PARA QUÉ
Cuando digo que te quiero
me preguntas para qué;
eres muy astuta, lo sé,
y en responderte me esmero.
No sé qué estará primero,
mi bien mayor, pero digo
que olvidarte no consigo
ni lo pretendo tampoco;
no quieras volverme loco,
ni me excuso ni desdigo.
Que hace mucho que persigo,
yo tu huella no es noticia,
atribúyelo a estulticia
o a este anhelo que bendigo
de volver a estar contigo,
de amarnos como bien sé
que tú recuerdas que fue,
con cuerpo y alma, sin freno,
amor grande, amor del bueno,
y aún preguntas para qué.
SONETO A LA OSA MAYOR
Tu amor me lo quitaste, así, muy de a poquito
rebajando la dosis porque no me doliera,
o me doliera menos o incluso no supiera
como se iba apagando este idilio bonito.
Veo tu amor inerte, escucho tus razones
como el preso al que leen su aburrido prontuario.
Sé que no vale hablar, sé que ya no es necesario,
me trago mi dolor, reina de corazones.
Siento tu amor perderse y no es que no me duela
pero algo habré aprendido, no solo astronomía.
Recordaré por siempre tu beso, osezna mía,
escríbote un poema, la sangre se me hiela;
para un amor tan cierto falacia es el olvido.
Deseo que aún te quieran como yo te he querido.
DADOS
Si el mundo fuera ideal,
tú nunca hubieras partido;
pude haberte convencido
de que era un amor leal
pero en el mundo real
eso no sirve de nada;
perdióse tu enamorada
caricia en un desvarío,
más te recuerdo y sonrío
con tristeza en la mirada.
Alguna vez fue añorada
tu vuelta, bien lo confieso;
cierto, si, soñé tu beso
febril en mi madrugada,
pero una mueca callada
devuélveme la verdad
de que ya no tengo edad
para sufrir por ausencias
ni tengo más apetencias
de invocar una otredad.
Ignoro cuanta verdad
pudo haber de aquel futuro
que soñamos en un puro
derroche de ingenuidad;
responden con mezquindad
los dados a mi pregunta
¿dónde quedó la presunta
pertenencia que sentimos,
dónde el amor que nos dimos
en una edad ya difunta?
LEJOS
¿Qué puede haber más triste que no ver crecer tus hijos,
sufrir la vil distancia, pedirle a Dios por ellos;
confiar en que los cuide, recordar en sus cabellos
la caricia de tus manos, responder acertijos
del tiempo y de la ausencia, de los días
y las noches que pasan y hacen años
que han de volver tus criaturas dos extraños
sin dejar de ser tu alma? Eso confías.
¿Cómo es que puede tenerse
el corazón extirpado
y aún así seguir vivo
tan cruelmente mutilado?
¿A qué puede parecerse
este vivir sin motivo?
Tan lejos.
LEPANTO, 1571
Tambores, chirimías con eco discordante,
la media luna orgullo y pendón de sus galeras
zarpando a mar abierto con infulas guerreras
augurábanle al turco la victoria aplastante.
Muy poco imaginara al salirse de Lepanto
a buscar a su enemigo, Ali Pasha el otomano,
que al final de la lucha y de su esfuerzo vano
se alzara su cabeza en una pica de espanto.
Tampoco Juan de Austria, ni Bazán o Andrea Doria
podían suponer que desafiando al destino
vengarían la muerte del noble Bragadino
entregándole al mundo un espejo de la gloria.
De la más alta ocasión de los siglos pasados,
presentes y futuros quien no es manco todavía
guardará la memoria del valor, y la hidalguía
de aquellos que murieron, en la lucha esforzados.
Quizás ya esté el Quijote en la mente de Cervantes
como incipiente embrión, premonición del futuro;
le espera el cautiverio, tal vez no está maduro
el soldado escritor de molinos y gigantes.
Sobre las aguas rojas del golfo de Lepanto
callaron los tambores,
las infames chirimías.
DECIMAS A MARTI
Porque maestro te llaman
y apostol incluso algunos,
de revelarse oportunos
los textos a que te hermanan
por invocarte se ufanan
demostrándose en tu nombre
lo que quieran sin que asombre
tan sedienta idolatría
por buscar de un muerto guía
olvidándose del hombre.
De lo que fue tu sonrisa
solo una foto ha quedado;
reinventariando el pasado
olvidamos tu camisa
estrujada, y con la prisa
por presentarla planchada,
impoluta, almidonada
a imaginarla aprendimos
cuando en santo convertimos
tu osamenta embalsamada.
