ÍNDICE
-Al día sexto
-Caín y Abel
-Cincuenta y nueve
-Contempló la mujer de Lot la lejanía
-David y Goliat
-David y Natán
-El banquete de Herodes
-El fruto prohibido
-Ese Dios interior
-La escalera de Jacob
-La primera piedra
-La puerta de los dioses
-La soledad de Dios
-La zarza ardiente
-Lejos del Edén
-Llámala como quieras
-Mis hijos
-Monólogo de Jonás
-Olvidando que es gerundio
-Ponen
-Profundidad
-Sagrado y profano
-Sodoma y Gomorra
-Veintiún las semillas
ABRAHAM Y EL ÁNGEL
Ahora sé
que temes a Dios
—dijo el ángel—
ofrece aquel carnero
en su lugar,
y recuerda:
si Dios te pide
que sacrifiques a tu hijo,
ese no es Dios.
AL DÍA SEXTO
Vio Dios, al día sexto, que al mundo faltaba
un ser que le habitase y a su semejanza
lo creó de arcilla, moldeó su esperanza
del maleable barro que a sus pies se hallaba.
Cuando ya terminada vio su anatomía
insuflóle el aliento, tuvo el hombre vida;
y vio Dios que era bueno al contemplar reunida
en aquella criatura lo que pretendía.
Mas vio Dios que aquel hombre estar solo no amaba
si aún mal ignoraba lo solo que estaba;
abrióle su costado mientras lo dormía
sobre lecho de tierra. En su sueño más pleno
hizo Dios complemento, hizo Dios compañía;
despertóse el hombre, vio que aquello era bueno.
CAÍN Y ABEL
“La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”,
dijo Dios a Caín después de haberle preguntado;
no hubo respuesta fiel tampoco un gesto avergonzado,
solo el peso de ese crimen que al culpable destierra.
La envidia alzó su mano, se auxilió de una quijada
que destrozó el cráneo a Abel y cruel cegó su vida.
El campo fue testigo de esa infamia, de esa herida,
de aquel grito de horror sobre la tierra mancillada.
CINCUENTA Y NUEVE
Dios me golpeó
con su poderosa mano
hasta hacerme caer
y con esa misma mano
me levantó del suelo.
Así lo habría dicho
si alguien me hubiese
preguntado
por lo que sentía mi alma
esos días que se fueron
entre la muerte de mi madre
y el nacimiento de mi hija.
Cincuenta y nueve días con sus noches.
En la más espantosa soledad,
mamá dejó el reino de los vivos.
No pude estar a su lado.
No pude escuchar sus últimas palabras.
No sé visualizar ese momento,
esa broma de mal gusto
tan brutalmente real.
Aún si yo hubiese
logrado reunir
aquel dinero
el suficiente
para ir y volver
de nuestra isla común
(aún entonces)
una absurda circunstancia legal
me habría impedido hacerlo.
A veces
creo que nada de eso pasó.
Posiblemente deba
esperar a ver su tumba
para entender
de una vez y por todas
la exacta dimensión
de la palabra muerte.
Mientras tanto,
disimulo mi duelo.
Intento canalizar
mi legítimo rencor
de una manera positiva.
Cuando mi hija ríe
(y esto lo hace a menudo)
me basta para entender
de una vez y por todas
la exacta dimensión
de la palabra vida.
CONTEMPLÓ LA MUJER DE LOT LA LEJANÍA
Contempló la mujer de Lot la lejanía
(su casa dejó atrás, su hogar, toda su vida)
y al instante de hacerlo, viose convertida
en estatua de sal, inanimada y fría.
Contempló la mujer de Lot aquel recuerdo
que aún clamaba su rescate entre las llamas.
Fue poco lo que vio, su cuerpo como escamas
de salitre tornóse, y como piedra, lerdo.
Contempló la mujer de Lot aquel pasado
como aquel que sucumbe a suicida apetencia
no acertó a decidir lo que más le importaba:
si salvarse o llorar, ignorando la urgencia;
se detuvo y volvió su cabeza en el vado
por mirar otra vez lo que atrás ya dejaba.
