Wednesday, October 29, 2025

CORAZÓN DE SALITRE



CORAZÓN DE SALITRE


El salitre, con su beso

de brisa y ola en mi cara,

nace en la mar y declara

contra el muro, un verbo preso

de sí mismo. Me regreso,

neblina soy del ayer;

desdibujo una mujer,

sedúceme ella en su encanto,

me enseñaba el mar su canto,

yo lo aprendí sin querer.


Lo aprendí yo sin querer,

sal de un eco demorado;

quedóse en él, esbozado,

el enigma por saber,

dónde se bifurca el ser

de la nada. Mi equipaje

incluye el mar que me traje

como un sueño de pupitre,

corazón donde el salitre

anticipábame el viaje.


Me anticipaba a este viaje,

viaje que aún no se termina;

la Parca teje su inquina,

me cobrará el vil pasaje.

Insensible de homenaje

o de escarnio, nadie ileso

quedará de tal progreso,

recuerdo y vuelvo a sentir,

como un eco en mi vivir,

el salitre con su beso.



POEMA A UNA MUJER DE OLVIDADO NOMBRE


Menos tu nombre, vuelve todo a mi mente

menos tu nombre; y trato, de recordarle

mas en vano. Me esfuerzo por encontrarle.

Se me pierde, se diluye entre la gente


que alguna vez conocí y hoy desconozco.

Ese nombre repetido que yo amaba

eco antiguo de una voz donde habitaba

tu presencia, el mutuo ayer. Yo le conozco


pero piérdense las letras si me acerco

a atrapar aquel deseo que hoy me muerde

absurdo y voraz, anacrónico y terco,


primavera, memoria, otoño del hombre.

Que increíble la ironía, que recuerde

tantas cosas, oh mujer, menos tu nombre.



PIEDRA EN EL AGUA


Como una piedra en el agua

hoy cae, digo tu nombre,

sale así, no es que me asombre,

rompe el líquido cristal;

ondas concéntricas traza, 

más amplias según se alejan,

desaparecen, no dejan

huella ninguna al final.


Aún tu fantasma está en casa,

desnudo sobre mi lecho,

duele tu ausencia en mi pecho

tan Malenamente mal.

Mucho más ha de doler

sin que ya espere respuesta,

y aunque olvidarte me cuesta,

piedra y nombre traga el agua,

desapareces, mujer.



COMO UN ECO LEJANO


Como un eco lejano,

desprovisto de fin y de sentido,

disipada la euforia, y escindido

entre el ser y su excusa,

llega hasta mí el recuerdo

de ilusiones, fracasos, espejismos,

de utopías rimando con abismos

a los cuales el alma hoy se me asoma,

sin más gloria ni espejo que la muerte.


La pulsión de lo inerte,

disfrazada por Tánatos de noble

promesa redentora, de bandera

que conduce a la masa en su quimera

de otro mundo ideal

se nos tarda o no llega,

paliativo del cielo, sucedáneo;

siempre el odio, tan gris contemporáneo

y antípoda a la vida.


Percibiéndote la entraña torcida,

luz siniestra de la falsa consciencia,

terco opongo a tu mal, mueca antipática.

¿Razón otra de excluirte? La apofática.

No quiero tus consignas

de imposibles dilemas.

Oh mundo, enfermo de ideologías,

revisito mis pasadas miopías

como un eco lejano.



LA EVIDENCIA DE TU AUSENCIA


Sin ausencia de evidencia

que demuestre lo contrario

pienso a veces, que no a diario

(cortejando la dolencia),

del sitio en que mi inocencia

se quedó; cuyo tributo

al olvido le disputo,

de fuerza que no de grado,

cultivando con cuidado

la nostalgia que es su fruto.


No me distraigo en el luto

debido a cosas pasadas,

ilusiones malogradas,

fantasmas con que discuto

de un tiempo sin atributo

mayor que el de ser pasado,

río del ser, trifurcado

entre lo que fue y ya no es,

el día de hoy, y el después

que siempre anda demorado.


La noche cuando acabado

sea mi paso en la tierra

y este corazón que yerra

sin descanso, en algún vado

del camino desterrado

final le dé a su existencia,

declararé pertenencia

a tu luz como a tu sombra,

país mío, así te nombra

la evidencia de tu ausencia.



ERROR DE REDUNDANCIA CÍCLICA


A veces siento que pierdo

la alegría de vivir,

que mi amable sonreír

me deserta, y no recuerdo

cómo buscar ese acuerdo

entre aquel sueño y la vida,

cómo encontrar la salida

de un universo tan yermo;

amanece el día enfermo

con su fiebre mal servida.


Melancolía asistida

que viene y va, impunemente;

soledad que, entre la gente,

arriba desprevenida;

sensación de despedida

fatal, sutil, esbozada

como un trazo de la nada

sobre ese lienzo del ser;

búscole desconocer,

intentarlo es mi coartada.


Deténgome en su mirada,

súrcame un escalofrío,

mi sangre es oculto río

que confluye en su morada;

la presencia de esa nada

con su terco contrapunte

me lleva a ser transeúnte

de un eco que no suscribo,

absorto así, en tal motivo

leo en el aire un apunte.


Si la vida es tal pespunte

de una labor inconclusa,

y solo una mente ilusa

habrá que el hilo no junte,

¿quién será que no barrunte,

con un ligero temor,

este dialéctico error

de cíclica redundancia?

¿Dónde aprender esa mancia

que domestique el dolor?



DON PELAYO, 722 A.D.


A mi bisabuelo, Ignacio Lamas Cid


También suponía el moro

hace mil trescientos años

que, a través de los engaños,

la traición, la sangre, el oro,

triunfaría, y del desdoro

de la Cruz, tendría gloria;

quiso así plasmar la historia

de una Hispania sometida

al Creciente, y corrompida

para siempre en la memoria.


Siendo tan grande su euforia

de conquista, calculaba

que solo ceder quedaba

ante su cierta victoria,

puesto que era tan notoria

que solo un loco creyera

que el enfrentárseles fuera

algo más que absurda muerte.

Tal pareciera la suerte

del reino y la Europa entera.


Mas quiso Dios que otro fuera,

Covadonga, el desenlace;

como del polvo renace

un pueblo, así renaciera

la España que hizo bandera

de ser libre, no vasallo.

Destrozóle al moro un rayo

sus esperanzas espurias,

brotó un árbol en Asturias

que se llamó Don Pelayo.

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