Tuesday, October 14, 2025

SAGRADO Y PROFANO


ÍNDICE

-Abraham y el ángel
-Al día sexto
-Caín y Abel
-Cincuenta y nueve
-Contempló la mujer de Lot la lejanía
-David y Goliat
-David y Natán
-El banquete de Herodes
-El fruto prohibido
-Ese Dios interior
-La escalera de Jacob
-La primera piedra
-La puerta de los dioses
-La soledad de Dios
-La zarza ardiente
-Lejos del Edén
-Llámala como quieras
-Mis hijos
-Monólogo de Jonás
-Olvidando que es gerundio
-Ponen
-Profundidad
-Sagrado y profano
-Sodoma y Gomorra
-Veintiún las semillas


ABRAHAM Y EL ÁNGEL


Ahora sé

que temes a Dios

—dijo el ángel—

ofrece aquel carnero

en su lugar,

y recuerda:

si Dios te pide

que sacrifiques a tu hijo,

ese no es Dios.


AL DÍA SEXTO


Vio Dios, al día sexto, que al mundo faltaba

un ser que le habitase y a su semejanza

lo creó de arcilla, moldeó su esperanza

del maleable barro que a sus pies se hallaba.


Cuando ya terminada vio su anatomía

insuflóle el aliento, tuvo el hombre vida;

y vio Dios que era bueno al contemplar reunida

en aquella criatura lo que pretendía.


Mas vio Dios que aquel hombre estar solo no amaba

si aún mal ignoraba lo solo que estaba;

abrióle su costado mientras lo dormía


sobre lecho de tierra. En su sueño más pleno

hizo Dios complemento, hizo Dios compañía;

despertóse el hombre, vio que aquello era bueno.



CAÍN Y ABEL


“La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”,

dijo Dios a Caín después de haberle preguntado;

no hubo respuesta fiel tampoco un gesto avergonzado,

solo el peso de ese crimen que al culpable destierra.


La envidia alzó su mano, se auxilió de una quijada

que destrozó el cráneo a Abel y cruel cegó su vida.

El campo fue testigo de esa infamia, de esa herida,

de aquel grito de horror sobre la tierra mancillada.


CINCUENTA Y NUEVE


Dios me golpeó

con su poderosa mano

hasta hacerme caer

y con esa misma mano

me levantó del suelo.

Así lo habría dicho

si alguien me hubiese

preguntado

por lo que sentía mi alma

esos días que se fueron

entre la muerte de mi madre

y el nacimiento de mi hija.


Cincuenta y nueve días con sus noches.


En la más espantosa soledad,

mamá dejó el reino de los vivos.

No pude estar a su lado.

No pude escuchar sus últimas palabras.

No sé visualizar ese momento,

esa broma de mal gusto

tan brutalmente real.

Aún si yo hubiese

logrado reunir

aquel dinero

el suficiente

para ir y volver

de nuestra isla común

(aún entonces)

una absurda circunstancia legal

me habría impedido hacerlo.

A veces

creo que nada de eso pasó.

Posiblemente deba

esperar a ver su tumba

para entender

de una vez y por todas

la exacta dimensión

de la palabra muerte.


Mientras tanto,

disimulo mi duelo.

Intento canalizar

mi legítimo rencor

de una manera positiva.


Cuando mi hija ríe

(y esto lo hace a menudo)

me basta para entender

de una vez y por todas

la exacta dimensión

de la palabra vida.


CONTEMPLÓ LA MUJER DE LOT LA LEJANÍA


Contempló la mujer de Lot la lejanía

(su casa dejó atrás, su hogar, toda su vida)

y al instante de hacerlo, viose convertida

en estatua de sal, inanimada y fría.


Contempló la mujer de Lot aquel recuerdo

que aún clamaba su rescate entre las llamas.

Fue poco lo que vio, su cuerpo como escamas

de salitre tornóse, y como piedra, lerdo.


