ÍNDICE
-A ningún sitio
-Idioma
-Viceversa
-Dos soledades
-Ser
-Tal vez
-Progreso
-Puerto Príncipe
-Polvo
-Lo que no aprendí en los libros
-Antes de partir
-Foto de perfil
-No
-Llámala como quieras
-Profundidad
-Lucidez
-Mi abuelo me contaba
-Ya
-Toronto no cree en lágrimas
-Madurez
-Durut
-Ponen
-Las horas
-La visita
-Precisamente
-Como en los cuentos
-Aguardanzas
-A la tristeza
-El andén
-Cada día
-Desayuno con Nietzsche
-Hiperestimulación
-Desapego
-El día menos pensado
-Vivir
-Por el precio de uno
-Adoquinóptero
-Entropía
-Elección
-Coraje
-Vísceras
-Mi corazón es una isla
-La evidencia de tu ausencia
-Libros
-Muebles
-Aquí y ahora
-Mis hijos
-Error de redundancia cíclica
-Cosas que no diré a mi hijo
-Autoayuda
-Perspectiva
-Corazón de salitre
A NINGÚN SITIO
He cambiado
tantas veces
de lugar
que mi vida
se me antoja
itinerario sin fin.
Coordenadas,
latitudes, longitudes
empiezan a confundirse:
Cuba,
la Acadie,
Quebec,
Ontario,
España…
y siempre
Cuba
de fondo,
mezclándose
con todo
lo demás.
A veces
recorro sitios
que ya conocí;
otras,
me adentro
por territorios
completamente nuevos.
Supongo,
o más bien superpongo,
a mi mapa de recuerdos.
Sobre un viejo planisferio
etiquetado en tres idiomas,
descubro
que, hasta ahora,
no he hecho sino
responder a circunstancias externas,
reaccionando
siempre reaccionando,
sin derecho al cansancio,
sin descanso ni tregua.
Persigo un sueño
inalcanzable,
elusivo,
paradójico,
en la vasta inmensidad
de la América del Norte y Europa,
un viaje largo
y absurdo
que no conduce
a ningún sitio.
Y, sin embargo,
ese es el viaje
al que llamamos
“vida”:
un trayecto
que pareciera llevarnos
a todas partes
y, al mismo tiempo,
a ningún sitio.
IDIOMA
En ese arrullo,
con que mi madre
me dormía en la cuna,
te oí por vez primera.
En esas tiernas palabras,
con que mis dos abuelas me contaban
historias del tiempo de antes,
te escuché.
En los versitos del abuelo,
en los amigos del colegio,
en la gramática de primaria,
en ese primer amor idealizado,
te aprendí.
Idioma nuestro.
Algo hay en ti
de ese hidalgo
cargando eternamente
contra molinos de viento.
Vivo, perhaps,
en el lenguaje de los anglosajones,
me exquisito, peut-être,
con esa exquisitez de los franceses,
pero solo tú
me tocas el corazón.
Hay una patria mayor
que es también matria,
el pasaporte sentimental
a sus fronteras
se llama lengua.
Lengua nuestra.
Algunos te llaman castellano
y tienen razón.
Otros te conocemos como español
y alguna razón también tenemos.
VICEVERSA
Toda herida
encuentra su cuchillo.
Todo pájaro
es su jaula,
y viceversa.
DOS SOLEDADES
Desde hace dos años,
cada mañana,
en mi camino al trabajo,
pude verle.
Sobre Dufferin Street,
en ese cruce
donde empezaban treinta y cinco
minutos
de marcha
hasta mi puesto de eslabón
en la cadena que produce plusvalía,
Eddy hacía lo posible
por aún sentirse útil
para un mundo que,
según él —¿o según yo?—,
difícilmente reconozca
como aquel el de su infancia,
anterior a la mía
y, por tanto, más lejana,
cuando su
más que graciosa majestad
Isabel la segunda
—esa anciana del billete—
era una joven moza,
además de una canción
de los Beatles,
y Eddy un joven
en un joven país
del Commonwealth
en que se reciclaba
el imperio
anglosajón.
Siempre decía
«Good moooorning»,
estirando la «o»
como se estira un chicle,
al saludar
a peatones
a cuyo auxilio acudía
mientras las luces cambiaban
una vez y otra vez.
Sentía gratitud
de no tener que estar en casa,
porque sabía
que la muerte comienza
a rondarnos
cuando estamos inactivos.
Al principio
no reparaba mucho en él,
como no suelo reparar
en casi nadie
que me cruzo.
Ya no veo sus caras
cuando les miro hacer
ese gesto polite
de beatitud pactada
y decir
«good morning»
al primer bicho viviente
que se cruzan,
y yo ser
ese bicho.
Así es mi vida
entre los anglosajones.
Sin embargo,
ese día,
cuando estaba a punto
de apretar en el poste
ese botón
que indica la existencia
de un peatón
con ánimo de cruzar,
Eddy se me acercó
y me dijo,
como aquel que comparte
alguna confidencia:
«Today is my birthday»,
sonriendo.
No recuerdo
qué le habré
respondido;
sí recuerdo
que pude verme en él
con algunos años más
de los que ya he acumulado,
y sentí admiración
por ese hombre
que prefiere trabajar
solo por no rendirse
ante la muerte,
cuando muy bien podría
dedicarse a vegetar
y rascarse los huevos,
amparado por sus años
y un cheque
de la ayuda
o, en su caso,
la pensión.
