demasiado indefinido
para una época tan dura.
DÉCIMAS A MARTÍ
Porque maestro te llaman
y apostol incluso algunos,
de revelarse oportunos
los textos a que te hermanan
por invocarte se ufanan
demostrándose en tu nombre
lo que quieran sin que asombre
tan sedienta idolatría
por buscar de un muerto guía
olvidándose del hombre.
De lo que fue tu sonrisa
solo una foto ha quedado;
reinventariando el pasado
olvidamos tu camisa
estrujada, y con la prisa
por presentarla planchada,
impoluta, almidonada
a imaginarla aprendimos
cuando en santo convertimos
tu osamenta embalsamada.
En el siglo de un instante
quizás tu adios fue un suicidio
escapando del presidio
y su grillete quemante,
tal vez la gesta fundante
necesitara tu muerte
y preferiste la suerte
de ser solo esa promesa
incompleta, que no cesa,
flor que en marmol se convierte.
EPITAFIO PARA PANFILO
Cuando la prensa callaba
y todos eramos eco,
de aquel discurso tan hueco
que la verdad disfrazaba
hubo un borracho que estaba
tan harto hasta los cojones
de tantas infatuaciones
que decidió pedir “jama”
y aquel borracho se llama
Panfilo, mil bendiciones.
Digo te llamas, perdones,
porque me avisan que has muerto,
ya tu alma se fue a buen puerto
donde tendrá otras opciones
de jamar, más que raciones
de esa soya y pollo viejo.
Tu “imprudencia” fue el reflejo
de lo que la boca calla
hasta que de pronto estalla
y aquí, mi negro, lo dejo.
De tu muerte no me quejo
ni tú te quejas tampoco
supongo estaba ya loco
por pirarte de ese espejo
del hambre, y del vil consejo
que no faltó de callarte.
Las gracias quisiera darte,
Panfilo, hablaste por todos;
sigue y habla por los codos,
jama no habrá de faltarte.
SOLICITUD DE SILVIO RODRÍGUEZ AL MINISTERIO
Un aka eme de nube
pide Silvio al Ministerio:
«compañeros, que hablo en serio,
que un unicornio ya tuve,
aquel me dejó en querube
con un tarro en plena calva,
de esa infamia no me salva
la carabina de Ambrosio.
Prometo matar al ocio
con ráfagas a mansalva.
No quiero azul, quiero malva
—le dice al que toma nota
de qué color, y aun anota,
mientras se peina la calva—:
Con ese fusil al alba
he de hacer guardia en el Morro
con un quinqué por ahorro
cuando aquella luz apaguen
y por favor no se caguen
como aquella del Cotorro».
RAZONES DEL UNICORNIO
Cianótico y con premura
un unicornio escapaba,
dejó el pasto donde estaba
masticando su verdura;
libróse de un caradura
que aún ofrece recompensa
por cualquier dato, se piensa
que por delirio obsesivo
de atraparle, muerto o vivo,
dice el anuncio en la prensa.
Con fijación hipertensa
todo el dinero ha empeñado
aquel que canta, embriagado
de necedad más que inmensa;
siendo la ocasión propensa
una aka eme ha adquirido,
y el “único” ha comprendido
viéndose ya cual tasajo
mejor mandar pal carajo
a artista tan pervertido.
Aquel cantor compungido
por el súbito abandono
del caballo, con encono
más triste verbo dolido,
canta al desaparecido
le pide vuelva a la casa;
al cuernoañil no le pasa
por la cabeza la idea,
responde: «que ni se crea
¿qué pinga al calvo le pasa?»
DE FLOTAR VIENE FLOTILLA
Para contarle al cubano
que hermosa vida es la suya
llega un combo armando bulla
desde un mundo muy lejano.
Llega el que tilda de vano
e injusto al capitalismo
mientras que vive del mismo
aunque allá en su imaginario
se perciba un solidario
apóstol del altruismo,
llega el que habla del marxismo,
de ensayos postcoloniales
y otros internacionales
amantes del espejismo;
artistas de gran cinismo,
ilusos cantamañanas
pisan las calles cubanas
con su ruido y postureo,
desde el hotel nada es feo
hermosas son sus persianas.