DAVID Y GOLIAT
Cinco piedras lisas lleva
el muchacho que llegó
con una honda en su mano
y el valor que Dios le dio
a pedir que le dejasen
ripostar, Saúl sonrió.
“¿Cómo podrás enfrentarle?”
El muchacho replicó:
“He vencido al león y al oso,
pues siempre Dios me salvó”.
Cuarenta días y noches
el gigante desafió
al rey Saúl y sus hombres,
nadie coraje encontró.
Al otro lado del valle
el pastor se encaminó;
no lleva más armadura
que esa honda que aportó,
un cayado en la otra mano.
“Voy bien ligero”, sonrió
pensando quizá en su madre
o en la oveja que dejó.
Llega al fin, ya se detiene,
su camino terminó;
entre filas de soldados
divisa al que desafió
cuarenta días y noches,
ese a quien no respondió
ninguno de los soldados
que el rey Saúl aportó.
David grita y le interpela,
el otro presto acudió.
“Aquí estoy”, dice el gigante
“¿Quién mi nombre pronunció?”
Ya se adelanta David,
decidido, no tembló;
y frente a él, el filisteo,
inmenso, tal lo parió
su madre, una filistea,
su padre no lo sé yo.
Cuando ve frente a él al chico
unos cuentan que pensó:
“Agotados, los judíos
me envían lo que quedó”,
el acero del gigante
por su mano relució.
“¿Quién eres y qué deseas?”
con desprecio le imprecó.
“Soy David, voy a matarte,
vengo en nombre del Señor
aquel que aunque estiércol seas
de la nada te creó”.
Voló la piedra en el aire,
y en la frente le impactó,
cayó el gigante por tierra,
su sangre el suelo ensució.
El pastorcillo acercóse,
la espada a su lado vio;
la toma firme en sus manos
con ambas la levantó,
sobre Goliat la descarga
con todo el peso de Dios,
rebanando su garganta
la cabeza cercenó.
DAVID Y NATÁN
El rey ha escuchado la voz del profeta,
le muestra en su cara los vicios que oculta.
Ingenuo pregunta quién es, torpe ausculta,
buscando un culpable detrás de tal grieta
al honor del reino. La respuesta es dura,
y es dolor a un rey que al espejo se enfrenta:
"Tú eres, oh David, este que aquí se cuenta,
enfermo de lascivia y pasión oscura.
Por esa mujer que no te pertenece
haces morir al mejor de tus soldados.
No sufrirás muerte como quien traspasa;
tus pecados, de hecho, han sido perdonados,
pero aún tu lujuria un castigo merece:
la espada no habrá de abandonar tu casa".
EL BANQUETE DE HERODES
La cabeza de Juan en plateada bandeja
entrególe a su rey el soldado. Dispuesta
se encontraba la cena, y de tal mesa puesta
no pudiera encontrarse un motivo de queja.
Corrió el vino a mares, la sangre del Bautista
había corrido antes. Detrás de los velos
esperaba desnuda cumplir sus anhelos
Salomé, obsesión vil de aquel rey hedonista.
Callóse la verdad donde habló la apariencia
y juró el necio honor sostener la indecencia,
temiendo al profeta más que al mismo pecado.
Y así, entre manjares, murióse la conciencia
pues cuando al poder se le sirve desbordado,
la sangre del justo deleitará la audiencia.
EL FRUTO PROHIBIDO
Comprendieron entonces que estaban desnudos
ya habiendo comido de aquel fruto prohibido;
no fue más el Edén el recinto dormido,
no pudiendo expresarlo, quedábanse mudos.
Nació la vergüenza como un urgente velo,
cosieron sus hojas a ese miedo adherido,
y aquel bien, ese mal —tan de golpe aprendido—
cebóse en sus cuerpos de animales en celo.
La luz que buscaban inició la caída,
fue perder el saber la pureza primera
y aquel gozo innombrado que el alma tenía
extravióse en conceptos de noche y de día.