También sentí
la tristeza
de ese hombre
que, en su casa,
ya no tendrá
quien le diga:
«Happy birthday».
Volví sobre mis pasos
y le traje de regalo
lo primero que encontré
y que pensé podía gustarle,
y me vi en su soledad,
la soledad
de ese alguien que,
teniendo tanto
para dar,
no tiene a quién.
Dos soledades
y un cruce
de caminos.
Muy pronto
mi rutina será otra:
no podré ir caminando,
por razón de la distancia,
hasta ese puesto de eslabón
en la cadena que produce
plusvalía.
Espero sigas allí,
en ese cruce,
y que venzas a la muerte
por muchos años más.
Yo tampoco entiendo, Eddy,
el mundo que estoy viviendo.
En mi nuevo camino al trabajo,
voy a extrañarte, amigo.
SER
Una bola de billar
pensando al jugador.
TAL VEZ
Tal vez no logre ver
las cataratas de Iguazú.
Tal vez no pueda ir
a las pirámides de Egipto
ni a Teotihuacán.
Tal vez no me sea dado
viajar al Coliseo de Roma,
ni tampoco a la Gran Muralla China,
y ni siquiera volver
a aquella aldea de Galicia.
Tal vez no alcance a hacer
el Camino de Santiago,
ni a montar otra vez
aquel tranvía de Lisboa.
Tal vez no pueda
sentarme
junto a la boca del Tajo
a delirar que aún observo
pasar los barcos
en ese inmenso muro
salitreamente lejano
de La Habana.
Ha de dolerme, sin duda.
Son tantos los talveces
opuestos a los quisiera,
que a veces me temo
que la muerte gane el pulso,
y es que hay que amar la vida
más allá de sí misma,
hay que vivirla,
hay que intentarlo mientras se pueda,
hay que beberla
como el más caro de los vinos,
como si el fin no existiera,
como si el fin no importara.
PROGRESO
Incuestionable el progreso:
del pozo del pasado
al abismo del presente.
PUERTO PRÍNCIPE
Un tinajón:
lugar pretérito
y otra vez pluscuamperfecto,
desandando la memoria
dolidamente lejos.
La casa que luego vendimos,
ese patio donde siempre seguiré jugando.
La camisa ensangrentada de Agramonte,
en la vitrina del museo.
El sol a plomo,
las tejas españolas
que allá, y aún más allá,
mucho más lejos,
en España,
llaman árabes.
Un tinajón:
Santa María del Puerto Príncipe,
Camagüey de mi alma,
Camagüey de mis primeros años.
Entierren mi corazón allí,
donde el amor de los abuelos
me cobija.
Entiérrenmelo allí.
Habrá de estar a sus anchas.
Un tinajón:
una piedrita que cae
y que, hundiéndose, naufraga,
se pierde en el agua del recuerdo,
en el mapa del afecto
sin un eco posible.
POLVO
Retorno al aliento del polvo.
Ver desierto el sillón
y usted,
el retrato.
LO QUE NO APRENDÍ EN LOS LIBROS
Es complicado venir
de un país del que todos,
muy a favor o muy en contra,
parecerían tener
siempre alguna cosa que decir.
Es complicado porque, al final,
resulta que no puedes
siquiera ser dueño de tu historia.
Tal vez todo sería más sencillo
si dijera que vine
hasta el culo del norte
con el único propósito
de ver al venadito Rudolf
o disfrutar de la nieve.
No me dedico a hacer política.
No creo en izquierdas ni en derechas;
creo en cosas más simples
que no aprendí en los libros.
Me toca romperme el lomo
para que mis hijos coman.
Lo sé: desde tu cómoda posición
quizás te duela
que mi experiencia vital
no se acomode a tus sueños.
I’m sorry.
ANTES DE PARTIR
La nieve
me habrá de herir
como me hieren tus ojos.
FOTO DE PERFIL
Imagino que sea madurez.
Un día te miras al espejo
y te percatas de que lo más grave
no es que tu pelo sea tanto negro
como blanco
(y al decir blanco evoco
a esa puta nieve sucia de febrero,
poluída por la huella de los carros)
ni que tengas unos lentes progresivos,
sin que ello implique
una visión progresista del mundo,
ni las marcas en tu rostro,
ni el hartazgo por las miserias ajenas
y las propias,
develadas por el paso y por el peso
del tiempo,
sino esta dificultad
tan manifiesta,
tan patéticamente manifiesta,
de esbozar una sonrisa completamente
gratis
para una foto de perfil.
NO
El tiempo solo se ocupa
de pasar.
El tiempo
no cura,
no es ese su oficio.
LLÁMALA COMO QUIERAS
La idea de Dios
no se implanta en tu cabeza
cuando estás bien
y la vida te sonríe
con sus treinta y dos piezas
impolutas y blancas,
como el mejor comercial
del mejor de los dentífricos
en el mejor de los mundos posibles.
Se implanta, por el contrario,
y con toda su fuerza,
cuando te quitan
todo lo que amas en la vida
y, aun así,
y muy a pesar de que no puedas
encontrar una razón para seguir en pie,
una fuerza misteriosa
que no puedes desmontar, diseccionar
o al menos asumir racionalmente
(llámala Dios, llámala espíritu,
llámala como quieras)
te impide derrumbarte.
PROFUNDIDAD
Yo, que nací de un huerto
sin fronteras ni dioses,
debí crear al Dios,
al mismo Dios
que me ha creado.