Traen sus miserias humanas,
su infinito narcisismo,
ensalzan al comunismo
croando como las ranas,
pacotilla, ayudas vanas
que poco o nada se notan,
regalan lo que no botan
cuando llegan a la orilla.
De flotar viene flotilla
y hay muchas cosas que flotan.
PARA QUÉ
Cuando digo que te quiero
me preguntas para qué;
eres muy astuta, lo sé,
y en responderte me esmero.
No sé qué estará primero,
mi bien mayor, pero digo
que olvidarte no consigo
ni lo pretendo tampoco;
no quieras volverme loco,
ni me excuso ni desdigo.
Que hace mucho que persigo,
yo tu huella no es noticia,
atribúyelo a estulticia
o a este anhelo que bendigo
de volver a estar contigo,
de amarnos como bien sé
que tú recuerdas que fue,
con cuerpo y alma, sin freno,
amor grande, amor del bueno,
y aún preguntas para qué.
NOCHE DEL DIA DE INOCENTES
Te he olvidado.
ABRAHAM Y EL ÁNGEL
«Ahora sé
que temes a Dios
—dijo el ángel—
ofrece aquel carnero
en su lugar,
y recuerda:
si Dios te pide
que sacrifiques a tu hijo,
ese no es Dios».
AL DÍA SEXTO
Vio Dios, al día sexto, que al mundo faltaba
un ser que le habitase y a su semejanza
lo creó de arcilla, moldeó su esperanza
del maleable barro que a sus pies se hallaba.
Cuando ya terminada vio su anatomía
insuflóle el aliento, tuvo el hombre vida;
y vio Dios que era bueno al contemplar reunida
en aquella criatura lo que pretendía.
Mas vio Dios que aquel hombre estar solo no amaba
si aún mal ignoraba lo solo que estaba;
abrióle su costado mientras lo dormía
sobre lecho de tierra. En su sueño más pleno
hizo Dios complemento, hizo Dios compañía;
despertóse el hombre, vio que aquello era bueno.
CAÍN Y ABEL
«La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra»,
—dijo Dios a Caín después de haberle preguntado—;
no hubo respuesta fiel tampoco un gesto avergonzado,
solo el peso de ese crimen que al culpable destierra.
La envidia alzó su mano, se auxilió de una quijada
que destrozó el cráneo a Abel y cruel cegó su vida.
El campo fue testigo de esa infamia, de esa herida,
de aquel grito de horror sobre la tierra mancillada.
CONTEMPLÓ LA MUJER DE LOT LA LEJANÍA
Contempló la mujer de Lot la lejanía
(su casa dejó atrás, su hogar, toda su vida)
y al instante de hacerlo, viose convertida
en estatua de sal, inanimada y fría.
Contempló la mujer de Lot aquel recuerdo
que aún clamaba su rescate entre las llamas.
Fue poco lo que vio, su cuerpo como escamas
de salitre tornóse, y como piedra, lerdo.
Contempló la mujer de Lot aquel pasado
como aquel que sucumbe a suicida apetencia
no acertó a decidir lo que más le importaba:
si salvarse o llorar, ignorando la urgencia;
se detuvo y volvió su cabeza en el vado
por mirar otra vez lo que atrás ya dejaba.
DAVID Y GOLIAT
Cinco piedras lisas lleva
el muchacho que llegó
con una honda en su mano
y el valor que Dios le dio
a pedir que le dejasen
ripostar, Saúl sonrió.
«¿Cómo podrás enfrentarle?»
El muchacho replicó:
«He vencido al león y al oso,
pues siempre Dios me salvó».
Cuarenta días y noches
el gigante desafió
al rey Saúl y sus hombres,
nadie coraje encontró.