Contempló la mujer de Lot aquel pasado

como aquel que sucumbe a suicida apetencia

no acertó a decidir lo que más le importaba:


si salvarse o llorar, ignorando la urgencia;

se detuvo y volvió su cabeza en el vado

por mirar otra vez lo que atrás ya dejaba.


DAVID Y GOLIAT


Cinco piedras lisas lleva

el muchacho que llegó

con una honda en su mano

y el valor que Dios le dio

a pedir que le dejasen

ripostar, Saúl sonrió.

“¿Cómo podrás enfrentarle?”

El muchacho replicó:

“He vencido al león y al oso,

pues siempre Dios me salvó”.


Cuarenta días y noches

el gigante desafió

al rey Saúl y sus hombres,

nadie coraje encontró.

Al otro lado del valle

el pastor se encaminó;

no lleva más armadura

que esa honda que aportó,

un cayado en la otra mano.

“Voy bien ligero”, sonrió

pensando quizá en su madre

o en la oveja que dejó.


Llega al fin, ya se detiene,

su camino terminó;

entre filas de soldados

divisa al que desafió

cuarenta días y noches,

ese a quien no respondió

ninguno de los soldados

que el rey Saúl aportó.

David grita y le interpela,

el otro presto acudió.

“Aquí estoy”, dice el gigante

“¿Quién mi nombre pronunció?”


Ya se adelanta David,

decidido, no tembló;

y frente a él, el filisteo,

inmenso, tal lo parió

su madre, una filistea,

su padre no lo sé yo.

Cuando ve frente a él al chico

unos cuentan que pensó:

“Agotados, los judíos

me envían lo que quedó”,

el acero del gigante

por su mano relució.


“¿Quién eres y qué deseas?”

con desprecio le imprecó.

“Soy David, voy a matarte,

vengo en nombre del Señor

aquel que aunque estiércol seas

de la nada te creó”.

Voló la piedra en el aire,

y en la frente le impactó,

cayó el gigante por tierra,

su sangre el suelo ensució.

El pastorcillo acercóse,

la espada a su lado vio;

la toma firme en sus manos

con ambas la levantó,

sobre Goliat la descarga

con todo el peso de Dios,

rebanando su garganta

la cabeza cercenó.


DAVID Y NATÁN


El rey ha escuchado la voz del profeta,

le muestra en su cara los vicios que oculta.

Ingenuo pregunta quién es, torpe ausculta,

buscando un culpable detrás de tal grieta


al honor del reino. La respuesta es dura,

y es dolor a un rey que al espejo se enfrenta:

"Tú eres, oh David, este que aquí se cuenta,

enfermo de lascivia y pasión oscura.


Por esa mujer que no te pertenece

haces morir al mejor de tus soldados.

No sufrirás muerte como quien traspasa;


tus pecados, de hecho, han sido perdonados,

pero aún tu lujuria un castigo merece:

la espada no habrá de abandonar tu casa".


EL BANQUETE DE HERODES


La cabeza de Juan en plateada bandeja

entrególe a su rey el soldado. Dispuesta

se encontraba la cena, y de tal mesa puesta

no pudiera encontrarse un motivo de queja.


Corrió el vino a mares, la sangre del Bautista

había corrido antes. Detrás de los velos

esperaba desnuda cumplir sus anhelos

Salomé, obsesión vil de aquel rey hedonista.


Callóse la verdad donde habló la apariencia

y juró el necio honor sostener la indecencia,

temiendo al profeta más que al mismo pecado.


Y así, entre manjares, murióse la conciencia

pues cuando al poder se le sirve desbordado,

la sangre del justo deleitará la audiencia.


EL FRUTO PROHIBIDO


Comprendieron entonces que estaban desnudos

ya habiendo comido de aquel fruto prohibido;

no fue más el Edén el recinto dormido,

no pudiendo expresarlo, quedábanse mudos.


Nació la vergüenza como un urgente velo,

cosieron sus hojas a ese miedo adherido,

y aquel bien, ese mal —tan de golpe aprendido—

cebóse en sus cuerpos de animales en celo.