LUCIDEZ
Todo lo que amas morirá,
y tú también.
Sufrir por ello
es absurdo.
Absurdamente
absurdo.
MI ABUELO ME CONTABA
Mi abuelo me contaba
que su padre le contaba
que, en alguna de aquellas
míticas cargas de la caballería
y en medio del caos y la barbarie
que van unidos al acto de matar
o ser matado,
la imagen de un muchacho
entre los otros,
los quintos del ejército,
cuya cabeza se había quedado
colgando de su cuerpo,
cercenada por el filo de la muerte,
se había infiltrado en sus ojos.
Esa imagen nunca le había abandonado
—decía.
Su padre fue uno de tantos muchachos
que, del otro lado de la guerra,
se lanzaron al monte allá en el año
noventa y cinco, para hacer patria.
Mi bisabuelo le hablaba con tristeza,
como aquel que se duele,
de los ojos de aquel chico,
la fijeza post mórtem de aquellos ojos,
y mi abuelo me lo contaba
como aquel que se asombra
de que, entre todos los muertos
que debió ver durante aquella guerra,
siempre el recuerdo de ese quinto
(el hijo de alguna madre enviado a matar
o a morir en ultramar)
fuera precisamente
el que volviese a la mente
de su padre.
A mi abuelo se le humedecían los ojos
al hablar de su padre, del mismo modo
que (según me imagino)
le pasaría a su padre
al recordar aquel chico.
Se pensaría que una persona
habituada a la sangre
debería hallarse inmune
a sentimentalismos,
pero no necesariamente es así.
No eran monstruos:
eran solo seres humanos,
hombres enfrentados a situaciones
que tal vez nunca viviremos…
o tal vez sí.
Esto lo sé
porque mi abuelo me contaba
aquello que su padre
alguna vez le contó a él.
YA
Ya no tengo tiempo de vida
para desperdiciar
pensando qué tan real
es esa realidad
de lo que siento.
La verdad
puede llegar
a ser
un lujo
innecesario.
TORONTO NO CREE EN LÁGRIMAS
Salgo a caminar
sin rumbo fijo,
sin un norte
más allá de este norte,
y valga la redundancia,
dejo a mis pasos que me guíen,
me lleven
a donde quieran llevarme,
me lleven
a ninguna parte
y a todas a la vez.
En la primera avenida,
lo de siempre:
un carro detenido
impune y descaradamente
donde no debe
(sobre el paso de cebra);
los peatones debemos sortearlo,
esquivarlo,
dejarlo estar
y es tan común
que, si algún día me voy,
me temo que semejante conducta
(antisocial y torontesca)
será aquello que voy
a asociar con Toronto.
La ciudad me recibe
con sus piernas cerradas,
como una mujer renuente
a la penetración,
y veo la propaganda de un celular,
y veo más:
distingo un individuo inclusivo
con la expresión
del goce más
(sin valer o valiendo
la redundancia)
exclusivo,
contempla
ese aparato destinado
a establecer
algo así como
una interrelación con alguien
que esté a miles de millas,
mientras él, ella o elle
prestan la más mínima atención
(por no decir ninguna)
a la persona que tienen al lado.
Soy igual, lo sé,
no hablo desde una tonta
ínfula de moral
superiority.
En eso me he convertido,
en un adicto también,
como ese del cartel de marras,
en alguien que desea
estar en cualquier sitio
menos este
donde se encuentra,
y me da gracia el paralelo
que mi mente establece entre el cartel
del que hablo
y los tantos que inundaban mi país
vendiendo, eso sí, otro tipo de producto.
Y de pronto me doy cuenta
que está claro
que para eso es la propaganda
aquí y en todas partes,
que la vida no es mucho más
que simulación,
y no puedo extenderme
sin correr el riesgo
de recibir alguna nueva
notificación del algoritmo
recordándome que esa palabra
puede ser, pudiera ser,
interpretada como
discurso de o...
y los tres puntos inevitables
y suspensivos.
De súbito tengo
la tentación de pensar
que medio siglo de vida
no ha sido más que un error,
un estúpido error,
un viaje en círculo
de un tipo de dictadura a otra,
pero tengo lo que tenía que tener,
la suerte,
la extrañísima suerte
de no poder recordar una vida mejor
que haya dejado atrás,
y por eso,
por ese pequeño
detalle tan mezquino,
recupero un poco
de gratitud por la vida.
Llego a Saint Clair,
tomo el tranvía
que no se llama deseo precisamente.
Una mujer con un principio
de deterioro
(aún tenue) de los hábitos
me mira,
me hace ojitos,
busca
simpatía
(ese mínimo común denominador
entre los seres humanos),
quién sabe cuánto tiempo
hará que nadie le haya hablado,
mucho menos
mirado a los ojos,
y yo no siento simpatía
ni por ella,
ni por nadie,
ni por mí mismo incluso.
No soy tan bueno, ni tan humano,
desvío la vista.
Miro por la ventana, reconozco
los lugares
donde estuvo
tal o más cual
pequeño o mediano negocio
de los tantos que la pandemia se llevó,
y miro de nuevo a mi alrededor.
La mujer ya se ha bajado
a la altura de Dufferin;
trato de recordar cómo era la vida
antes de la ya no tan nueva
normalidad.
