CORAZÓN DE SALITRE
El salitre, con su beso
de brisa y ola en mi cara,
nace en la mar y declara
contra el muro, un verbo preso
de sí mismo. Me regreso,
neblina soy del ayer;
desdibujo una mujer,
sedúceme ella en su encanto,
me enseñaba el mar su canto,
yo lo aprendí sin querer.
Lo aprendí yo sin querer,
sal de un eco demorado;
quedóse en él, esbozado,
el enigma por saber,
dónde se bifurca el ser
de la nada. Mi equipaje
incluye el mar que me traje
como un sueño de pupitre,
corazón donde el salitre
anticipábame el viaje.
Me anticipaba a este viaje,
viaje que aún no se termina;
la Parca teje su inquina,
me cobrará el vil pasaje.
Insensible de homenaje
o de escarnio, nadie ileso
quedará de tal progreso,
recuerdo y vuelvo a sentir,
como un eco en mi vivir,
el salitre con su beso.
POEMA A UNA MUJER DE OLVIDADO NOMBRE
Menos tu nombre, vuelve todo a mi mente
menos tu nombre; y trato, de recordarle
mas en vano. Me esfuerzo por encontrarle.
Se me pierde, se diluye entre la gente
que alguna vez conocí y hoy desconozco.
Ese nombre repetido que yo amaba
eco antiguo de una voz donde habitaba
tu presencia, el mutuo ayer. Yo le conozco
pero piérdense las letras si me acerco
a atrapar aquel deseo que hoy me muerde
absurdo y voraz, anacrónico y terco,
primavera, memoria, otoño del hombre.
Que increíble la ironía, que recuerde
tantas cosas, oh mujer, menos tu nombre.
PIEDRA EN EL AGUA
Como una piedra en el agua
hoy cae, digo tu nombre,
sale así, no es que me asombre,
rompe el líquido cristal;
ondas concéntricas traza,
más amplias según se alejan,
desaparecen, no dejan
huella ninguna al final.
Aún tu fantasma está en casa,
desnudo sobre mi lecho,
duele tu ausencia en mi pecho
tan Malenamente mal.
Mucho más ha de doler
sin que ya espere respuesta,
y aunque olvidarte me cuesta,
piedra y nombre traga el agua,
desapareces, mujer.
COMO UN ECO LEJANO
Como un eco lejano,
desprovisto de fin y de sentido,
disipada la euforia, y escindido
entre el ser y su excusa,
llega hasta mí el recuerdo
de ilusiones, fracasos, espejismos,
de utopías rimando con abismos
a los cuales el alma hoy se me asoma,
sin más gloria ni espejo que la muerte.
La pulsión de lo inerte,
disfrazada por Tánatos de noble
promesa redentora, de bandera
que conduce a la masa en su quimera
de otro mundo ideal
se nos tarda o no llega,
paliativo del cielo, sucedáneo;
siempre el odio, tan gris contemporáneo
y antípoda a la vida.
Percibiéndote la entraña torcida,
luz siniestra de la falsa consciencia,
terco opongo a tu mal, mueca antipática.
¿Razón otra de excluirte? La apofática.
No quiero tus consignas
de imposibles dilemas.
Oh mundo, enfermo de ideologías,
revisito mis pasadas miopías
como un eco lejano.
LA EVIDENCIA DE TU AUSENCIA
Sin ausencia de evidencia
que demuestre lo contrario
pienso a veces, que no a diario
(cortejando la dolencia),
del sitio en que mi inocencia
se quedó; cuyo tributo
al olvido le disputo,
de fuerza que no de grado,
cultivando con cuidado
la nostalgia que es su fruto.
No me distraigo en el luto
debido a cosas pasadas,
ilusiones malogradas,
fantasmas con que discuto
de un tiempo sin atributo
mayor que el de ser pasado,
río del ser, trifurcado
entre lo que fue y ya no es,
el día de hoy, y el después
que siempre anda demorado.
La noche cuando acabado
sea mi paso en la tierra
y este corazón que yerra
sin descanso, en algún vado
del camino desterrado
final le dé a su existencia,
declararé pertenencia
a tu luz como a tu sombra,
país mío, así te nombra
la evidencia de tu ausencia.
ERROR DE REDUNDANCIA CÍCLICA
A veces siento que pierdo
la alegría de vivir,
que mi amable sonreír
me deserta, y no recuerdo
cómo buscar ese acuerdo
entre aquel sueño y la vida,
cómo encontrar la salida
de un universo tan yermo;
amanece el día enfermo
con su fiebre mal servida.
Melancolía asistida
que viene y va, impunemente;
soledad que, entre la gente,
arriba desprevenida;
sensación de despedida
fatal, sutil, esbozada
como un trazo de la nada
sobre ese lienzo del ser;
búscole desconocer,
intentarlo es mi coartada.
Deténgome en su mirada,
súrcame un escalofrío,
mi sangre es oculto río
que confluye en su morada;
la presencia de esa nada
con su terco contrapunte
me lleva a ser transeúnte
de un eco que no suscribo,
absorto así, en tal motivo
leo en el aire un apunte.
Si la vida es tal pespunte
de una labor inconclusa,
y solo una mente ilusa
habrá que el hilo no junte,
¿quién será que no barrunte,
con un ligero temor,
este dialéctico error
de cíclica redundancia?
¿Dónde aprender esa mancia
que domestique el dolor?
DON PELAYO, 722 A.D.
A mi bisabuelo, Ignacio Lamas Cid
También suponía el moro
hace mil trescientos años
que, a través de los engaños,
la traición, la sangre, el oro,
triunfaría, y del desdoro
de la Cruz, tendría gloria;
quiso así plasmar la historia
de una Hispania sometida
al Creciente, y corrompida
para siempre en la memoria.
Siendo tan grande su euforia
de conquista, calculaba
que solo ceder quedaba
ante su cierta victoria,
puesto que era tan notoria
que solo un loco creyera
que el enfrentárseles fuera
algo más que absurda muerte.
Tal pareciera la suerte
del reino y la Europa entera.
Mas quiso Dios que otro fuera,
Covadonga, el desenlace;
como del polvo renace
un pueblo, así renaciera
la España que hizo bandera
de ser libre, no vasallo.
Destrozóle al moro un rayo
sus esperanzas espurias,
brotó un árbol en Asturias
que se llamó Don Pelayo.

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