La luz que buscaban inició la caída,

fue perder el saber la pureza primera

y aquel gozo innombrado que el alma tenía


extravióse en conceptos de noche y de día.

Desde entonces el hombre más sueña y espera,

buscando de vuelta su inocencia perdida.


ESE DIOS INTERIOR


Ese Dios nuestro de cada día

que nada tiene que ver

con la circuncisión,

y que se importa bien poco

con el viernes musulmán,

con el sábado judío, el domingo cristiano

y no importa cual rito

de los tantos

que se inventan los hombres

para sentirse protegidos,

es el Dios en que creo.


Mi abuela me bautizó

para que él me cuidara.

Mi abuela, que en paz descanse.


El Dios de mi abuela

era un Dios

antropomórficamente

concebido,

una especie de hombre

poderoso y lejano

incapaz de nacer

e incapaz de morir.


Eso creí yo siempre

al verla sentada

rezando bajito.

Hoy ya no estoy tan seguro.

Tal vez

al sentir

dentro de ella la bondad

mi dulcísima abuela

podía sentir que Dios estaba

en un algún sitio escondido

muy dentro de ella

y no encontró palabras

para explicarme.


De ser así, tuvo sentido

su desvelo

porque ese Dios interior

me ha acompañado siempre.


Fue mi brújula moral

y me impidió cegarme de odio

cuando tuve las razones para hacerlo.


Ese Dios interior

me ayudaba a discernir

entre eso que llamas bien

y eso que llamo mal.


Ese Dios interior

es el Dios en que creo.


LA ESCALERA DE JACOB


Aquel que luchara con Dios hasta la aurora

duerme echado en la tierra que en su huida transita;

sueña un sueño Jacob, donde Aquel le visita

al borde del camino y en su precaria hora.


"Soy el Dios de tus padres, seré el Dios de tus hijos,

la escalera que ves conecta tierra y cielo.

Por ella conozco del hombre cada anhelo,

cada porción del alma con sus entresijos.


Por ella cada ángel descenderá hasta el hombre,

como ahora contemplan tus ojos dilatados.

Tu limpio corazón tendrá buena ventura;


por más que ahora dudes o despierto te asombre,

los terrenos que pisas serán heredados

por esos que aumenten a tu estirpe futura".


LA PRIMERA PIEDRA


La primera piedra —dijo—,

que la tire aquel que pueda

decir que nunca ha pecado

sin que mentir no le duela;

pues faltar a la verdad

es cosa que el alma hiela,

teniendo a Dios por testigo,

no la plebe pendenciera,

siempre dada a criticar

y a juzgar mientras se pueda.

La adúltera aún esperaba

las piedras en su cabeza.


Retiróse él a escribir

palabras sobre la arena,

mientras aquel populacho

que tan presto pareciera,

tan solo momentos antes,

con furia mal justiciera

a lapidar la mujer,

abandonaba la escena;

poco a poco se esfumaban,

sabiendo que todos eran

culpables de algún pecado,

tal como aquella ramera.


Escribas y fariseos

sentían una gran pena,

viendo al Cristo vencedor

de aquella su trampa artera,

pues sin faltar a la Ley

él encontró la manera

de poner en evidencia

la falsedad de su escuela.


Cuando se hubieron marchado,

Jesús preguntóle a aquella:

—¿No queda nadie a juzgarte?—

Miró la plaza desierta.

—No, señor, todos se han ido—

respondióle con presteza.

—Pues yo tampoco te juzgo

ni te condeno; quisiera

que el sendero no desandes

y en paz te marches. No vuelvas

a pecar —Jesús le dijo

y escribió sobre la arena

una enseñanza imborrable

para aquel que lo entendiera.


LA PUERTA DE LOS DIOSES


Confundieron las lenguas allí donde el hombre

quiso hacer una torre que llegase al cielo;

levantó su arrogancia desde el vasto suelo

un soberbio edificio con eterno nombre.


Babilonia la grande, puerta de los dioses,

mas también ese sitio donde se dispersa

la humana condición, la mezcla más diversa

que al encuentro imposible brinda sus adioses.