Todavía hay personas que llevan
la mascarilla,
por ejemplo esta pareja
sentada frente a mí con su hijo,
todos correctamente mascarillados,
quieren ser
los primeros
para cuando
nos anuncien
que hay que ponérsela otra vez,
y no puedo menos que sonreírme
amargamente
de esa estupidez humana
que me incluye y condena.
Gracias a ser un paranoico
pude olerme con tiempo
todo esto que vendría,
como un déjà vu,
aunque debo confesar
que un poco sí
me trastocaron al principio
los miedos de confusión masiva.
Por suerte —pienso—
me queda inteligencia,
algo más que artificial.
Estoy listo para este nuevo
mundo ciberfeudal
que nos sirven en bandeja,
o al menos eso creo.
Podré sobrevivir de un modo u otro
en esta whatever,
y vuelvo a estar feliz
entre comillas y puntos suspensivos,
y se me recompone a duras penas
tanta amazing Canadian Beauty
que me invade
mientras me bajo de un tranvía
que no se llama deseo
ni tres puntos suspensivos.
MADUREZ
Es cuando terminas
de firmar ese tratado de paz
(y no una tregua)
entre tus sueños
y la realidad.
DURUT
Hace ya mucho tiempo
acostumbraba a detenerme
en este sitio de Marlee
a comprar pizza.
—Pepperoni —respondo al muchacho
que, con afable sonrisa de bazar
del Medio Oriente,
me pregunta el tipo de slice que deseo—.
Es marzo y una nieve a destiempo,
breve y engañosa como un invierno indio,
da pie a un small talk sobre el clima.
De semejante diálogo
es que emergen respectivas
procedencias,
y me entero que viene de la Persia
de la que habló Heródoto,
rebautizada Irán
por el padre del Shah,
o más recientemente
ese maléfico huevo de la serpiente
teocrático-islamista,
eje de toda
resistencia, según los ayatollahs.
—Durut —le digo en persa—,
recibo su asombro,
y a mi turno
una (no pienso que fingida)
declaración de amor
al valeroso pueblo
que me incluye en sus ojos ajenos
y al que respeta —dice—
por haber resistido
durante tanto tiempo
contra el imperialismo,
y me extiende la mano,
y se la estrecho,
y en ese punto comprendo
que he ganado una entrada gratuita
a una sesión de aikido verbal
mientras espero un slice que no demora
demasiado.
Conozco más de su historia
de lo que él piensa que yo sé,
conozco lo que cuentan a los otros
y lo que dicen cuando
no tienen que actuar
un personaje que se espera representen,
intuyo lo que dicen si están solos,
amortajados en sus miserias y dudas,
ambivalencias, remordimientos
y ucronías retrospectivas,
y sé de todo eso
por la sencilla razón
de que es lo mismo que pasa
con todos esos pueblos
como el suyo,
como el mío
y como tantos otros
que tengan o hayan tenido
la desgracia
de tornarse en un algo atemporal,
un símbolo febril a favor o en contra,
en una idea trascendente
de un algo trascendente
para alguien que no tenga
la más puta idea de nada
desde su mundo
intrascendente.
Salgo ileso de la conversación.
Le explico que estoy —y no le miento—
contra todo imperialismo,
no solo aquel de marras
al que él hace referencia.
Evitar discusiones,
disfrutar una pizza,
dejar que los otros
piensen como prefieran,
no dejar que estupideces
te amarguen la existencia
son las cosas que se aprenden con los
años.
PONEN
Ponen huesos,
ponen carne,
ponen piel
y, por no llamarle hardware,
llámanle cuerpo.
Ponen ideas allí,
ponen conceptos,
ponen nociones de bien y mal,
odio y amor,
ponen maneras de operar
y de vivir,
todo mezclado
y, en vez de llamarle software,
le llaman mente.
Ponen un beep
que activa a otro software,
un presistema preoperativo,
y nadie dice que sea el firmware;
solo sabemos lo que no es,
y por falta de mejor nombre
le llaman alma.
LAS HORAS
Uno transita las horas
en un viaje sin regreso.
Uno se va,
muriendo sin saberlo,
al apurar cada minuto
como quien bebe
una copa sin fondo.
LA VISITA
Algunos años antes
de abandonar Cuba,
mi madre y yo
decidimos traer a mi abuelo
desde Camagüey,
donde había pasado toda su vida,
hasta La Habana,
donde vivíamos.
Mi abuela Sara había muerto
recientemente
y pensábamos
que tenerlo con nosotros
era la mejor solución
para hacer su pena más llevadera.
Cuando finalmente logramos convencerlo
de que pasar un tiempo con nosotros
le vendría bien,
él no podía imaginar
que esa sería la última vez
que vería la casa
en la cual había vivido toda su vida
desde que se casó con mi abuela,
la misma casa donde mi madre había
nacido en milnovecientos cuarenta y tres,
la misma casa donde yo pasé
los momentos más entrañables
y extrañables de mi niñez.
Finalmente vendimos esa casa
algún tiempo después,
durante ese largo período
que vivimos juntos
y cuando ya terminó
por hacerse evidente
(incluso para él mismo)
que donde mejor podía estar
era con nosotros.
El tiempo creó un modus vivendi
en el que compartimos
la profunda tristeza de abuelo,
su deseo explícito de “descansar”
de una vez y por todas,
así como su increíble fortaleza,
la soledad de mamá,
pero también su sentido del humor
y su generosa integridad,
mi decepción prematura con la existencia
y mi deseo de largarme del país
que me había visto nacer.