Desde entonces el hombre más sueña y espera,
buscando de vuelta su inocencia perdida.
ESE DIOS INTERIOR
Ese Dios nuestro de cada día
que nada tiene que ver
con la circuncisión,
y que se importa bien poco
con el viernes musulmán,
con el sábado judío, el domingo cristiano
y no importa cual rito
de los tantos
que se inventan los hombres
para sentirse protegidos,
es el Dios en que creo.
Mi abuela me bautizó
para que él me cuidara.
Mi abuela, que en paz descanse.
El Dios de mi abuela
era un Dios
antropomórficamente
concebido,
una especie de hombre
poderoso y lejano
incapaz de nacer
e incapaz de morir.
Eso creí yo siempre
al verla sentada
rezando bajito.
Hoy ya no estoy tan seguro.
Tal vez
al sentir
dentro de ella la bondad
mi dulcísima abuela
podía sentir que Dios estaba
en un algún sitio escondido
muy dentro de ella
y no encontró palabras
para explicarme.
De ser así, tuvo sentido
su desvelo
porque ese Dios interior
me ha acompañado siempre.
Fue mi brújula moral
y me impidió cegarme de odio
cuando tuve las razones para hacerlo.
Ese Dios interior
me ayudaba a discernir
entre eso que llamas bien
y eso que llamo mal.
Ese Dios interior
es el Dios en que creo.
LA ESCALERA DE JACOB
Aquel que luchara con Dios hasta la aurora
duerme echado en la tierra que en su huida transita;
sueña un sueño Jacob, donde Aquel le visita
al borde del camino y en su precaria hora.
"Soy el Dios de tus padres, seré el Dios de tus hijos,
la escalera que ves conecta tierra y cielo.
Por ella conozco del hombre cada anhelo,
cada porción del alma con sus entresijos.
Por ella cada ángel descenderá hasta el hombre,
como ahora contemplan tus ojos dilatados.
Tu limpio corazón tendrá buena ventura;
por más que ahora dudes o despierto te asombre,
los terrenos que pisas serán heredados
por esos que aumenten a tu estirpe futura".
LA PRIMERA PIEDRA
La primera piedra —dijo—,
que la tire aquel que pueda
decir que nunca ha pecado
sin que mentir no le duela;
pues faltar a la verdad
es cosa que el alma hiela,
teniendo a Dios por testigo,
no la plebe pendenciera,
siempre dada a criticar
y a juzgar mientras se pueda.
La adúltera aún esperaba
las piedras en su cabeza.
Retiróse él a escribir
palabras sobre la arena,
mientras aquel populacho
que tan presto pareciera,
tan solo momentos antes,
con furia mal justiciera
a lapidar la mujer,
abandonaba la escena;
poco a poco se esfumaban,
sabiendo que todos eran
culpables de algún pecado,
tal como aquella ramera.
Escribas y fariseos
sentían una gran pena,
viendo al Cristo vencedor
de aquella su trampa artera,
pues sin faltar a la Ley
él encontró la manera
de poner en evidencia
la falsedad de su escuela.
Cuando se hubieron marchado,
Jesús preguntóle a aquella:
—¿No queda nadie a juzgarte?—
Miró la plaza desierta.
—No, señor, todos se han ido—
respondióle con presteza.
—Pues yo tampoco te juzgo
ni te condeno; quisiera
que el sendero no desandes
y en paz te marches. No vuelvas
a pecar —Jesús le dijo
y escribió sobre la arena
una enseñanza imborrable
para aquel que lo entendiera.
LA PUERTA DE LOS DIOSES
Confundieron las lenguas allí donde el hombre
quiso hacer una torre que llegase al cielo;
levantó su arrogancia desde el vasto suelo
un soberbio edificio con eterno nombre.
Babilonia la grande, puerta de los dioses,
mas también ese sitio donde se dispersa
la humana condición, la mezcla más diversa
que al encuentro imposible brinda sus adioses.