En el siglo de un instante
quizás tu adios fue un suicidio
escapando del presidio
y su grillete quemante,
tal vez la gesta fundante
necesitara tu muerte
y preferiste la suerte
de ser solo esa promesa
incompleta, que no cesa,
flor que en marmol se convierte.
EL PAIS DE LAS GRUAS SINIESTRAS
Al pueblo de Irán, con admiración.
De las siniestras grúas
que ha erigido el poder
para hacerse temer
en el país del sol
y del león
cuelgan los cuerpos.
Cuerpos,
vidas segadas
de aquellos
que se oponen
a la distopia islamista,
de aquellos, los valientes
que se atreven
a oponerse.
No son pocos,
los que han pagado
y pagan
tan alto precio,
no es que falte coraje
pero es esa
ciertamente
una pelea
muy desigual.
No se enfrentan solamente
a la fuerza de las armas,
la vileza de los clérigos
o la superstición de las masas.
No se enfrentan tan solo
a la mezquindad interesada
de la geopolítica.
Tienen también
frente a ellos
la culpable complicidad
de esa izquierda residual
que repite y amplifica
la voz de sus verdugos.
Vergüenza de ustedes.
Me pregunto cuánto más
podrán aún traicionar
vuestros supuestos ideales.
En el país
de las grúas siniestras
se tienen escasamente
las opciones
de escapar,
ser cómplice
o pender
al final de ese brazo
extendido
de la muerte.
Quiero,
necesito creer
que la vida triunfará.
ROMANCE A LORCA
Con tristeza es que te escribo,
poeta de verde luna,
rememorando tu muerte
con estos versos de espuma.
Si no te hubieran matado
los azules con premura,
ya te mataran los otros
arguyendo en su locura
cualquier motivo siniestro:
tu hedonismo o tu alta cuna,
tu falta de compromiso
o no importa cuál tontuna.
Lo que está claro, poeta,
es que por mala fortuna
naciste en un tiempo adverso
de fusiles y amargura;
que estaba escrita tu muerte
con la sentencia más dura,
pues ganase quien ganase
no ganara la cordura;
y en algún gris paredón
o alguna agreste espesura,
tu suerte estaba cantada
por una bala que busca
cercenar de tu garganta
las palabras de ternura
que salieran de tu boca
con aquella urgencia pura
de hacerle el amor al verso;
la diosa literatura
no es suficiente amuleto
para aquel que no figura
en el libro de una era
cruel, brutal, simplista, ruda,
donde lo negro y lo blanco
son ilusión que perdura
de que se es esto o aquello
sin matices o fisura.
Tu muerte ya estaba escrita,
poeta de verde luna.
Demasiado indefinido
para una época tan dura.
PADRE
Mi hijo más pequeño tenía solo un año
cuando ese mundo que yo intentaba
crear para ellos
se derrumbó.
No es culpa de nadie,
es la vida que pasa.
Su hermana mayor
tiene recuerdos
agradables
de aquello que intentó
ser un hogar.
Tal vez pocos
pero los tiene,
estoy seguro.
Mi hijo no.
Supongo siempre
voy a sentirme
culpable
en ese punto.
Es parte de ser padre
sentir eso.
Supongo siempre
va a costarme
mirarle a los ojos,
responder a su pregunta
de cuando vuelvo.
Es parte de ser padre
sentir eso.
Supongo siempre
va a rondarme la majadera idea
de qué pude
hacer diferente.
Es parte de ser padre
sentir eso.
Supongo siempre
va a angustiarme
mucho más
cualquier minucia suya
que cualquier cosa
que a mi mismo
pueda pasarme.
Es parte de ser padre
sentir eso.
No tiene que ver
con lo feliz que puedas ser
en el momento presente.
Son dos realidades paralelas
que fornican en tu mente,
cualquier padre lo sabe
aunque lo niegue.
Una suma de dolores
que no alivian
los abogados
ni terapeutas.
Una suma de angustias
sinsabores
responsabilidades
autoinfligidas
que te habitan
sin permiso.
Por eso tantas personas
eligen tener mascotas.
Si pides ser padre
recuerda que todo esto
va incluido en el menú.
LA FELICIDAD ES UN ANIMAL SALVAJE
Eso que unos llaman la felicidad
de mucho buscarle tal vez no aparezca,
o incluso se extinga cuando más parezca
negar la sentencia de su cortedad.