Cuando dejé el país,
o mejor dicho
cuando el país me dejó ir finalmente,
mamá permaneció cuidando de abuelo
hasta que este murió,
y poco después murió ella.
Abuelo murió lejos de su ciudad,
pero al menos tuvo la suerte
de que mi madre cuidase de él
hasta el último de sus días.
Mamá no tuvo esa suerte.
Yo sólo vine a conocer
la gravedad de su estado
cuando ya era demasiado tarde
y estaba lejos, muy lejos.
Cuando pienso en la grandeza de mi país
pienso en cosas como esas:
un anciano que nunca simpatizó
con la Revolución,
atendido fielmente
hasta sus últimos días
por una mujer
que desde su juventud
se entregó a la construcción
de lo que le vendieron
como un mundo mejor.
Padre e hija.
Mi abuelo y mi madre.
Uno de nuestros parientes
se ocupó de la cremación
del cadáver de mamá
y depositó las cenizas
en el cementerio de Camagüey,
donde también están abuelo y abuela.
La última vez que pude viajar allí,
sorprendentemente para mí,
tuve más interés
en visitar la casa de mi abuelo
que mi propia casa en La Habana.
Todos los vecinos me recordaban.
Pedí permiso a los nuevos dueños
para ver la casa por dentro.
Fueron muy amables
y me dejaron entrar
después de una breve explicación.
Digo los nuevos dueños
porque desde el tiempo
en que la vendimos
había cambiado al menos
dos veces de propietario.
Ellos entendieron y respetaron
que para mí,
un total desconocido para ellos,
esa casa representaba algo muy especial.
Nada era ni remotamente cercano
a mis memorias,
con la excepción de la fachada.
La escrupulosa pulcritud
de mi abuela Sara,
algo impensable
para quien viese el número 321
de la calle Raúl Lamar
entre Bembeta y Desengaño
en su nuevo estado:
polvo, suciedad, depauperación
por todas partes.
El soleado espacio del patio interior
convertido en una especie de barracón
mugriento
producto de los avatares
de nuevos espacios de dormitorios
creados sin más criterio
que el de albergar más almas.
Ni una sola pared
sin tumores de humedad
ni cicatrices caprichosas
en su superficie.
Ni una sola esquina
sin telas de araña.
El sitio junto a la puerta
donde estaba el sillón de mimbre
de mi abuelo,
dolorosamente vacío.
La vida se impone, pensé,
en sus más arbitrarias formas de ser;
la vida se impone.
Los habaneros se van del país,
los provincianos se van a La Habana
y, si pueden y les dejan,
también se van del país.
Los habitantes de los lugares
más miserables
emigran a los lugares menos miserables
que encuentran vacíos.
Así es la vida.
Un ciclo que no termina.
No tomé una sola imagen,
aunque mi idea original había sido esa
y para ello llevé una cámara.
Conversamos un rato amigablemente,
los nuevos propietarios y yo.
—¿Así que eres el nieto de Juanillo,
el carnicero? —me dijo uno—.
Todos aquí lo recuerdan
—precisó el otro—.
Fueron muy amables en todo momento,
como solo lo saben ser la gente de mi
país.
Sentí una tristeza infinita
por mí y por mis recuerdos.
Los cubanos no tenemos el derecho
de que se nos elogie
por nuestra nostalgia,
ese monopolio rioplatense,
o por nuestra saudade,
esa franquicia lusitana.
Eché un último vistazo
a la que había sido la casa
de mis abuelos,
la misma casa donde mi madre había
nacido en milnovecientos
cuarenta y tres,
la misma casa donde yo pasé
los momentos más entrañables
y extrañables de mi niñez.
Les dije adiós
y me fui.
PRECISAMENTE
Porque el cielo es más grande que papá,
es que el amor de tu padre
es más grande que el cielo,
hija mía.
COMO EN LOS CUENTOS
Hijos míos,
quisiera decirles
que el bien y el amor
van a triunfar
como en los cuentos,
pero no consta
y ni siquiera depende
completamente de nosotros.
Lo que sí les diría
es que no olviden
que debemos vivir con esa idea:
que ese bien y ese amor
merecen su lugar en nuestros corazones.
Que prevalezcan allí
como en los cuentos,
y hacer de ese modo
nuestra parte,
nuestra pequeña parte,
la que dependa de nosotros,
porque así sea.
AGUARDANZAS
Como ese tango,
apuesto el cielo
y pierdo.
Con el alma coagulada
y sin aliento
aguardo.
A LA TRISTEZA
A la tristeza,
déjala estar.
Sigue ocupado en tus deberes.
Coexiste.
Ella habita tu espacio
y tú habitas el suyo.
No te incomodes por su presencia,
déjala estar.
Se volverá a marchar
del mismo modo
que ha venido,
sin pedirte permiso.
EL ANDÉN
En la estación,
los pasajeros.
En el escritorio,
una nota.
Encima,
el libro de haikus.
CADA DÍA
Cada día,
para que me duela menos,
iré dejando uno aquí,
otro allá,
tantos pedazos de lo que ha sido
mi vida hasta hoy,
aparentando descuido,
olvido,
accidente,
confiando en que el azar
hará llegar
a quien le sirva
lo que ya no será mío
en el ómnibus,
el laundry
o en algún reciclaje del camino.