Creyó el hombre el cielo cedería mandato

de aquel límite impuesto; desafió la altura,

confiando en el ladrillo y el vigor del brazo,


pero halló una respuesta al torpe desacato;

extraviado el verbo, constatado el fracaso,

perdióse su lengua de un habla sin fractura.


LA SOLEDAD DE DIOS


Cuando dicen que creó

al hombre a su semejanza

pareciera una esperanza

pensar que aquel nos moldeó

como un espejo y nos dio

algo de esencia divina,

que la materia mezquina

tiene un algo de su huella,

que guarda un poco de estrella

nuestra ilusión peregrina.


Como el artista imagina

y busca la perfección

no se olvidó la afección,

forma le dió femenina

el Dios, que igual dictamina

que en vez de uno sean dos.

Al sufrir por cada adiós

y aún sentirte miserable,

piensa que habrá comparable

a la soledad de Dios.


LA ZARZA ARDIENTE


La deidad ha invocado a Moisés desde un arbusto,

una zarza que arde pero nunca se consume;

la llama no destruye, sólo alumbra y resume

esa empresa que exige de un corazón robusto.


Ha entendido ya Moisés que Dios habrá de guiarle,

que hará de lo imposible tarea cotidiana:

liberar a su pueblo, llevarle donde mana

la leche y la miel, y Dios ¿qué más puede importarle?


“Yo Soy”, dice esa llama que no admite figura,

y al pastor lo convierte en palabra y en camino.

Todo eso y más harás, oh Moisés, la zarza ha hablado,


y por ella ha hablado Dios, que es llama sin clausura.

“El que Soy”, recuerda él, sosteniendo su cayado,

armado por la fe y por la urgencia de un destino.


LEJOS DEL EDÉN


Si, como el Génesis cuenta,

fuimos un día creados

hombre y mujer, expulsados

del jardín como una afrenta;

la Biblia así lo comenta,

aunque es preciso anotar

que, reinventando el amar,

a aquel Edén retornamos

cuando, uno al otro, nos damos

razón para respirar.


Paradoja donde el dar

es recibir a la vez,

donde morir al revés

semeja un resucitar,

perderse para encontrar

tan simple y supremo bien

que se articula en el quién

más que en el cómo y el cuándo,

gerundio de amar, amando

cerca y lejos del Edén.


LLÁMALA COMO QUIERAS


La idea de Dios

no se implanta en tu cabeza

cuando estás bien

y la vida te sonríe

con sus treinta y dos piezas

impolutas y blancas,

como el mejor comercial

del mejor de los dentífricos

en el mejor de los mundos posibles.


Se implanta, por el contrario,

y con toda su fuerza,

cuando te quitan

todo lo que amas en la vida

y, aun así,

y muy a pesar de que no puedas

encontrar una razón para seguir en pie,

una fuerza misteriosa

que no puedes desmontar, diseccionar

o al menos asumir racionalmente

(llámala Dios, llámala espíritu,

llámala como quieras)

te impide derrumbarte.


MIS HIJOS


Yo tengo un corazón

con dos mitades.


La mitad más pequeña

viene a serlo

por una diferencia de tres años,

dos meses

y veintitrés días.


Nunca pensé tener hijos

hasta el día que los tuve.


Será uno de esos misterios indescifrables,

el porqué

y, muy a pesar de todo lo que se diga,

insistiremos siempre en reproducirnos.


Bien, ese misterio se llama Dios.


Nunca pensé ser un buen padre

hasta el día que lo fui.


Mis hijos despertaron

eso noble y generoso

que en mí dormía.


Fueron ellos, los dos,

quienes me dieron vida.


Hoy me pregunto

cómo fui tan ingenuo

de creer que mi existencia como persona

era un fin en sí mismo.


Mis hijos me liberaron

de mi propia libertad.


Por ellos luché

como un gato boca arriba.


Por ellos lo haría otra vez,

y otra vez más aún,

y todas las veces que fuera necesario.


Tengo un corazón

con dos mitades,

una suerte de motor

que despierta mis arterias.