Creyó el hombre el cielo cedería mandato
de aquel límite impuesto; desafió la altura,
confiando en el ladrillo y el vigor del brazo,
pero halló una respuesta al torpe desacato;
extraviado el verbo, constatado el fracaso,
perdióse su lengua de un habla sin fractura.
LA SOLEDAD DE DIOS
Cuando dicen que creó
al hombre a su semejanza
pareciera una esperanza
pensar que aquel nos moldeó
como un espejo y nos dio
algo de esencia divina,
que la materia mezquina
tiene un algo de su huella,
que guarda un poco de estrella
nuestra ilusión peregrina.
Como el artista imagina
y busca la perfección
no se olvidó la afección,
forma le dió femenina
el Dios, que igual dictamina
que en vez de uno sean dos.
Al sufrir por cada adiós
y aún sentirte miserable,
piensa que habrá comparable
a la soledad de Dios.
LA ZARZA ARDIENTE
La deidad ha invocado a Moisés desde un arbusto,
una zarza que arde pero nunca se consume;
la llama no destruye, sólo alumbra y resume
esa empresa que exige de un corazón robusto.
Ha entendido ya Moisés que Dios habrá de guiarle,
que hará de lo imposible tarea cotidiana:
liberar a su pueblo, llevarle donde mana
la leche y la miel, y Dios ¿qué más puede importarle?
“Yo Soy”, dice esa llama que no admite figura,
y al pastor lo convierte en palabra y en camino.
Todo eso y más harás, oh Moisés, la zarza ha hablado,
y por ella ha hablado Dios, que es llama sin clausura.
“El que Soy”, recuerda él, sosteniendo su cayado,
armado por la fe y por la urgencia de un destino.
LEJOS DEL EDÉN
Si, como el Génesis cuenta,
fuimos un día creados
hombre y mujer, expulsados
del jardín como una afrenta;
la Biblia así lo comenta,
aunque es preciso anotar
que, reinventando el amar,
a aquel Edén retornamos
cuando, uno al otro, nos damos
razón para respirar.
Paradoja donde el dar
es recibir a la vez,
donde morir al revés
semeja un resucitar,
perderse para encontrar
tan simple y supremo bien
que se articula en el quién
más que en el cómo y el cuándo,
gerundio de amar, amando
cerca y lejos del Edén.
LLÁMALA COMO QUIERAS
La idea de Dios
no se implanta en tu cabeza
cuando estás bien
y la vida te sonríe
con sus treinta y dos piezas
impolutas y blancas,
como el mejor comercial
del mejor de los dentífricos
en el mejor de los mundos posibles.
Se implanta, por el contrario,
y con toda su fuerza,
cuando te quitan
todo lo que amas en la vida
y, aun así,
y muy a pesar de que no puedas
encontrar una razón para seguir en pie,
una fuerza misteriosa
que no puedes desmontar, diseccionar
o al menos asumir racionalmente
(llámala Dios, llámala espíritu,
llámala como quieras)
te impide derrumbarte.
MIS HIJOS
Yo tengo un corazón
con dos mitades.
La mitad más pequeña
viene a serlo
por una diferencia de tres años,
dos meses
y veintitrés días.
Nunca pensé tener hijos
hasta el día que los tuve.
Será uno de esos misterios indescifrables,
el porqué
y, muy a pesar de todo lo que se diga,
insistiremos siempre en reproducirnos.
Bien, ese misterio se llama Dios.
Nunca pensé ser un buen padre
hasta el día que lo fui.
Mis hijos despertaron
eso noble y generoso
que en mí dormía.
Fueron ellos, los dos,
quienes me dieron vida.
Hoy me pregunto
cómo fui tan ingenuo
de creer que mi existencia como persona
era un fin en sí mismo.
Mis hijos me liberaron
de mi propia libertad.
Por ellos luché
como un gato boca arriba.
Por ellos lo haría otra vez,
y otra vez más aún,
y todas las veces que fuera necesario.
Tengo un corazón
con dos mitades,
una suerte de motor
que despierta mis arterias.