Y cuando al fin lo logre,
cuando al fin solo me quede
lo que pueda cargar sobre mi espalda,
no volveré a llenarme de pertenencias
que me desapertenecen,
me amarran,
me pesan.
Iré una vez más,
como en tantos naufragios precedentes,
diciendo adiós
a tantas y tantas cosas
que ya no puedo
ni quiero cargar conmigo.
DESAYUNO CON NIETZSCHE
La talla del Superhombre
es el tamaño
de nuestra cobardía.
HIPERESTIMULACIÓN
Vivimos en un mundo
lleno de estímulos
tan, pero tan magníficos
que trascienden nuestra
condición humana.
No podemos renunciar a ellos,
como una droga,
pero tampoco podemos dejar de anhelar
ese algo tosco, natural, silvestre
que en algún punto del camino
hemos perdido.
Todavía te preguntas
por qué la gente se deprime,
se suicida por nada
o es cada día más insatisfecha con todo
y más floja.
DESAPEGO
Sentarse
y desandar el desapego.
Tengo solamente dos opciones
y una moneda.
EL DÍA MENOS PENSADO
La nostalgia
de lo que no será
hábitame entre las sienes.
Ese amigo
al que jamás volví a ver,
esa mujer
a la que nunca pude amar,
el sitio,
el sitio aquel entrañable y querido
al cual nunca
pude regresar.
Se desliza mi tiempo
como granos de arena
en la clepsidra.
Tan vieja mi nostalgia de futuro
como el sueño más viejo que recuerdo.
Lo sé,
habremos de morir,
ella y yo
habremos juntos de morir
abrazados a la nada
un día,
el día menos pensado.
VIVIR
Inolvidable amor
que no recuerdo.
El pasado que vuelve,
el futuro indescifrable
y el presente y el ausente
que tan solo permanecen.
POR EL PRECIO DE UNO
No importa cuántas veces te lo digas,
no había nada que hacer
excepto resignarte.
Igual te sientes culpable,
muy a pesar
de que algo en ti
te consuela
recordando
que tu madre
así lo hubiera preferido:
que tu hija,
que su nieta,
te tuviese justo al lado.
Hijo roto,
padre entero,
ambos dos
por el injusto precio de uno
en el momento mismo de nacer.
ADOQUINÓPTERO
Un adoquín
del muro entre los dos Berlines
ha dejado de volar
sobre el techo de mi cuarto.
ENTROPÍA
Guarda tus energías
porque, cuando
se te pase la euforia
y despiertes
con resaca existencial
verificando
que el mundo
no ha cambiado
ni cambiará
por tus deseos,
el horario de trabajo
todavía estará allí.
ELECCIÓN
No puedes escoger
la vida que has de vivir,
pero sí
cómo vivirla.
CORAJE
Hace falta tener coraje
si se quiere defender
que el amor no solo existe,
sino que además
es lo único que vale,
valió
y valdrá la pena,
y esto, especialmente,
si al final te quedas solo.
Es más fácil, sin duda,
aceptar que el amor no existe
o que no es más que un invento,
y que solo renunciando
a esas viejas ideas anticuadas
se puede ser libre,
o, como dice
cierta autora muy aclamada,
completamente “libre”.
Hace falta mucho coraje
para decir a todos esos
abogados del desapego y el hedonismo,
recordarles una y mil veces
que esos valores de la familia,
tan denigrados,
tan revisados,
tan cuestionados,
no solo existen,
sino que son la base,
aunque les pese,
aunque destruya sus teorías,
de cualquier sociedad
medianamente sana; y eso
aunque, en tu caso particular,
no funcionase.
Es más fácil, obviamente,
aceptar que cualquier cosa
puede ser una familia,
como ya lo han demostrado
científicamente
tal o más cual catedrático tertuliano
de esa tan renombrada institución
de cuyo nombre no quiero ni acordarme.
Hace falta muchísimo coraje
para llamar a las cosas
por su nombre y por su sexo,
sin importar que esas mismas
autoridades intelectoaberrantes,
todos esos ministerios de igualdades
desigualantes,
los cancerberos de la cancelación,
siempre tan
ocupados en definir,
dictaminar,
establecer lo correcto,
te clasifiquen como retrógrado,
reaccionario,
cavernícola
y, por supuesto,
fóbico a alguna cosa,
y eso, para mayor infamia.
Es más fácil rendirse a la no evidencia,
decir que una mujer no nace
sino que se hace,
y que lo masculino
no es más que un constructo,
y que está claro, cómo no,
una persona puede ser lo que decida.
Hay mucha gente, demasiada,
haciendo y recibiendo plata
a costa de esos nuevos,
prometedores e inclusivos
mercados emergentes.
Eso explica muchas cosas.
Explica, por ejemplo,
que aunque el rey vaya desnudo,
muchos elogien su vestido,
y explica que miremos a otra parte
cuando a los niños se les somete
al más descarado adoctrinamiento,
cuando se les inculca un dogma
uniformizante y mezquino
que se disfraza, para colmo,
de antidogma multicolor y generoso.
Hace falta tener coraje,
demasiado coraje,
para mirar de frente la mentira
y decir que sigue siendo mentira
aunque aparezca escrita
con hermosas palabras,
y aceptar en tu cuello,
con toda la dignidad del mundo,
una etiqueta que diga “mentirofóbico”,
pero ese coraje,
en nuestros días,
es lo que brilla por su ausencia.
VÍSCERAS
La noche se estira
como un gato.