Al otro lado del valle
el pastor se encaminó;
no lleva más armadura
que esa honda que aportó,
un cayado en la otra mano.
«Voy bien ligero», sonrió
pensando quizá en su madre
o en la oveja que dejó.
Llega al fin, ya se detiene,
su camino terminó;
entre filas de soldados
divisa al que desafió
cuarenta días y noches,
ese a quien no respondió
ninguno de los soldados
que el rey Saúl aportó.
David grita y le interpela,
el otro presto acudió.
«Aquí estoy» —dice el gigante—
«¿Quién mi nombre pronunció?»
Ya se adelanta David,
decidido, no tembló;
y frente a él, el filisteo,
inmenso, tal lo parió
su madre, una filistea,
su padre no lo sé yo.
Cuando ve frente a él al chico
unos cuentan que pensó:
«Agotados, los judíos
me envían lo que quedó»
—el acero del gigante
por su mano relució—.
«¿Quién eres y qué deseas?»
—con desprecio le imprecó—.
«Soy David, voy a matarte,
vengo en nombre del Señor
aquel que aunque estiércol seas
de la nada te creó».
Voló la piedra en el aire,
y en la frente le impactó,
cayó el gigante por tierra,
su sangre el suelo ensució.
El pastorcillo acercóse,
la espada a su lado vio;
la toma firme en sus manos
con ambas la levantó,
sobre Goliat la descarga
con todo el peso de Dios,
rebanando su garganta
la cabeza cercenó.
DAVID Y NATÁN
El rey ha escuchado la voz del profeta,
le muestra en su cara los vicios que oculta.
Ingenuo pregunta quién es, torpe ausculta,
buscando un culpable detrás de tal grieta
al honor del reino. La respuesta es dura,
y es dolor a un rey que al espejo se enfrenta:
«Tú eres, oh David, este que aquí se cuenta,
enfermo de lascivia y pasión oscura.
Por esa mujer que no te pertenece
haces morir al mejor de tus soldados.
No sufrirás muerte como quien traspasa;
tus pecados, de hecho, han sido perdonados,
pero aun tu lujuria un castigo merece:
la espada no habrá de abandonar tu casa».
EL BANQUETE DE HERODES
La cabeza de Juan en plateada bandeja
entrególe a su rey el soldado. Dispuesta
se encontraba la cena, y de tal mesa puesta
no pudiera encontrarse un motivo de queja.
Corrió el vino a mares, la sangre del Bautista
había corrido antes. Detrás de los velos
esperaba desnuda cumplir sus anhelos
Salomé, obsesión vil de aquel rey hedonista.
Callóse la verdad donde habló la apariencia
y juró el necio honor sostener la indecencia,
temiendo al profeta más que al mismo pecado.
Y así, entre manjares, murióse la conciencia
pues cuando al poder se le sirve desbordado,
la sangre del justo deleitará la audiencia.
LA ESCALERA DE JACOB
Aquel que luchara con Dios hasta la aurora
duerme echado en la tierra que en su huida transita;
sueña un sueño Jacob, donde Aquel le visita
al borde del camino y en su precaria hora.
«Soy el Dios de tus padres, seré el Dios de tus hijos,
la escalera que ves conecta tierra y cielo.
Por ella conozco del hombre cada anhelo,
cada porción del alma con sus entresijos.
Por ella cada ángel descenderá hasta el hombre,
como ahora contemplan tus ojos dilatados.
Tu limpio corazón tendrá buena ventura;
por más que ahora dudes o despierto te asombre,
los terrenos que pisas serán heredados
por esos que aumenten a tu estirpe futura».
LA PRIMERA PIEDRA
«La primera piedra —dijo—,
que la tire aquel que pueda
decir que nunca ha pecado
sin que mentir no le duela;
pues faltar a la verdad
es cosa que el alma hiela,
teniendo a Dios por testigo,
no la plebe pendenciera,
siempre dada a criticar
y a juzgar mientras se pueda».
La adúltera aún esperaba
las piedras en su cabeza.