Dos razones de vivir,

si es que aún hicieran falta.


MONÓLOGO DE JONÁS


Aquel inmenso pez vomitóme en firme tierra

después de tres jornadas de sombras y de calma;

sentí que la obediencia me brotaba del alma

y acepté que al buen Dios no le haría más la guerra.


Huyendo de Nínive busqué donde ocultarme

pero en la tempestad su gran poder me ha encontrado;

por manos de marinos al mar fui sentenciado

y el monstruo de las aguas acudió por salvarme.


No le temo ya a la voz que ordéname el destino,

predicaré el perdón hasta en la ciudad pagana;

solo le temo al fuego si es el fuego divino.


La planta que secóse me dio lección temprana:

si lloro por su sombra, ¿qué mayor desatino

no entender que Él se apiade de la miseria humana?


OLVIDANDO QUE ES GERUNDIO


Cada día un poco más,

y libre de todo infundio,

olvidando que es gerundio

yo encuentro un algo de paz.

Tengo un sueño, y tengo más:

tengo a Dios, tengo un camino.

Son las cosas del destino

las que comienzan a hablar;

hoy las trampas del pensar

no me importan un comino.


PONEN


Ponen huesos,

ponen carne,

ponen piel

y, por no llamarle hardware,

llámanle cuerpo.


Ponen ideas allí,

ponen conceptos,

ponen nociones de bien y mal,

odio y amor,

ponen maneras de operar

y de vivir,

todo mezclado

y, en vez de llamarle software,

le llaman mente.


Ponen un beep

que activa a otro software,

un presistema preoperativo,

y nadie dice que sea el firmware;

solo sabemos lo que no es,

y por falta de mejor nombre

le llaman alma.


PROFUNDIDAD


Yo, que nací de un huerto

sin fronteras ni dioses,


debí crear al Dios,

al mismo Dios

que me ha creado.


SAGRADO Y PROFANO


De lo sagrado y profano

pudiérase debatir

al infinito y seguir

cuestionando qué es lo humano.

Si un dios creó por su mano

al hombre, barro y aliento,

si le otorgó el sufrimiento,

le dió la culpa y la herida

tal fue el precio de una vida

que eternizó aquel momento.


Si mirando al firmamento

la estrella en nosotros clama,

es que ese dios nos reclama

nuestra sangre, el cumplimiento

de un divino mandamiento:

aquel de volver a ser

uno en él sin perecer.

Nuestra profandad sagrada

antípoda es de la nada

que dejamos al nacer.


SODOMA Y GOMORRA


Aquel sordo clamor llegó hasta las alturas

de que la ley de Dios se ignoraba en Sodoma

y en Gomorra, su hermana de vicio y de aroma,

concupiscente y vil, de torcidas honduras.


Solo por un justo modifica el castigo

ese Dios que aún sopesa el abismo en la ira,

el fervor de la plebe en su gozo delira;

ignora que el día no tendrá más testigo.


Retuérzanse cuerpos sedientos de pecado,

la fatal transgresión ha de cobrarse luego.

De la urbe perdida de exceso y desatino


solo un testigo habrá, con los suyos salvado.

Traen los ángeles ley y escarmiento divino,

furor inapelable, azufre, lluvia y fuego.


VEINTIÚN LAS SEMILLAS


Su Dios es mi Dios, respondió aquel subsahariano,

sin dudar, rechazando la puerta de salvarse.

Su cruz es mi cruz, dijo él, ¿quién habrá de negarse

si te ofrecen la vida por negar a tu hermano?


Su Dios es el mío, allá en la triste arena libia

donde veintiún coptos fueron sacrificados,

uno tras otro muertos, al filo degollados

en formato video para mayor lascivia.


No hubo ruego de miedo ni voz que se quebrara,

unidos con el rezo para el último aliento.

Quisieron humillarles, lo contrario lograron,


pues su sangre en la arena es un terco monumento

a ese Dios carpintero que la cruz nos legara:

veintiún las semillas que con sangre abonaron.

No comments:

Post a Comment