Gemido entre las vísceras,
gemido electrodoméstico.
Penumbra cariciosa,
y caricia ella misma.
MI CORAZÓN ES UNA ISLA
Fui rico sin saberlo.
Alguna vez tuve un abuelo
que me enseñó a afeitarme
y me contaba historias,
historias de su padre
y de esa guerra,
aquella que nos dio
bandera y nombre de país.
Tuve, además,
una abuela
que me explicó cómo tender la cama,
cómo doblar camisas para guardarlas,
y otra aún, para mayor fortuna,
que me enseñó de su arte
para hacer el congrí
mientras, bajito,
canturreaba
las hermosas canciones
del tiempo de antes.
Tuve una madre
a quien debo el amor
por nuestra lengua
y el respeto a la mujer,
así como otros valores
de los que hoy pocos se acuerdan.
Y un padre tuve
que me mostró el misterio
del nudo en una corbata,
y me enseñó también
a desconfiar de lo obvio,
a mirar el mundo
más allá de su apariencia.
Tuve familia:
tenía hermano,
tenía primos,
tenía tíos,
tenía amigos,
tenía afectos,
muchos afectos
cuya ausencia me acompaña,
y todos ellos reales,
imperfectos y reales.
Todo lo que sé,
o creo saber,
y que les nombra,
tiene un lugar
en el mapa
de mi memoria afectiva.
Me dieron algo
que nunca me ha abandonado.
Algo intangible y hermoso,
un suelo firme bajo los pies
incluso cuando mis pies
graviten en el aire.
Algo como una patria
metafísica e intransferible.
Vivo en Babilonia la grande,
la orgullosa Babilonia,
pero mi corazón es una isla,
una isla dentro de otra.
Miro a los hombres
y miro a las mujeres deconstruidas,
son el último grito
de la ingeniería social.
Se sienten libres —dicen—,
no tienen ataduras,
familia ni pasado.
Son como un disco regrabable.
Solo futuro.
Tan pobres
que ni siquiera lo saben.
Yo fui rico
y no lo supe.
LA EVIDENCIA DE TU AUSENCIA
Sin ausencia de evidencia
que demuestre lo contrario
pienso a veces, que no a diario
(cortejando la dolencia),
del sitio en que mi inocencia
se quedó; cuyo tributo
al olvido le disputo,
de fuerza que no de grado,
cultivando con cuidado
la nostalgia que es su fruto.
No me distraigo en el luto
debido a cosas pasadas,
ilusiones malogradas,
fantasmas con que discuto
de un tiempo sin atributo
mayor que el de ser pasado,
río del ser, trifurcado
entre lo que fue y ya no es,
el día de hoy, y el después
que siempre anda demorado.
La noche cuando acabado
sea mi paso en la tierra
y este corazón que yerra
sin descanso, en algún vado
del camino desterrado
final le dé a su existencia,
declararé pertenencia
a tu luz como a tu sombra,
país mío, así te nombra
la evidencia de tu ausencia.
LIBROS
En aquella casa nuestra,
siempre a punto de colapsar
para un próximo ciclón,
solo hubo una riqueza material:
los libros.
Conocí el mundo
a través de ellos.
Viajé leyendo sus páginas
por el espacio y el tiempo.
Me enseñaron a amar los libros,
su diseño, su tacto, su olor,
todo eso que el ingenio humano
puso allí en cada página,
todas esas certezas
resultado del tanteo
y el error
de los hombres y mujeres precedentes,
todas aquellas verdades
que dejaron un día
de ser grabadas en piedra
para serlo en papel.
Donde quiera que fui
cargué con ellos.
Los libros pesan,
pesan mucho
cuando viajas o te mudas,
pero son esa familia
que quizá te han quitado,
los amigos que te esperan
al regreso del trabajo,
algo así como un espacio
que no pueden arrebatarte,
una especie de hogar ciertamente.
No son una mascota,
no tienes que alimentarles.
Son ellos, en cambio,
quienes pueden alimentarte
si es que encuentras,
o te dejan,
el tiempo de leerlos.
Donde quiera que fui
los he comprado.
Me gusta perderme
en los estantes
donde aguardan los libros,
pero, y especialmente,
los de uso.
Son ellos mis preferidos,
mi secreta conexión
con un pasado
que no es líquido.
Duele mucho
deshacerte de un libro.
Las verdades que leerán
los que nos sigan
ya no serán escritas en papel,
ese “enemigo” del planeta.
Las verdades serán establecidas
por ceros y unos,
serán revisadas
por fact checkers asalariados,
corregidas, correctizadas,
actualizadas según convenga.
Ya no hará más falta
quemarlos
ni reciclarlos en pulpa.
Ese es el futuro,
el prometedor futuro.
Buen provecho.
Duele.
Duele mucho
deshacerse de los libros.
MUEBLES
Sopor del analista
en el estío.
Inodoro y pecera,
el mismo mueble.
AQUÍ Y AHORA
Miro, desde el balcón,
caer la lluvia.
Yazgo horizontal
sobre una silla reclinable.
Ni soy ni estoy feliz,
pero está bien.
Estoy tranquilo.
Siento la humedad en el ambiente,
la respiro
y lleno de ella mis pulmones
y pienso que sería maravilloso
si la vida pudiera detenerse…
aquí y ahora.
MIS HIJOS
Yo tengo un corazón
con dos mitades.