Retiróse él a escribir
palabras sobre la arena,
mientras aquel populacho
que tan presto pareciera,
tan solo momentos antes,
con furia mal justiciera
a lapidar la mujer,
abandonaba la escena;
poco a poco se esfumaban,
sabiendo que todos eran
culpables de algún pecado,
tal como aquella ramera.
Escribas y fariseos
sentían una gran pena,
viendo al Cristo vencedor
de aquella su trampa artera,
pues sin faltar a la Ley
él encontró la manera
de poner en evidencia
la falsedad de su escuela.
Cuando se hubieron marchado,
Jesús preguntóle a aquella:
«¿No queda nadie a juzgarte?»
—miró la plaza desierta—.
«No, señor, todos se han ido»
—respondióle con presteza—.
«Pues yo tampoco te juzgo
ni te condeno; quisiera
que el sendero no desandes
y en paz te marches. No vuelvas
a pecar» —Jesús le dijo
y escribió sobre la arena
una enseñanza imborrable
para aquel que lo entendiera—.
LA PUERTA DE LOS DIOSES
Confundieron las lenguas allí donde el hombre
quiso hacer una torre que llegase al cielo;
levantó su arrogancia desde el vasto suelo
un soberbio edificio con eterno nombre.
Babilonia la grande, puerta de los dioses,
mas también ese sitio donde se dispersa
la humana condición, la mezcla más diversa
que al encuentro imposible brinda sus adioses.
Creyó el hombre el cielo cedería mandato
de aquel límite impuesto; desafió la altura,
confiando en el ladrillo y el vigor del brazo,
pero halló una respuesta al torpe desacato;
extraviado el verbo, constatado el fracaso,
perdióse su lengua de un habla sin fractura.
LA ZARZA ARDIENTE
La deidad ha invocado a Moisés desde un arbusto,
una zarza que arde pero nunca se consume;
la llama no destruye, sólo alumbra y resume
esa empresa que exige de un corazón robusto.
Ha entendido ya Moisés que Dios habrá de guiarle,
que hará de lo imposible tarea cotidiana:
liberar a su pueblo, llevarle donde mana
la leche y la miel, y Dios ¿qué más puede importarle?
«Yo Soy» —dice esa llama que no admite figura,
y al pastor lo convierte en palabra y en camino—.
Todo eso y más harás, oh Moisés, la zarza ha hablado,
y por ella ha hablado Dios, que es llama sin clausura.
«El que Soy» —recuerda él, sosteniendo su cayado,
armado por la fe y por la urgencia de un destino—.
MONÓLOGO DE JONÁS
Aquel inmenso pez vomitóme en firme tierra
después de tres jornadas de sombras y de calma;
sentí que la obediencia me brotaba del alma
y acepté que al buen Dios no le haría más la guerra.
Huyendo de Nínive busqué donde ocultarme
pero en la tempestad su gran poder me ha encontrado;
por manos de marinos al mar fui sentenciado
y el monstruo de las aguas acudió por salvarme.
No le temo ya a la voz que ordéname el destino,
predicaré el perdón hasta en la ciudad pagana;
solo le temo al fuego si es el fuego divino.
La planta que secóse me dio lección temprana:
si lloro por su sombra, ¿qué mayor desatino
no entender que Él se apiade de la miseria humana?
SAGRADO Y PROFANO
De lo sagrado y profano
pudiérase debatir
al infinito y seguir
cuestionando qué es lo humano.
Si un dios creó por su mano
al hombre, barro y aliento,
si le otorgó el sufrimiento,
le dió la culpa y la herida
tal fue el precio de una vida
que eternizó aquel momento.
Si mirando al firmamento
la estrella en nosotros clama,
es que ese dios nos reclama
nuestra sangre, el cumplimiento
de un divino mandamiento:
aquel de volver a ser
uno en él sin perecer.
Nuestra profandad sagrada
antípoda es de la nada
que dejamos al nacer.