Habrá quien le encuentre entre lo cotidiano
cual remanso suave que reparo ofrezca
a la obsesión cruel, desmedida y grotesca
de invocarle a voces, torpemente en vano.
Eco trashumante, promesa en el viento,
serendipia hallada en extraño paraje,
paradoja absurda que a nada se iguala.
Si a tu lado llega, un día, de momento,
no intentes guardarle si en tu pecho instala
su nido escondido de animal salvaje.
GUADALETE, 711 A.D.
Un sorprendente enemigo
emergiendo de la nada
cruza el agua del Estrecho
desenvainada su espada.
Son los moros, Don Rodrigo,
que habrán de tomar tu amada
doña Egilona, tu reino:
la desprevenida España;
que consagrarán mezquitas
donde hubo iglesias cristianas,
que renombrarán los ríos,
las ciudades, montes, cada
tramo de aquel vasto mundo
donde el godo gobernara
después de vencer a Roma
en una edad más temprana.
Mira tu reino, Rodrigo,
dale una última mirada
a todo lo que hoy sucumbe
por seducir a la Cava,
embriagado de lujuria
e incontinencia malsana
deshonraste a tu vasallo,
su padre el Conde, que acaba
de apuñalarte Rodrigo
como hiciste tú a su espalda.
Nominalmente te sirven
los de Witiza en batalla,
pronto habrán de abandonarte
previa traición acordada
con el cruel caudillo moro
Tariq, que con su mesnada
ya se prepara a enfrentarte
donde el Guadalete pasa.
En esa tarde de julio
cuando el calor abrasaba
tal vez pondera Rodrigo
su existencia atribulada:
rehen de las circunstancias
y pasiones desatadas,
arrogante en su poder
que en muy poco será nada.
Cuando rompió los cerrojos
de la habitación sellada
que la leyenda nos cuenta
mostróle señal preclara
de un siniestro porvenir
que al transgresor aguardara,
vio su futuro el aún rey,
mucho que de ello se amarga;
vio a los moros Don Rodrigo
desplegados en batalla
tan claro como hoy los ve
desenvainada la espada.
Desplegada media luna
lleva la horda desbordada
que ya se apresta a morir
y a matar con ruda saña.
Piensan que en el otro mundo
las virgenes les aguardan
para premiar con lascivia
su destreza con la espada
y la entrega de su vida
a una religión extraña
que intentarán imponer
ocho siglos en España.
Piensan Rodrigo en huríes
como piensas tú en la Cava,
epíteto de Florinda,
flor de Ceuta desflorada
o quizá en tu cauta esposa
que allá en Toledo te aguarda.
De esta batalla perdida
el reino entero colapsa,
conquistarán todo el reino,
o casi todo, de España.
Querrán llamarle Ándalus
porque nadie recordara
que la cruz era su credo
y otro su nombre, bastara
con otros tamaña argucia
mas no en la España cristiana,
en Guadalete ocho siglos
comienzan esa jornada.
Tú no lo sabes Rodrigo,
nada en hora tan amarga
permitiérate soñar
que un día será tornada
la suerte, y el invasor
habrá de rendir Granada
ante reyes que en tu nombre
recuperaran España.
Ben Ziyad, tu vencedor,
verá su euforia apagada,
siendo de Musa vasallo
aquel la cuenta saldara
por desobediencia, dice,
por envidia, se lo calla
el que gobierna en el Norte
del Africa musulmana
siendo los dos a la vez
humillados cuando encaran
la ira del que en Damasco
todo el provecho se guarda.
Así los siervos de Alá
las entrañas se sacaran
si no hubiera un enemigo
que por su Dios enfrentaran.
No tuvieran mejor suerte
que tú, tal vez más amarga,
esos hijos de Witiza
que tus flancos entregaran,
una vez que te vencieran
poco provecho le hallaran
pues es fama que traidores
solo reciban por paga
a su infamia y cobardia
el alfanje en la garganta.
Tal vez el Conde de Ceuta
fue el único al que bastara
que pagases con la vida
la deshonra de su casa.
Nunca encontrarán tu cuerpo,
oh rey de la goda España;
harto le hubiera ultrajado
la morisma que se ensaña
con crueldad de aquel vencido
que entre sus manos quedara.
Solo hallarán tu caballo,
Orelia, el que tu montaras;
se tejerá la leyenda
de tu suerte malhadada
y de cómo se perdió
tu reino y la goda España
cuando enfrentaste a los moros
donde el Guadalete pasa.