La mitad más pequeña
viene a serlo
por una diferencia de tres años,
dos meses
y veintitrés días.
Nunca pensé tener hijos
hasta el día que los tuve.
Será uno de esos misterios indescifrables,
el porqué
y, muy a pesar de todo lo que se diga,
insistiremos siempre en reproducirnos.
Bien, ese misterio se llama Dios.
Nunca pensé ser un buen padre
hasta el día que lo fui.
Mis hijos despertaron
eso noble y generoso
que en mí dormía.
Fueron ellos, los dos,
quienes me dieron vida.
Hoy me pregunto
cómo fui tan ingenuo
de creer que mi existencia como persona
era un fin en sí mismo.
Mis hijos me liberaron
de mi propia libertad.
Por ellos luché
como un gato boca arriba.
Por ellos lo haría otra vez,
y otra vez más aún,
y todas las veces que fuera necesario.
Tengo un corazón
con dos mitades,
una suerte de motor
que despierta mis arterias.
Dos razones de vivir,
si es que aún hicieran falta.
ERROR DE REDUNDANCIA CÍCLICA
A veces siento que pierdo
la alegría de vivir,
que mi amable sonreír
me deserta, y no recuerdo
cómo buscar ese acuerdo
entre aquel sueño y la vida,
cómo encontrar la salida
de un universo tan yermo;
amanece el día enfermo
con su fiebre mal servida.
Melancolía asistida
que viene y va, impunemente;
soledad que, entre la gente,
arriba desprevenida;
sensación de despedida
fatal, sutil, esbozada
como un trazo de la nada
sobre ese lienzo del ser;
búscole desconocer,
intentarlo es mi coartada.
Deténgome en su mirada,
súrcame un escalofrío,
mi sangre es oculto río
que confluye en su morada;
la presencia de esa nada
con su terco contrapunte
me lleva a ser transeúnte
de un eco que no suscribo,
absorto así, en tal motivo
leo en el aire un apunte.
Si la vida es tal pespunte
de una labor inconclusa,
y solo una mente ilusa
habrá que el hilo no junte,
¿quién será que no barrunte,
con un ligero temor,
este dialéctico error
de cíclica redundancia?
¿Dónde aprender esa mancia
que domestique el dolor?
COSAS QUE NO DIRÉ A MI HIJO
Del mismo modo que tú
lo creerás en el futuro,
también yo creí
que el amor podía vencerlo todo,
pero me hicieron comprender
que estaba equivocado,
y fue un trago bien amargo,
aunque no llegó a matarme.
Debí recomponerme la sonrisa,
debí reinventarme las razones
y debí comprender
que solo ustedes, los dos,
me extrañarían,
y no tuve más opción
que llenarme de coraje,
perdonar
y perdonarme
para seguir viviendo.
AUTOAYUDA
Un libro de autoayuda
debería decir algo parecido a:
«Sabes, debes estar preparado
para afrontar
que aquella persona a la que quieras
no le importes un comino,
o que incluso,
importándole un comino
—y tal vez dos, pongamos—,
su cálculo personal e intransferible,
indescifrable
(desde tu limitada percepción
de esa persona),
respecto a aquello
que gana o pierde contigo,
sea brutal e inapelable,
como una bota en el orto.
No tiene sentido rendirse,
porque nadie aceptará tu rendición.
Poco vas a obtener
con tus manos levantadas
o una bandera blanca.
Es la vida,
así de simple.
Si quieres algo de verdad,
debes estar dispuesto a pagarlo
a su precio,
no intentar minimizarlo
ni regatearle al dios
de las causas perdidas.
Debes estar preparado para eso
y también para afrontar la soledad,
y no quebrarte,
ni tampoco renunciar
en la búsqueda de esa persona
que sea para ti,
aunque tal vez ni exista,
o refugiarte en la lógica enferma
de que solo (valga la redundancia)
es solución a no sufrir
el no quererte más que a ti mismo,
y convertir tu vida
en un perpetuo ejercicio
literal o sublimado
de masturbaciones cíclicas
hasta el fin de tus días.
Sí, debes estar preparado,
y que nada de esto
te haga perder la sonrisa
o te descorazone».
Pero los libros de autoayuda
difícilmente dirán algo parecido.
No pueden, sería absurdo.
Un sinsentido.
¿Quién habría de comprar
un libro de autoayuda semejante?
PERSPECTIVA
No es la vida quien te debe algo.
Eres tú,
y se lo terminas de entregar
cuando te mueres.
CORAZÓN DE SALITRE
El salitre, con su beso
de brisa y ola en mi cara,
nace en la mar y declara
contra el muro, un verbo preso
de sí mismo. Me regreso,
neblina soy del ayer;
desdibujo una mujer,
sedúceme ella en su encanto,
me enseñaba el mar su canto,
yo lo aprendí sin querer.
Lo aprendí yo sin querer,
sal de un eco demorado;
quedóse en él, esbozado,
el enigma por saber,
dónde se bifurca el ser
de la nada. Mi equipaje
incluye el mar que me traje
como un sueño de pupitre,
corazón donde el salitre
anticipábame el viaje.
Me anticipaba a este viaje,
viaje que aún no se termina;
la Parca teje su inquina,
me cobrará el vil pasaje.
Insensible de homenaje
o de escarnio, nadie ileso
quedará de tal progreso,
recuerdo y vuelvo a sentir,
como un eco en mi vivir,
el salitre con su beso.

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