SODOMA Y GOMORRA
Aquel sordo clamor llegó hasta las alturas
de que la ley de Dios se ignoraba en Sodoma
y en Gomorra, su hermana de vicio y de aroma,
concupiscente y vil, de torcidas honduras.
Solo por un justo modifica el castigo
ese Dios que aún sopesa el abismo en la ira,
el fervor de la plebe en su gozo delira;
ignora que el día no tendrá más testigo.
Retuérzanse cuerpos sedientos de pecado,
la fatal transgresión ha de cobrarse luego.
De la urbe perdida de exceso y desatino
solo un testigo habrá, con los suyos salvado.
Traen los ángeles ley y escarmiento divino,
furor inapelable, azufre, lluvia y fuego.
VEINTIÚN LAS SEMILLAS
«Su Dios es mi Dios —respondió aquel subsahariano,
sin dudar, rechazando la puerta de salvarse—.
Su cruz es mi cruz» —dijo él—. ¿Quién habrá de negarse
si te ofrecen la vida por negar a tu hermano?
Su Dios es el mío, allá en la triste arena libia
donde veintiún coptos fueron sacrificados,
uno tras otro muertos, al filo degollados
en formato video para mayor lascivia.
No hubo ruego de miedo ni voz que se quebrara,
unidos con el rezo para el último aliento.
Quisieron humillarles, lo contrario lograron,
pues su sangre en la arena es un terco monumento
a ese Dios carpintero que la cruz nos legara:
veintiún las semillas que con sangre abonaron.
DADOS
Si el mundo fuera ideal,
tú nunca hubieras partido;
pude haberte convencido
de que era un amor leal
pero en el mundo real
eso no sirve de nada;
perdióse tu enamorada
caricia en un desvarío,
más te recuerdo y sonrío
con tristeza en la mirada.
Alguna vez fue añorada
tu vuelta, bien lo confieso;
cierto, si, soñé tu beso
febril en mi madrugada,
pero una mueca callada
devuélveme la verdad
de que ya no tengo edad
para sufrir por ausencias
ni tengo más apetencias
de invocar una otredad.
Ignoro cuanta verdad
pudo haber de aquel futuro
que soñamos en un puro
derroche de ingenuidad;
responden con mezquindad
los dados a mi pregunta
¿dónde quedó la presunta
pertenencia que sentimos,
dónde el amor que nos dimos
en una edad ya difunta?
CANCIÓN DE CUNA PARA UN PRESIDENTE
Dicen que es un dictador,
me parece exagerado
más bien a él lo han designado
como objeto del rencor,
o sea, un subdictador
para que la jueza historia
dándole vuelta a la noria
le deje como el culpable,
figura predesechable
con sentencia perentoria.
Si alguno tiene memoria
sabrá que esto no empezó
el día que le nombró
su avatar (ingenua gloria),
aquel que la zanahoria
mal raciona y el garrote;
callado y, sin que se note,
es quien corta el bacalao
mientras este, por pringao,
sufre la infamia del mote.
El que las manos se frote
diagnósticando su ruina
y con euforia anodina
sueñe el fin del monigote
que por soñar no se agote
y aprenda tras la apariencia
a distinguir la apetencia
de la realidad y la hiel,
al juzgar a este y aquel
espejo de incompetencia.
Ignoro si fue inocencia
lo que le llevó a aceptar
el cargo de figurar
de figurín a consciencia,
cargando tan torpe herencia
sin ningún real poder
más que aquel de aún más joder
lo que ya estaba jodido,
dejando al país hundido
y a punto de perecer.
PADRE
Mi hijo más pequeño tenía solo un año
cuando ese mundo que yo intentaba
crear para ellos
se derrumbó.
No es culpa de nadie,
es la vida que pasa.
Su hermana mayor
tiene recuerdos
agradables
de aquello que intentó
ser un hogar.
Tal vez pocos
pero los tiene,
estoy seguro.
Mi hijo no.
Supongo siempre
voy a sentirme
culpable
en ese punto.
Es parte de ser padre
sentir eso.