Dos razones de vivir,
si es que aún hicieran falta.
MONÓLOGO DE JONÁS
Aquel inmenso pez vomitóme en firme tierra
después de tres jornadas de sombras y de calma;
sentí que la obediencia me brotaba del alma
y acepté que al buen Dios no le haría más la guerra.
Huyendo de Nínive busqué donde ocultarme
pero en la tempestad su gran poder me ha encontrado;
por manos de marinos al mar fui sentenciado
y el monstruo de las aguas acudió por salvarme.
No le temo ya a la voz que ordéname el destino,
predicaré el perdón hasta en la ciudad pagana;
solo le temo al fuego si es el fuego divino.
La planta que secóse me dio lección temprana:
si lloro por su sombra, ¿qué mayor desatino
no entender que Él se apiade de la miseria humana?
OLVIDANDO QUE ES GERUNDIO
Cada día un poco más,
y libre de todo infundio,
olvidando que es gerundio
yo encuentro un algo de paz.
Tengo un sueño, y tengo más:
tengo a Dios, tengo un camino.
Son las cosas del destino
las que comienzan a hablar;
hoy las trampas del pensar
no me importan un comino.
PONEN
Ponen huesos,
ponen carne,
ponen piel
y, por no llamarle hardware,
llámanle cuerpo.
Ponen ideas allí,
ponen conceptos,
ponen nociones de bien y mal,
odio y amor,
ponen maneras de operar
y de vivir,
todo mezclado
y, en vez de llamarle software,
le llaman mente.
Ponen un beep
que activa a otro software,
un presistema preoperativo,
y nadie dice que sea el firmware;
solo sabemos lo que no es,
y por falta de mejor nombre
le llaman alma.
PROFUNDIDAD
Yo, que nací de un huerto
sin fronteras ni dioses,
debí crear al Dios,
al mismo Dios
que me ha creado.
SAGRADO Y PROFANO
De lo sagrado y profano
pudiérase debatir
al infinito y seguir
cuestionando qué es lo humano.
Si un dios creó por su mano
al hombre, barro y aliento,
si le otorgó el sufrimiento,
le dió la culpa y la herida
tal fue el precio de una vida
que eternizó aquel momento.
Si mirando al firmamento
la estrella en nosotros clama,
es que ese dios nos reclama
nuestra sangre, el cumplimiento
de un divino mandamiento:
aquel de volver a ser
uno en él sin perecer.
Nuestra profandad sagrada
antípoda es de la nada
que dejamos al nacer.
SODOMA Y GOMORRA
Aquel sordo clamor llegó hasta las alturas
de que la ley de Dios se ignoraba en Sodoma
y en Gomorra, su hermana de vicio y de aroma,
concupiscente y vil, de torcidas honduras.
Solo por un justo modifica el castigo
ese Dios que aún sopesa el abismo en la ira,
el fervor de la plebe en su gozo delira;
ignora que el día no tendrá más testigo.
Retuérzanse cuerpos sedientos de pecado,
la fatal transgresión ha de cobrarse luego.
De la urbe perdida de exceso y desatino
solo un testigo habrá, con los suyos salvado.
Traen los ángeles ley y escarmiento divino,
furor inapelable, azufre, lluvia y fuego.
VEINTIÚN LAS SEMILLAS
Su Dios es mi Dios, respondió aquel subsahariano,
sin dudar, rechazando la puerta de salvarse.
Su cruz es mi cruz, dijo él, ¿quién habrá de negarse
si te ofrecen la vida por negar a tu hermano?
Su Dios es el mío, allá en la triste arena libia
donde veintiún coptos fueron sacrificados,
uno tras otro muertos, al filo degollados
en formato video para mayor lascivia.
No hubo ruego de miedo ni voz que se quebrara,
unidos con el rezo para el último aliento.
Quisieron humillarles, lo contrario lograron,
pues su sangre en la arena es un terco monumento
a ese Dios carpintero que la cruz nos legara:
veintiún las semillas que con sangre abonaron.

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