Supongo siempre
va a costarme
mirarle a los ojos,
responder a su pregunta
de cuando vuelvo.
Es parte de ser padre
sentir eso.
Supongo siempre
va a rondarme la majadera idea
de qué pude
hacer diferente.
Es parte de ser padre
sentir eso.
Supongo siempre
va a angustiarme
mucho más
cualquier minucia suya
que cualquier cosa
que a mi mismo
pueda pasarme.
Es parte de ser padre
sentir eso.
No tiene que ver
con lo feliz que puedas ser
en el momento presente.
Son dos realidades paralelas
que fornican en tu mente,
cualquier padre lo sabe
aunque lo niegue.
Una suma de dolores
que no alivian
los abogados
ni terapeutas.
Una suma de angustias
sinsabores
responsabilidades
autoinfligidas
que te habitan
sin permiso.
Por eso tantas personas
eligen tener mascotas.
Si pides ser padre
recuerda que todo esto
va incluido en el menú.
GUADALETE, 711 A.D.
«Ayer era rey de España,
hoy no lo soy de una villa»
Romance de la pérdida de España
Un sorprendente enemigo
emergiendo de la nada
cruza el agua del Estrecho
desenvainada su espada.
Son los moros, Don Rodrigo,
que habrán de tomar tu amada
doña Egilona, tu reino:
la desprevenida España;
que consagrarán mezquitas
donde hubo iglesias cristianas,
que renombrarán los ríos,
las ciudades, montes, cada
tramo de aquel vasto mundo
donde el godo gobernara
después de vencer a Roma
en una edad más temprana.
Mira tu reino, Rodrigo,
dale una última mirada
a todo lo que hoy sucumbe
por seducir a la Cava,
embriagado de lujuria
e incontinencia malsana
deshonraste a tu vasallo,
su padre el Conde, que acaba
de apuñalarte Rodrigo
como hiciste tú a su espalda.
Nominalmente te sirven
los de Witiza en batalla,
pronto habrán de abandonarte
previa traición acordada
con el cruel caudillo moro
Tariq, que con sus mesnadas
ya se prepara a enfrentarte
donde el Guadalete pasa.
En esa tarde de julio
cuando el calor abrasaba
tal vez pondera Rodrigo
su existencia atribulada:
rehén de las circunstancias
y pasiones desatadas,
arrogante en su poder
que en muy poco será nada.
Cuando rompió los cerrojos
de la habitación sellada
que la leyenda nos cuenta
mostró señal revelada
de un siniestro porvenir
que al transgresor aguardara,
vio su futuro el aún rey,
mucho que de ello se amarga;
vio a los moros Don Rodrigo
desplegados en batalla
tan claro como hoy los ve
desenvainada la espada.
Desplegada media luna
lleva la horda desbordada
que ya se apresta a morir
y a matar con ruda saña.
Piensan que en el otro mundo
las vírgenes les aguardan
para premiar con lascivia
su destreza con la espada
y la entrega de su vida
a una religión extraña
que intentarán imponer
ocho siglos en España.
Piensan Rodrigo en huríes
como piensas tú en la Cava,
epíteto de Florinda,
flor de Ceuta desflorada
o quizá en tu cauta esposa
que allá en Toledo te aguarda.
De esta batalla perdida
el reino entero colapsa,
conquistarán todo el reino,
o casi todo, de España.
Querrán llamarle Ándalus
porque nadie recordara
que la cruz era su credo
y otro su nombre, bastara
con otros tamaña argucia
mas no en la España cristiana,
en Guadalete ocho siglos
comienzan esa jornada.
Tú no lo sabes Rodrigo,
nada en hora tan amarga
permitiérate soñar
que un día será tornada
la suerte, y el invasor
habrá de rendir Granada
ante reyes que en tu nombre
recuperarán España.
Ben Ziyad, tu vencedor,
verá su euforia apagada,
siendo de Musa vasallo
aquel la cuenta saldara
por desobediencia, dice,
por envidia, se lo calla
el que gobierna en el Norte
del Africa musulmana,
siendo los dos a la vez
humillados cuando encaran
la ira del que en Damasco
todo el provecho se guarda.
Así los siervos de Alá
las entrañas se sacaran
si no hubiera un enemigo
que por su Dios enfrentaran.
No tuvieran mejor suerte
que tú, tal vez más amarga,
esos hijos de Witiza
que tus flancos entregaran,
una vez que te vencieran
poco provecho le hallaran
pues es fama que traidores
solo reciban por paga
a su infamia y cobardia
el alfanje en la garganta.
Tal vez el Conde de Ceuta
fue el único al que bastara
que pagases con la vida
la deshonra de su casa.
Nunca encontrarán tu cuerpo,
oh rey de la goda España;
harto le hubiera ultrajado
la morisma que se ensaña
con crueldad de aquel vencido
que entre sus manos quedara.
Solo hallarán tu caballo,
Orelia, el que tu montaras;
se tejerá la leyenda
de tu suerte malhadada
y de cómo se perdió
tu reino y la goda España
cuando enfrentaste a los moros
donde el Guadalete pasa.
ECOS DE CONSTANTINOPLA, 1453 A.D.
«Si mi ciudad cae, yo caeré con ella».
Constantino XI Paleólogo
Quiso el turco en su ambición
poseer el Cuerno de Oro,
ser dueño de aquel tesoro
que fue de Roma creación;
Constantinopla, obsesión
de todos los que su gloria
añoraron, la memoria
del gran Imperio en Oriente,
hermano del de Occidente,
y de incierta desmemoria.
Mil años aún hizo historia
lo romano en lengua griega,
soportó cada refriega,
renació en cada victoria
hasta que propiciatoria
dejó de ser su fortuna;
sucumbió a la media luna
de aquel invasor foráneo,
que hizo del Mediterráneo
una otomana laguna.
Opción no tuvo ninguna
más que luchar a morir;
decidido a resistir
pide a su pueblo reúna
todo el coraje, y si alguna
salvación a Constantino
le deparase el destino,
ha de encontrarle en su puesto
compartiendo con el resto
el final de su camino.
Mehmed Segundo, el mezquino,
entró en el Hagia Sofía;
tuvo el sultán la osadía
de hacerlo a lomo de equino.
De ese imperio bizantino
que Constantino rigiera,
quedó la imperecedera
memoria de aquel valor
de un último emperador
que con su pueblo muriera.
Por si alguno no supiera
dónde está Constantinopla,
allí donde el viento sopla
junto al Mar Negro, le espera
la ciudad que hizo bandera
del sacrificio; y violada
fue después, desmemoriada
con un ridículo nombre,
para que aún más nos asombre
tanta grandeza ultrajada.
El BOSQUE DE TÂRGOVIȘTE, 1462 A.D.
En Valaquia hubo un voivoda
llamado el empalador
que a los turcos la mejor
medicina brindó toda.
Los ensartaba a la moda
porque mejor lo pensasen
y a su tierra así tornasen
en vez de asolar la ajena.
Los otomanos, ¡qué pena
que como el kebab quedasen!
No fue que los invitasen
cuando invadieran Europa,
con su avasallante tropa
no hubo lugar que no hollasen
pero siempre a quienes hacen
del terror una herramienta
otro les pasa la cuenta
y tal fue Vlad, el valaco
que les cobró por el saco
impuesto por tanta afrenta.
Según la historia comenta
cuando el sultán observó
aquel bosque algo le dió
de escena tan truculenta.
No pudiendo sacar cuenta
de los suyos empalados
dijo: «Vamos, apurados
regresemos a Turquía
que aquí falta cortesía
o son muy poco educados».
Y así fue que desolados
emprendieron el regreso;
al menos el culo ileso,
por el miedo derrotados.
Fueron envalentonados
mas volvieron compungidos;
del intestino ateridos
por un mal presentimiento,
soñando con el momento
de despertar, si dormidos.
De aquellos troncos prendidos
quedáronse veinte mil,
y así supo el turco vil
que en esos lares perdidos
serían siempre acogidos
con terca hospitalidad,
que no habría mezquindad
ni regateo en la guerra,
que en esa enemiga tierra
mejor no esperar piedad.
LEPANTO, 1571 A.D.
Tambores, chirimías con eco discordante,
la media luna orgullo y pendón de sus galeras
zarpando a mar abierto con infulas guerreras
augurábanle al turco la victoria aplastante.
Muy poco imaginara al salirse de Lepanto
a buscar a su enemigo, Ali Pasha el otomano,
que al final de la lucha y de su esfuerzo vano
se alzara su cabeza en una pica de espanto.
Tampoco Juan de Austria, ni Bazán o Andrea Doria
podían suponer que desafiando al destino
vengarían la muerte del noble Bragadino
entregándole al mundo un espejo de la gloria.
De la más alta ocasión de los siglos pasados,
presentes y futuros quien no es manco todavía
guardará la memoria del valor, y la hidalguía
de aquellos que murieron, en la lucha esforzados.
Quizás ya esté el Quijote en la mente de Cervantes
como incipiente embrión, premonición del futuro;
le espera el cautiverio, tal vez no está maduro
el soldado escritor de molinos y gigantes.
Sobre las aguas rojas del golfo de Lepanto
callaron los tambores,
las infames chirimías.
¿SABES?
¿Sabes?, no me sirve ese “lo siento”,
me repugnan las palabras
comedidas y corteses
de ocasión;
no te absuelven un carajo
esa astucia con que labras
tus traiciones y dobleces
de refajo
o esa sarta
de argumentos
victimantes.
Si,
ya sé que no quisiste hacerme daño,
pero el hecho es que lo hiciste y no hay remedio:
un perdón es totalmente irrelevante,
no hay manera de volver el tiempo atrás.
No vuelve.
Hoy repaso tus mentiras con gran tedio
como aquel que se da cuenta en un instante
que es imposible la paz.
Como aquel que al fín comprende
lo más obvio:
ese tiempo que se entrega a otra persona
no regresa.
CUBA VADIS
En el mar de las Antillas
hay un país que adolece
de proyecto de futuro,
aunque en negarlo se esfuerce;
su presente es porvenir,
alternativa no tiene
salvo ser el arquetipo
de eso que a otros le parece
debe ser la resistencia
aunque la obviedad desmiente
su sistema de creencias
que ni progresa ni quiere.
Así anclada en el pasado
la patria se desvanece,
un delirio sigue al otro,
algún maquillaje leve,
espejismo continuado
que ni repara ni puede
entre eslóganes maltrechos
un país que no amanece;
ese país, mi país,
no hay día que no me duele
aunque he aprendido a vivir
con la ilusión de los peces,
ocupado en mis asuntos,
diluido en pequeñeces.
Así se pasa mi vida,
tú allá, navío al garete,
sin imaginar siquiera
que te pienso entre la nieve;
de vez en cuando confieso
que mi pobre ilusión crece
pensando que habrá algún cambio,
luego esa idea se muere.
He dejado de esperarlo,
lo he esperado tantas veces
que perdí toda ilusión
de verte como mereces,
dueño al fin de tu destino,
ya despierto, caimán verde.
MARCAS
En ese largo proceso, a veces arduo, en el cual evolucionamos desde la negación de la realidad hasta la negociación con esa misma realidad (lo llamamos madurez), la vida nos va dejando sus marcas.
Marcas como de un surco que han arado.
Marcas que nos identifican como a las reses.
Algunas pueden verse; son como cicatrices en la piel, resultan evidentes en sí mismas. No tiene sentido negarlas.
Son marcas cronológicas: arrugas, accidentes, el cuerpo que decae.
Otras no pueden verse. Son más profundas. Ontológicas. Un mapa invisible que cuenta (a quien oírle sepa) todo aquello que aprendemos a callar.